Aceptación resignada

la fiesta del chivo

Poco después de la muerte de Trujillo ocurrió la tragedia del doctor Robert Reid Cabral, quien “dio albergue a cuatro de los implicados” en el complot para matar al dictador. Cometió, además, el pecado de asistir a Pedro Livio Cedeño, gravemente herido durante los sucesos del 30 de mayo de 1961. Reid Cabral fue compelido a suicidarse. Hace doce años fue publicado un breve libro acerca de la vida de este destacado pediatra, fallecido a la edad de 33 años. Su hermana, Anne C. Reid Cabral, compiló recortes de periódicos, testimonios y recuerdos de sus amigos, para honrar su memoria.

Me tocó poner en circulación esa colección de escritos conmovedores. En aquella ocasión afirmé: Desde hace muchos años persiste la moda de escribir libros acerca de las dictaduras o de los dictadores, Miguel Ángel Asturias, laureado novelista guatemalteco, escribió “El señor presidente”; Augusto Roa Bastos, notable escritor paraguayo, nos dio “Yo el Supremo”; el colombiano García Márquez, Premio Nobel de Literatura en 1982, publicó “El otoño del patriarca”. Recientemente, el novelista peruano Mario Vargas Llosa ha ganado numerosos premios por su libro “La fiesta del chivo”. Este último libro está compuesto o montado sobre la conjura para matar a nuestro dictador máximo.

La muerte del generalísimo Trujillo, las vicisitudes de los matadores, el estilo de vida de la época, son las materias primas que utiliza Vargas Llosa para edificar su relato. Los lectores de “La fiesta del chivo” quedan horrorizados por el encallamiento de la sociedad dominicana. Nunca habían pensado que fuésemos los dominicanos tan viles, tan cobardes, con tan poco sentido del deber, de la dignidad, del honor. A lo largo de las páginas de “La fiesta del chivo” va surgiendo un personaje sombrío, que no es Trujillo, ni Balaguer, ni Urania, ni el general Imbert, ni De la Maza; el verdadero protagonista de la novela es la abyección del pueblo dominicano durante la “Era de Trujillo”.

El autor revela los aspectos más sórdidos y tenebrosos de la tiranía trujillista; y, a la vez, la aquiescencia, el acomodamiento, la aceptación resignada de la sociedad a todos los desmanes del tirano. La “última semana” de la vida de Robert Reid enseña una lección muy diferente.