Acuerdo demócrata

PEDRO GIL ITURBIDES
Hillary Clinton y Barak Obama están enfrascados en una cerrada batalla por la nominación presidencial de su país. El fin de semana pasado, Obama venció en todos los Estados de Estados Unidos de Norteamérica en que fueron celebradas las primarias del Partido Demócrata. No obstante, en el curso de la semana se declaró a Hillary la vencedora, por un estrecho margen, de una primaria, la de Nuevo México, en donde al parecer se produjo un empate.

Al vencer a Obama en este último Estado, Hillary aumentó el número de delegados ganados para la convención. Obtuvo dos delegados más que su contrincante, catorce contra doce. Al finalizar la semana, por consiguiente, Hillary contaba con mil doscientos treinta y siete electores internos. Obama, en cambio, cerraba la semana con mil doscientos ochenta y nueve electores internos. Como vemos, aún se encuentran, ambos, lejos de alcanzar la nominación.

Los demócratas tienen un universo de delegados de cuatro mil cuarenta y nueve electores internos en su convención. Eso significa que para lograr la candidatura, los precandidatos deben obtener el apoyo de dos mil veinticinco delegados. Esto es más o menos el equivalente a más de la mitad del total de convencionantes con derecho al voto elector.

Si el apoyo que logran el uno y el otro en sus trabajos de captación de votos continúa al ritmo actual, acudirán a la convención con abiertas desavenencias. No es que no existan, por supuesto. Están soterradas, pues en juego se encuentra una elección que eventualmente otorgará, al ganador, el mayor poder político de la Tierra. Recuérdese que Estados Unidos de Norteamérica es hoy por hoy la mayor potencia política, económica y militar del planeta.

Cuando a Obama le ha tocado aludir a Hillary, la ha llamado su amiga. El marido de ésta, en cambio, se ha referido en forma peyorativa, aunque cuidadosa, al candidato que lo obligó a volverse el primer ex Presidente del último siglo en litigar en la política interna estadounidense, después de abandonar el cargo. La tarea no ha sido fácil para él, pues se encontraba convencido de que Hillary vencería sin dificultad.

Por eso me permito, como oculto y lejano elector no participante  una clase muy especial de votante no invitado, hacer mi segunda propuesta. Aunque la llave de la convención finalmente la tendrán los llamados super-delegados, conviene que los demócratas se unifiquen desde ahora. De manera que alguien que no sean John Kerry, el ex candidato que se encuentra tras Obama, ni Bill Clinton, busquen un pacto para hacer posible mi propuesta anterior: que el ganador lleve como su Vicepresidente al derrotado.

En el sistema constitucional estadounidense, el Vicepresidente federal se convierte de manera automática en el presidente del Senado. Y tanto Hillary como Obama son competentes para asumir con elegante dignidad, elevado decoro y probada eficiencia, este cargo. De manera que desde la lejanía, les hago a los demócratas, sin duda sorprendidos por la batalla que libran Hillary y Obama, esta sugerencia.