Acerca de democracia, mentiras e insonomia

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JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Dejemos la hojarasca. Observemos la raíz, el tronco del árbol y sus frutos. ¿Es que la justicia, la decencia, la honestidad nos quedan grandes?

¿Es que son meras ilusiones salidas, por bellas y nobles, de la admirable Oración Fúnebre que Tucídides le atribuye a Pericles en el mundo griego del siglo Quinto A.C.? La idea originaria dista enormemente de las mentiras que hoy, y desde hace algo más de un par de siglos, llamamos Democracia.

Democracia significa el gobierno del pueblo. Un Estado democrático es aquel donde la ley es la misma para todos, es decir lo que se denomina en griego “insonomia”, y también donde es igual la participación en los negocios o asuntos públicos, llamado “isogoria” y en el poder, llamado “isocracia”.

¿Ha sido ésto alguna vez verdad?

No.

Ha sido una noble aspiración justiciera, que en sus mejores momentos históricos resulta pudorosa en el mantenimiento de desigualdades más o menos comprensibles y hasta justas en cierta medida, porque cada humano tiene sus propias capacidades y disposiciones para entender la necesidad de orden y disciplina como fuerza de primera importancia para la buena marcha de la sociedad, del conjunto humano.

Lo que cabe aspirar, desear vehementemente es la tiranía de la ley, la solidez de las ponderadas disposiciones legales que no son consecuencia de volanderas conveniencias políticas, sino de una honesta severidad.

El Estado debe tener una ruta firme, sustentada por su fuerza, recibida ya sea por limpios o sucios medios electorales, o a consecuencia de decepciones gravísimas o esperanzas desorbitadas de casi imposible realización.

Georges Clemenceau, el gran estadista francés que rehabilitó a Dreyfus y llevó a su país y a la victoria sobre Alemania en la Primera Guerra Mundial, negándose a otorgar ninguna concesión a los vencidos, hombre de una claridad mental y determinación que le valieron el apodo de “El tigre”, dejó dicho que “La democracia es, con palabras distintas, siempre el dominio de los más fuertes”. Ha de añadirse que lo deseable es que los fuertes ejerzan la justicia con claridad y sin titubeos.

En “La República”, Platón pone en labios de Sócrates que “La ruina de la democracia está en el deseo inmoderado de riquezas y la indiferencia que por todo lo demás inspira esta pasión” (Platón, La República, libro VIII, cap. IV).

Afán de riquezas e indiferencia ante todo lo demás, siempre que no se trate de mecanismos para buscar o garantizar nuevas riquezas.

Queremos una democracia mejor, dotada de leyes rígidas cabalmente obedecidas, que responda (aunque tenga sus humanas fallas) a la “insonomia” griega (igualdad ante la ley). Queremos una cierta limpieza que impida que magistrados destinados a hacer justicia, descarguen, al parecer tranquilamente a delincuentes de comprobada culpa, y así se paseen y continúen actuando en nuestro país, individuos que figuran en los ficheros policiales como sistemáticos reincidentes en amplia gama de fechorías.

Democracia no es libertinaje.

Es aspiración de equidad, disciplina y bien común.