“Aceptamos el amor que creemos merecer”

Stephen Chbosky

Para mantenerse con vida, el ser humano necesita formar parte de la manada. Ser adultos implica ser responsables de la satisfacción de las propias necesidades (físicas, emocionales y mentales), pero para lograrlo requerimos la participación de los otros.

Conocernos a nosotros mismos es la gran finalidad de la existencia. Primero tenemos una imagen (cómo nos miramos) que nos lleva a elaborar un concepto (qué pensamos de nosotros). La elaboración de nuestro autoconcepto se forma a partir de dos pulsiones: estar ausentes y estar presentes.

El filósofo chino Lao Tzu dijo: “Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe, cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida, ellos dirán: lo hicimos nosotros”. Oscilamos entre la necesidad de ser reconocidos y la necesidad de no llamar la atención o ser invisibles. Hasta ahí es algo totalmente normal.

El movimiento hacia una pulsión o hacia otra dependerá de los contextos (familiares, sociales y personales) en el que nos encontremos. El problema llega cuando la persona se traba en una única necesidad, pues aplicará los mismos esquemas a situaciones muy distintas y empezará a tener dificultades para socializar, generándole una sensación de frustración y dolor.

Decimos que alguien es invisible cuando se le ha negado el derecho que tiene de ser persona. Entonces, pasa desapercibido como si no existiera. Es ninguneado, inadvertido, no visto por los demás. Simplemente, su presencia es ignorada.

La sociedad suele rechazar a los miembros que expresan estilos afectivos, que salen de la norma aceptada por el grupo. El escritor, poeta y dramaturgo de origen irlandés Oscar Wilde creía que ser admitido en la sociedad es el mayor aburrimiento, y al mismo tiempo decía que estar excluido de ella es una gran tragedia.

No se genera una persona invisible sin la participación del grupo. Una persona de bajo perfil, a la que no les gusta llamar la atención, puede perpetuar su manera de ser en complicidad con un grupo social indiferente, que ha perdido la conexión sensible con los demás.

Al no responder a las leyes del grupo y no tener la fuerza para rebelarse y vivir según su propio orden interior, la persona invisible recibe como respuesta de la sociedad un vacío, que le comunica que su existencia no tiene importancia ni valor.

Del mismo modo, tenemos que aclarar que el otro no puede invisibilizarnos sin nuestro consentimiento. Es necesario que les concedamos el permiso, consciente o inconscientemente. Cuando la persona no logra superar las deformaciones de la realidad que interpretó su niño interior, sus heridas continuan manejando su vida adulta de manera tiránica, haciéndole esclavo de expectativas exageradas de cómo debe ser el mundo.

El novelista japonés Haruki Murakami dice que cuando pertenecemos al bando mayoritario de los que excluyen, todos estamos más tranquilos que cuando pertenecemos a la minoría de los excluidos. El proceso mediante el cual el colectivo empieza a no prestarle atención a una persona surge con detalles pequeños que van en escalada, como no saludarla, no darle participación de las actividades, olvidar citarla al rememorar un acontecimiento, desconocer lo que hace, ignorar su nombre, etc.

Al principio la persona puede sentir malestar, sentimientos de inadecuación, tristeza y desmotivación. En poco tiempo empobrece su autoimagen, su autoestima se afecta y no siente respeto por sí mismo. Si la invisibilidad persiste, puede llegar a la depresión e incluso a la muerte.

También, encontramos personas que son invisibles de forma deliberada. No ser notado puede ser sano y ventajoso en ciertas circunstancias. Uno de los precios más caros de las celebridades es perder la posibilidad de disfrutar de las actividades de la vida cotidiana: ir al supermercado, un restaurante popular, una visita médica, pasear por el parque, etc.

La pertenencia es el primero de los órdenes del amor que plantea el terapeuta sistémico Bert Hellinger, en un sistema de tres principios que regulan las interacciones humanas. La transgresión de estos órdenes provoca un gran dolor. Desconectarnos es una de las formas más utilizadas para lidiar con el sufrimiento.

Hemos sido creados para amar y ser amados, y el amor se expresa en la mirada. Mirar es darle a la realidad del otro un espacio dentro de la propia realidad. De algún modo, ser invisibles es uno de los mayores miedos que podemos experimentar. Donde hay miedo no puede manifestarse el amor. Sin amor la vida no tiene sentido.

Ya sea por voluntad o por obligación, ser invisible no es una decisión natural. La vida de las personas invisibles se desarrollan en circunstancias complejas. Poco a poco la persona entra en una anestesia generalizada, bloqueando muchos sentimientos y emociones. ¿Cómo podría sostener una sana relación? Somos seres sociales. Necesitamos a los demás para desarrollarnos. La felicidad se relaciona con lo que ocurre fuera de nosotros.

Ser invisibles afecta el tejido de las emociones, y las emociones manejan la biología. Más tarde o más temprano la gente invisible termina enfermando. Cuando alguien es invisible para una persona significativa emocionalmente, como un padre, madre, pareja, hijo, hermano, etc, aunque tenga éxito profesional o social, puede terminar padeciendo algún importante trastorno.

La invitación es a preguntarnos, ¿se siente bien sentir lo que siento? Si la respuesta es no, lo primero es asumir responsabilidad de lo que ocurre. Si creemos que el origen de nuestro dolor está en los demás, las soluciones también lo estarán. Sentirse invisible muestra una autoimagen, un autoconcepto y una autoestima lastimadas.

Para tomar acción en la solución del problema, la persona podría hacer una lista detallada de los momentos en los que se siente ignorada por los demás. Por ejemplo, dijo buenos días y no recibió respuesta, fue a una fiesta de la oficina y nadie le habló, asistió a un cumpleaños familiar y no notaron su ausencia en la foto, etc.

Luego, debe procurar reconocer la reacción emocional que tuvo (confusión, negación, tristeza, rabia, etc.), y buscar los patrones que sostienen la situación. ¿Se siente ignorada en el trabajo o en la casa? ¿En contextos sociales o privados? ¿por la gente de su generación? ¿los más jóvenes? ¿o los más viejos?¿no recibe mensajes ni llamadas?, ¿Hay alguien en particular que no le mira? ¿reconoce algún evento a partir del cuál empezó todo?

Observar cómo actúa en las relaciones también es un paso para empezar a ser notada. Por ejemplo, ¿se siente cómoda conociendo gente?, ¿siente ansiedad cuando va a hablar con otras personas? Buscar una persona en la que confíe (o admire) que la ayude a identificar sus objetivos sociales y se involucre para alcanzarlos. Por ejemplo, que le acompañe a una fiesta y observe cómo se maneja con los demás y le comparta sus impresiones.

Por último, girar 180º. Es decir, hacer lo que no acostumbra. Por ejemplo, saludar/despedirse al entrar y salir de un lugar, dar las gracias mirando al otro un par de segundos a los ojos, entablar una conversación en el ascensor, interesarse por las cosas de la gente de su entorno, etc. En caso de que no pueda moverse en esta dirección, la persona debe pedir ayuda profesional.

La invisibilidad es como la sal en la comida, una pizca resalta su sabor pero mucha cantidad la daña.