¿Abuelo, tu eres un niño?

Me preguntó mi nieto Diego al cumplir seis años. Pero al instante, dijo: ¿Y por qué tú tienes los cabellos blancos?

Recordé a Borges en “El otro”, y callé. ¿Qué cuántos años tienes, abuelo? ¡Doscientos!, mentí, citando luego a Borges en voz alta: “Para un niño, un hombre de edad no es sólo un viejo, es casi un muerto”.

Diego me miró con pena y al sentirlo triste, le dije sin recurrir ya al famoso escritor. No es mucho el tiempo que te llevo, Diego, porque, en cierto modo, yo no te veo como puedes tú verme, (yo abuelo y tú nieto), te veo y te hablo como si fuera de tu edad, de tu tamaño. Por eso, quizás, simpatizo con personas pequeñas, pero como tú. Y por eso, tal vez, tú simpatices, con personas grandes, pero como yo. Una vez Diego, yo escribí, y lo escribí ya adulto, que si la gente grande no existiera los niños siempre serían niños, aunque fueran grandes. Por eso, y porque en verdad el mundo contamina, me ufano a veces por ser niño, siendo adulto. Pero escúchame, Diego, no pienses tú, mañana, en lo que te decía tu abuelo ayer; piensa en como te sentías cuando en ocasiones hablaban o jugaban, porque en aquellos momentos, tu abuelo era más que el tiempo de un reloj en gente grande, más que la edad que percibían tus ojos, era más o menos un niño. Y eran esos fugaces espacios de la vida en donde yo (tu abuelo), y tú (mi nieto), se querían sin quererlo, o más bien, se querían sin saberlo. Y eran ambos distintos y eran ambos iguales.

Te hablo hoy, Diego, para que sepas, no para que comprendas, porque tu abuelo tiene su cabeza blanca y es apenas un niño. Y para que comprendas, no para que lo sepas, porque no tienes tú un solo pelo blanco en tus cabellos de niño grande, Diego, de niño grande.

¡Todo eso está muy bien abuelo!, dijo ahora mi nieto. ¡Pero, dime, y ya no le des vuelta a mi pregunta!: ¿Cuántos años, por fin, es que tú tienes?