Acerca de violencias y causas

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
De la violencia puede decirse –afirma el eminente sociólogo jesuita Pierre Chaunu- que una vez sacada por la puerta, entra por la ventana. Yo creo, como Jean Jaurés, aquel socialista pacifista y  humanista, opuesto a la teoría marxista de la dictadura del proletariado, asesinado al comenzar la Primera Guerra Mundial (1914) creo, como Jaurés, que la violencia es una debilidad. Implica debilidad e incapacidad, ausencia de razonamiento y predominio de obscuridades pasionales que usualmente tienen motivaciones diferentes a las que promueven y llevan a cabo una acción verbal o física.

No se actúa violentamente por reacción directa a algo, a determinada motivación. No se trata de la fórmula Estímulo-Respuesta como única mecánica en el ejercicio de la violencia. Es lo que está antes, tal vez con sus detalles olvidados, pero con sentimientos aposados al fondo, como un polvillo imperceptible, acogedor de resentimientos y frustraciones de diverso tipo y magnitud, conforme a la vulnerabilidad del individuo a lo que le resulta adverso, desagradable, tormentoso. Y dañino, a muchos niveles.

En verdad no reaccionamos mayormente por lo que nos hace, sino por lo que nos hicieron, lo cual tiene un valor respetable pero que no justifica que se acoja la acción desenfrenada y desproporcionada con respecto a la inducción. A lo que “motivó” la reacción violenta.

La amistad, la afectuosidad es un proceso social que, a mediados de los años cincuenta del Siglo XX, trataban Robert Merton y Paul Lazarsfield en su obra titulada “Friendship as a Social Process” (New York, Van Nostrand).

Sí. La amistad es un proceso social.

La conmiseración por quienes sufren carencias de algún tipo o de todo tipo, también. Se trata de una victoria sobre el egoísmo natural del humano, al cual un psicólogo y sociólogo norteamericano (creo que Ashley Montagu) le atribuía como característica general o universal la disposición a sentarse desde que podía.

Y esto de “sentarse” cubre un amplio espectro, que llega a alcanzar el fenómeno de las dictaduras en sus diferentes dimensiones y manifestaciones.

Creo que se suele banalizar o abaratar o simplificar peyorativamente la disposición de ciertas personas a asumir la dirección de una nación.

Solemos burlarnos de su expresada disposición a servir a la Patria y a proporcionar beneficios nacionales con un cuidadoso manejo de los recursos llamados públicos.

Lo que quieren es “la Ñoña”. La banda presidencial, para que les hagan muchas reverencias y llenarse de dinero. ¿Por eso?

Creo que hay más. Tal vez un mesianismo. Una intención de perdurar. De perdurar, de que la muerte –inevitable- no acabe con su nombre, reduciéndolo tal vez a una lápida más en el cementerio.

Pero quería tratar, con la brevedad que imponen hoy los espacios modernos, el tema de la violencia. Aquí se está expandiendo.

Una sargento de la Policía Nacional mató porque una vecina protestaba por el alto volumen que mantenía en su radio. Una turba el pasado domingo asaltó un cuartel policial de El Cachón, en Barahona, mató a palos y pedradas a un apreciado locutor de 24 años, ultimó a otras dos personas a tiros y cuchilladas y vandalizó el cuartel.

¿Una mujer disparando a matar para defender su derecho al abuso?

¿Una turba desenfrenada dispuesta al crimen?

Eso no es casual (aparte de que no creo en lo casual sino en lo causal).

Lo que está sucediendo debe estudiarse con mucho cuidado.