Acuérdate de 1804 y 2010

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El ángel de la historia gusta jugar bromas pesadas. Peña Batlle nos recuerda que las causas de la división de la Isla Hispaniola en dos naciones tenían su origen en la inmisericorde  testarudez de un gobernador, Osorio, a quien no se le ocurrió mejor idea para eliminar el contrabando con las naciones enemigas de España que ordenar la devastación de toda la parte norte y oeste de la isla.

Fue ese acto barbárico, que Pedro Mir llamaría “el gran incendio”, lo que causó el siglo XVII de la pobreza, permitió la colonización francesa y dio asiento territorial a la nación haitiana.   

Ahora, otra devastación es sufrida por ese territorio ya destruido. El terremoto que azotó a Haití, para decirlo en los términos con que Juan Bosch definiría a la revolución haitiana, es un desastre a la vez natural, político, económico y social. Se trata de un sismo que masacra a una nación cuyo principal legado es, al abolir la esclavitud, sostener de un modo universalmente consistente la declaración de la libertad humana (Peter Hallward). El precio que pagaría la antigua colonia francesa a su metrópoli por su independencia y por esa consistencia fue extraordinario: Francia exigiría en 1825, a cambio del reconocimiento de Haití, el pago de 150 millones de francos, luego reducidos a 90, que constituían el presupuesto francés para un año y que agotaron durante más de un siglo el 80% del presupuesto haitiano, hasta el último pago en 1947, año que, si recordamos que entre 1822 y 1844 contribuimos con ese canon, quizás no por azar Trujillo declararía el de la independencia financiera de nuestra nación.

La situación generada por el sismo, sin embargo, puede ser el momento esperado por dominicanos y haitianos para lanzar un programa de desarrollo en beneficio de nuestras  naciones. Ese es el  consenso de todos los sectores de la vida nacional, los cuales, más allá del gran y diligente apoyo humanitario a nuestros vecinos, entienden que, una vez agotado el interés de la comunidad y de la prensa internacional en la situación haitiana, pervivirán, esta vez agravados, los factores que hacen de Haití un Estado colapsado, con todas las negativas consecuencias que ello implica para nosotros. 

Es obvio que,  a la luz de una catástrofe natural y artificial como la que ha sufrido, Haití no puede desarrollarse sin ayuda internacional. Sin duda se requiere la participación proactiva y efectiva dominicana en ese esfuerzo, en conjunción con la comunidad internacional y una alianza intergubernamental y sector privado. El presidente Leonel Fernández lo comprendió rápidamente al encabezar la ayuda a Haití  y al incorporar al país en la cumbre de naciones que coordinará la misma. El líder de la oposición, Miguel Vargas, lo captó también desde el principio al señalar la necesidad de un Plan Marshall. El sector privado y la ciudadanía en general, que han acudido en ayuda de Haití con cuantiosos recursos y cientos de voluntarios, desmintiendo que somos unos “esclavistas” y “racistas”, han estado conscientes también de que una simple ayuda humanitaria no resuelve de raíz los problemas que enfrentan nuestros hermanos haitianos. 

Algunos querrán que nuestro país siga comportándose en el ámbito internacional como una nación que no se reconoce a sí misma como potencia regional, cargando así innecesariamente con las negativas consecuencias que solo su desidia puede originar. Otros resaltarán las dificultades de (re)construir un Estado haitiano, cuando los propios países desarrollados, vía Francis Fukuyama, admiten no dominar la técnica del “state building”, lo cual es evidente tan solo observando los avatares de la reconstrucción de Irak.

Pero en algo todos estaremos de acuerdo: la caridad comienza por casa, por la isla que compartimos, por la abandonada frontera, último reducto de nuestro Estado y de nuestra nación. El resto, no se cansa de insistir Jean Casimir, es tarea de los haitianos, quienes deben decidir “qué asistencia comprar o tomar prestada” y cómo construir un Estado democrático, respetuoso de las libertades y comprometido con el desarrollo y la justicia social. Es ese consolidado Estado haitiano el que debe y puede ser socio y amigo del dominicano. Todo lo demás, hay que decirlo, es simple capitalismo del desastre, imperialismo con ropaje humanitario.