Adiós, compañero

El ingeniero Julio Adriano Fortuna Belliard no era político, el término compañero tiene aquí el significado amplio de compartir por largo tiempo: en la educación, en trabajos, en los afanes de la vida.

De los hijos de don Adriano -Ñaño- Fortuna, nativo de Santiago Rodríguez, y doña Isabel Belliard, montecristeña, con el que más nos relacionamos fue con el contemporáneo Julio Adriano, familiarmente Yuli, de quien, para comprender su personalidad hay que destacar, además de sus cualidades innatas, el hogar en que creció y la escuela en que aprendió la educación formal y donde absorbió las normas de vida que aporta la cultura, que contribuyen a modelar el carácter y que son las bases para alcanzar los ideales que cada ser se propone como metas.

Habiendo sido don Ñaño juez de Paz, e Isabel, una joven criada en la pureza de la naturaleza y en las sanas tradiciones familiares, de ese hogar no podía salir otra cosa que rectitud y limpieza de almas, enfrentando los duros avatares que conllevó criar nueve niños en la pobreza eterna de La Frontera. Solamente así y con la calidad del magisterio de los años 40 podía lograrse, en un Montecristi atrasado e inhóspito, jóvenes bien preparados para hacer el bachillerato y en la secundaria de los años 50 la capacidad de un profesorado abnegado. Eran otros tiempos en los cuales los maestros se preciaban por su buena enseñanza, no por la lucha sindical y reivindicativa. Yuli asistió al primer curso de primaria en Santiago, a solicitud de su abuela materna Ana Gabriela -Cusú- Navarro, pero don Ñaño requirió su tercer hijo a doña Cusú para que se educara integrado a su familia. Durante los dos primeros años del bachillerato, en Montecristi, residió en la casa de huéspedes de doña Chingua, mientras su padre ejercía su profesión en Dajabón, en donde todavía no había escuela secundaria. Los dos últimos años del bachillerato los realizó en la Normal Presidente Trujillo de la entonces Ciudad Trujillo. Allí recibió clases del profesorado bien preparado de la Capital e hizo amigos con los cuales posteriormente establecería relaciones profesionales.

En 1956 iniciaron la carrera de ingeniería varios bachilleres procedentes de Montecristi, los cuales se reencontraron con Julio -Yuli- Fortuna. Los catedráticos de la Universidad de Santo Domingo prepararon a su alumnado no solamente como ingenieros, sino capaces de hacer postgrados en Desarrollo Económico, Planificación y en Ciencias Administrativas.

Marchó luego a Venezuela donde realizó estudios por dos años especializándose en Hidráulica. A su regreso inició su carrera profesional como empleado en el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos -INDRHI-. Con Augusto Rodríguez Gallart y otros calificados ingenieros de esa institución se entrenó en esa ciencia. Renunció del INDRHI y al salir, recibió una placa de reconocimiento en donde se destaca su capacidad profesional y su honradez.

Participó en la construcción de la presa de Las Damas en Duvergé, con la Corporación Dominicana de Electricidad, y a partir de entonces se dedicó al ejercicio privado de su profesión. Asociado con empresarios japoneses construyeron las obras de riego del proyecto AGLIPO, provincia María Trinidad Sánchez; así como obras de irrigación en Jarabacoa, Constanza y Dajabón. Hizo la rehabilitación del muelle de Azua y el acueducto de Dajabón. Asociado con Manuel -Chiqui- Troncoso realizaron varias obras, una de ellas el auditorio de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Reconstruyó varias carreteras alrededor del Lago Enriquillo y ejecutó tramos de la autovía del Este. A la hora de su muerte trabajaba en una marina en Puerto Plata. Como parte de sus labores profesionales viajó por varios países: Cuba, Estados Unidos, Holanda, España y Egipto. Y en viajes de esparcimiento y deportes visitó varias islas del Caribe, principalmente a bordo de veleros.

El ingeniero Fortuna Belliard se esmeró en la educación de sus hijos, a los mayores los envió al exterior a realizar postgrados; estos se integraron a su oficina y compartieron con él sus trabajos. Se destacó por su inteligencia, valor al emprender obras importantes y asumir riesgos, así como por su honestidad, lealtad y sociabilidad. Gozó de gran memoria, la que puso de manifiesto en un pasadía que ofreció a sus compañeros de escuela secundaria en su casa en Palmar de Ocoa; allí, ante sus excondiscípulos y profesores, muchos llegados de Montecristi, sorprendió con los detalles de las materias y las anécdotas de los profesores de esa época que recordaba.

La vida sana, honesta, recta y llena de los más altos valores de un profesional capaz que venciendo obstáculos se levantó desde su humilde hogar en La Frontera hasta llegar a ser uno de los buenos ingenieros del país y un ciudadano con grandes virtudes humanas, debe llenar de orgullo a su hoy abatida familia y de reconocimiento a quienes fuimos sus compañeros.