Aclaraciones y solicitudes

JOSÉ ALFREDO PRIDA BUSTO
En este día, quiero enviar un mensaje a todos aquellos que comparten su nacionalidad conmigo. Es decir, a todos los dominicanos. Obsérvese, por favor, que no utilizo la palabra compatriota, desafortunadamente prostituida por los politiqueros del patio. Para esos individuos, mencionar dicha palabra, o sea, compatriota, implica ser afecto al balaguerismo o reformismo (que no es lo mismo).

Porque aquí, gústase de sindicar a alguien por algún término o modismo que utilice. Y hay que saber que tampoco es lo mismo peñagomecista que perredeísta ni boschista que peledeísta. Pero en fin allá cada quién.

Pues sí, queridos amigos que compartimos el patio este del lado de acá de los pobres haitianos. Hay cosas que, definitivamente creo que tenemos, y repito, tenemos que cambiar. Ya esta bueno de estar despotricando y maldiciendo a las cosas que, como cosas al fin, no tienen nada que ver con nuestros problemas. Procedo.

Si alguien desconecta la luz, porque, déjenme decirles, la luz no se va, la desconectan, empezamos con aquello de que: “esa maldita luz ya se fue otra vez”.  Si los precios de los alimentos suben, salimos con: “esta maldita comida no hay quien la compre” (el romo es diferente). Si la gasolina se dispara, ahí viene el: “esta maldita gasolina va a hacer que uno no pueda salir de su casa”. Si a usted, perdón, a su vehículo, se le pincha una goma, inmediatamente le tira la maldición a la pobre goma. Y otras cosas por el estilo, algunas de las cuales es impropio mencionar en un medio tan decente como éste.

¿Qué culpa tiene la luz de que usted la disfrute o no? ¿Qué culpa tiene la comida de estar cara? ¿Qué culpa tienen los precios de la gasolina de irse a las nubes? ¿Qué culpa tiene la goma de pincharse? Absolutamente ninguna, querido compatriota (p”al carajo).

Como remate, cuando ya todo está que no hay quien lo soporte, viene la última gran vaina: “este maldito país tiene que irse al carajo, porque aquí no se puede vivir”. Obvio. Aquí no se puede vivir. Porque si cada uno que tiene un maldito problema le hecha la maldita culpa a la maldita consecuencia del maldito problema y no a sus malditas causas, no vamos “para parte”.

No maldiga. Yo se que muchas veces es difícil no hacerlo, pero no maldiga. Yo no soy el primero que lo pide y espero no ser el último. En varias ocasiones, he escuchado a varias personas en programas de radio y televisión hablar de ese tema. No maldiga.

Cada vez que maldecimos, le echamos un poquito más de aderezo, también llamado sazón, a las maldiciones que padecemos. No le estoy diciendo, ¡ojo!, que se quede tranquilo, se resigne y no diga nada ni haga nada. ¡No!. Bajo ningún concepto. Pero en vez de maldecir, trate de hacer algo para las maldiciones se vayan.

Se va a encontrar con mucha gente a la que le gusta que pasen las cosas que pasan para que sigamos maldiciendo. No les haga caso. Écheles una maldicioncita suave (y que no lo oigan, por si las moscas). Porque, déjeme decirle, habrá muchos que digan: “¿Y qué es lo que se cree este maldito loco?”.

Este país es una chulería. Es de lo mejor que hay. Aquí se produce dinero. Aquí se han hecho multimillonarios una pila de desconsiderados y sinvergüenzas y, a pesar de todo, seguimos vivos. De hecho, tengo una anécdota al respecto. Un amigo mío me hizo un cuento  que les relato a continuación y que es muy probable que muchos conozcan. Pero aquí va.

Dicen que, cuando Dios terminó de hacer el universo, o sea, completito, al final del séptimo día, uno de los ángeles que estaban a su lado le comentó: “Señor, has hecho el universo. Es maravilloso, estoy asombrado. Pero hay algo que no entiendo.” Y el Señor le preguntó: “¿Qué es eso que no entiendes?” El ángel, tímidamente le habló de aquella parte de una isla magnífica que había creado en el medio del mar Caribe. Le dijo que no había cosa más bella que hubiera podido ver y que todo el mundo querría vivir allí. Dios le dejó terminar y, tras un largo suspiro, le dijo al ángel: “Diómedes, hijo mío, no es tan maravillosa como piensas, todavía  falta un tiempo para que nazcan algunos ”patriotas” dominicanos”.

Bueno, para terminar, si definitivamente hay que maldecir y no queda otro remedio, maldiga a los que se supone que tienen que estar haciendo algo para que no maldigamos y que con sus pendejadas hacen que nos pasemos el día maldiciendo.