Acerca de la curiosa moda de los “ni, ni”

Digo “moda”, por la esperanza de que sea efímera, transitoria, la actitud creciente de jóvenes de ambos sexos –mayormente masculino– que al ingresar en la adolescencia, ya sin las presiones de sus progenitores para que finalicen –mal o bien– el bachillerato, caen en un limbo en el cual ni quieren estudiar una profesión, ni tampoco trabajar o idear algo para ganarse la vida cuando ya sus padres no están para mantenerlos, mayormente con  esfuerzos de variada índole.

Digo moda –insisto– en tonalidad de esperanza de transitoriedad. Porque si el mundo “civilizado”, cuya decadencia moral se denunciaba hace muchísimos siglos (“O, mores”, se dolían los latinos) hubiese continuado descendiendo sistemáticamente, hoy, en el siglo XXI, estaríamos vueltos unos monstruos.

Y en verdad somos, entre ascensos y descensos, mejores que quienes nos precedieron. Por lo menos tenemos el pudor de aparentarlo. Y eso es importante.

La vida es un sube y baja que funciona tras una espesa cortina ocultadora de un destino indescifrable e incontrolable.

Cuando la peculiar escritora francesa Gertrude Stein (1874-1946) hablaba de “generación perdida” en aquel París diferente, no percibió que en esas reuniones en su salón estaba su seguidor Ernest Hemingway, así como un Scott Fitzgerald y otros personajes jóvenes que no estaban “perdidos” sino en persecución de un camino nuevo. Ya habían pasado aquellos albores del romanticismo con sus extravagancias, “cuando el viejo Dumas tomaba en una calavera todos los días la leche del desayuno, Baudelaire se pintaba los cabellos de verde y Geraldo de Nerval salía a pasear por los bulevares llevando una langosta a la manera de perro”.  

Es que la extravagancia no es invento nuevo, como a menudo se cree.

El problema es que ahora la extravagancia encierra una autodestrucción, no sólo un interés por llamar la atención sino una vagancia floja, temblequeante como una gelatina en un platillo plano. Me refiero a la conducta extravagante que no es la del artista que busca publicidad a como dé lugar: declarando disparates a la prensa, mostrando el trasero desnudo o bastante el “delantero”. Eso, me imagino, debe costar trabajo, determinación al triunfo y una mente puesta en orden, aunque no se trate este orden del más aconsejable, por un montón de razones.

La actual “moda” de jóvenes que ni estudian ni trabajan (por eso ni, ni) se trata –a mi ver– de una torcedura extremadamente peligrosa. Las consecuencias negativas que conlleva esta dejadez a nivel personal y social harín –o en eso confío- que esta generación caiga por sí sola en cuenta de su terrible error antes de que sea demasiado tarde. El mayor peligro está en la blandura de los padres, en un exceso desmesurado de “comprensión” a los “nuevos tiempos”, a esta equivocada “modernidad” que produce tan amargos frutos.

Es que todos los tiempos fueron modernos. Tan moderna fue la flecha envenenada de los antiquísimos guerreros, que evitaban combate cuerpo a cuerpo, como lo es hoy esa guerra electrónica que mata multitudes desde la seguridad de un escondrijo desde el cual presionan teclas de muerte sin enfrentar al enemigo.

Puede que el gran peligro de nuestra civilización radique en una desmesurada aceptación, permisividad blanda –y dañina– justificación de nuevas generaciones cada vez más incapaces de afrontar los requerimientos de la vida.