ACTIVIDAD CULTURAL
Arturo Rodríguez F. Cuento teatro y cine

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Presentación del escritor  y crítico Arturo Rodríguez Fernández para una charla sobre cuento, teatro y  cine en la Fundación Corripio

En verdad, presentar, o pretender presentar a un personaje ante un público que lo conoce, que lo sigue y lo admira, es pretenciosa tarea, sólo justificable por una obediencia a la tradición y el protocolo.  Seamos, pues, obedientes.

Arturo Rodríguez  Fernández es un hombre afortunado. Ha podido  estudiar extensamente, tanto en el exterior  -España, Francia e Italia- como en su patria, la República Dominicana, no sólo materias usuales en el proceso de formación de un intelecto. Por encima de esos conocimientos fundamentales, que son de gran ayuda pero que ni remotamente resuelven lo esencial del  posible entendimiento del ser,  de las incógnitas que envuelven las acciones e inacciones de nuestra especie,  Arturo ha hurgado en la conducta humana desde diversos países, hundiendo el escalpelo de la observación inteligente y sensitiva, sin asomo de miedo ante lo que pueda encontrar. Dulce o amargo. Perfumado o pestilente. Delicado o vulgar. Siempre variable  e  impredecible.

Es que nada es totalizante, y Rodríguez Fernández no le teme a que su posición pueda lucir, a la ligera, como envenenada de descreimientos y negatividades. La vida es así, como él la cuenta.  Ambicionar la realización de un resumen de sus convicciones expresadas en sus libros de cuento, en sus relatos, en su producción para teatro, en sus comentarios verbales sobre cine, realizados en radio junto a  otro gran conocedor de cinematografía y excelente escritor,  Armando Almánzar, sería como intentar que en una copa cupiese el agua del mar.

Y la vida es un mar, con oleajes perceptibles y “calmas chichas” –cuando no sopla brisa alguna y las naves a vela quedan desprovistas de impulso.

Una contundente demostración de la apertura inteligente de Rodríguez  frente a la  vida  es que no está negativizado. Su obra no es la de un escritor de esos que llaman “malditos” o que autoconsiderados erróneamente “iconoclastas”, se empecinan en la negación de todo cuanto es bueno y noble. Aunque sea de la figura de Cristo.

La callada ternura con que Rodríguez menciona las salas de cine, Olimpia, Rialto, Independencia, Santomé, que eran cobijo de encuentros más bien pudorosos entre los enamorados que aprovechaban la semioscuridad para besarse y tocarse un poco durante las tandas que empezaban al fin de la tarde, siempre con el temor de que el vigilante encargado de la sala los expusiese con el  temible haz de luz de su linterna impertinente y una severa reconvención,  ese tierno recuerdo nos ofrece un panorama de la amplitud sentimental de Arturo. Y de su multidisciplinaria amplitud perceptiva  que filosofa como al desgaire, sin agresiones doctorales –que está calificado para utilizar, por vida vivida y observación atenta.

Tomando su cuento “El sabor de las hormigas”   que es, además, título de su último libro, publicado por las valiosas colecciones del Banco Central de la República Dominicana  a inicios de este año 2008,  encontramos que el personaje de Wimbly empieza a reír a carcajadas en cierto momento y  Elba, que le acompaña  en la habitación del hotel, le pregunta:

– ¿Te estás riendo de mí?

-Me estoy riendo de la vida.

-¿Qué le pasa a la vida?

– Que se ríe de nosotros y nos cambia cada mañana no sólo porque nos va haciendo más viejos sino también porque nos va haciendo más sabios.

 

Arturo funde la percepción de la vejez como drama –que aparece en toda la literatura. Recordemos los famosos versos de Lorenzo el Magnífico  lamentando la fuga de la juventud, o los medievales de Heidelberg hablando de la “molestam senectutem” predecesora de la muerte, o el Rubén Darío de “Lo fatal”…”la muerte

que  aguarda con fúnebres ramos”…Arturo –repito- funde el deterioro natural de  la vejez con la consoladora idea de que nos hace más sabios.

Una idea optimista, ilusionante, consolatoria.

Entonces, la producción de Arturo Rodríguez Fernández no es negativista.

Es realista.

En otro cuento del libro ya citado, éste cuento titulado “Lo perdido”, nos  ofrece una valiosa pintura de lo que es la autodestrucción, que es práctica mucho más frecuente de lo que se imagina uno (aunque sepa disfrazarse).

Habla de “la libertad para elegir a conciencia la autodestrucción” y de  frustraciones que “emergían como pústulas para reafirmar un masoquismo del cual no teníamos, hasta entonces, conciencia clara”.   

Es que, en verdad, de muy pocas cosas tenemos conciencia clara, aunque tengamos atisbos de claridades en cuanto a lo que es correcto y bueno o incorrecto y malo.

Algo, dentro de nosotros nos lo indica, si no hemos perdido el juicio.

No quiero dar la impresión de que las producciones de Rodríguez estén basadas  o motivadas por propósitos filosóficos, porque no lo creo.

Pero sí en sinceridades.

Mezclar Cuento, Teatro y Cine en un título y un propósito, es otra demostración de las claridades mentales de Arturo, y de su indudable e indiscutible capacidad para tratar lo hondo, lo complejo, lo inexplicable de la vida, con desenfadada amenidad,  montada ésta en una atractiva técnica literaria que nunca cae en excesos ni trata de atrapar al lector con artimañas, que muy a menudo no tienen otro objetivo que sorprender al desconocedor. Lo que los franceses llaman –y han internacionalizado en su lengua: “Pour épater les bourgois”.

Les dejo con un intelectual de amplia cultura, que camina, corretea y piruetea con igual soltura por las veredas y vericuetos de la narrativa, de la producción teatral, del amplio conocimiento cinematográfico y de la conversación amena y redituable.

Muchas gracias.

En síntesis

A fondo con la complejidad
Al presentar al conferencista, Gimbernard destacó su “multidisciplinaria amplitud perceptiva” subrayando que mezclar cuento, teatro y cine en un título y un propósito es otra demostración de las claridades mentales de Arturo y de su indudable e indiscutible capacidad para tratar a lo hondo aquello que sea complejo.