Acción y reacción en la venganza

Si nos asomamos a la rica historia del imperio bizantino, cuyas enseñanzas a sus generaciones ha descuidado el mundo occidental, encontraremos sucesos y episodios sorprendentes. Entre estos hay uno realmente asombroso, y es el procedimiento empleado por sus políticos contra el soberano que destronaban con sus crueles golpes de Estado: ¡les vaciaban los ojos dejándolos ciegos, o les cortaban la nariz, internándolos luego en las oscuras celdas de un monasterio de la Iglesia ortodoxa!

Leoncio, por ejemplo, uno de los generales de mayor confianza del emperador Justiniano II, después de destronar a éste último, en vez de quitarle la vida optó por amputarle la nariz y exiliarlo.

Se pensaba entonces que mutilando físicamente al gobernante destronado se le impedía el retorno al solio. Más en el caso de nuestro Justiniano la cosa siguió un rumbo diferente, porque auxiliado por los kazaros y los búlgaros, recuperó el mando de Bizancio tras diez años de exilio. Y siguiendo aquel mal consejo de que la venganza es placer de dioses, procedió a ejecutar sin misericordia a quienes lo expatriaron y desnarizaron en pasados días de infortunio.

Hurgando más en las duras costumbres de los bizantinos, encontramos otro caso de mayor brutalidad política, y es el de Samuel y sus búlgaros: en las cercanías del río Struma, después de fiera batalla, los búlgaros fueron aplastados por los bizantinos. Los vencidos, independientemente de sus muchos muertos, le aportaron a los vencedores unos quince mil prisioneros. ¿Que dispuso con ellos el emperador Basilio II? Ordenó sacarle los ojos a los soldados cautivos, con excepción de 150 de ellos, a quienes se les dejó la visión de un solo ojo. El bellaco de Basilio quiso que los tuertos condujeran a los miles de ciegos a su lugar de destino y les enseñaran a Samuel la triste suerte que les espera a todos los que adversen su mando.

Se cuenta que cuando el Rey de los búlgaros vio a su ejército desprovisto de visión, prorrumpió en amargo llanto, pero caló más hondo su pena, porque dos días después murió de un ataque de apoplejía. Y es que el edificio construido con las acciones y reacciones del quehacer humano está repleto de sangre, sudor y lágrimas.