Adulto espiritual

Se dice que a Santo Tomás de Aquino, estando en su lecho de muerte, le preguntó uno de sus discípulos dónde había aprendido tanto. El santo, señalando un crucifijo que colgaba de la pared, le dijo: “Ahí”. ¡Maravillosa lección!. Eso significa que, en la medida en que estemos dispuestos a aprender del Crucificado, seremos mejores cristianos, esposos, hijos, hermanos, profesionales, consagrados y sacerdotes.

Son innumerables los temas y comportamientos con los cuales Jesús nos puede dar grandes lecciones. Centro mi atención y la de usted amable lector, en el perdón. “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?”. Y Jesús replica: “No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

No sé si usted, alguna vez, ha sido testigo de casos donde el uso de la misericordia viene considerado como algo injusto por la gravedad de la ofensa cometida. El resentimiento y la venganza nos envenenan convirtiéndonos en prisioneros del pasado.

Estoy convencido de que, entre las indicaciones más claras que denotan la adultez cristiana, espiritual y emocional de una persona, está la capacidad de eximir las ofensas a los demás. Cuando Jesús Pidió a los suyos que perdonaran hasta setenta veces siete, les estaba diciendo en otras palabras: “Sean adultos en la fe”. Los resentimientos, angustias o antipatías son como pequeñas naves espaciales que sobrevuelan constantemente el espacio aéreo de nuestros pensamientos, sin nunca aterrizar; malgastamos una gran cantidad de esfuerzos y energías que podríamos emplear muy bien en cosas más útiles.

¿Cómo se van formando las aversiones, enconos y tristezas en nosotros? Por lo general, eso se produce siempre que tomamos las cosas como algo personal y cuando culpamos a los demás de nuestro malestar.

Renunciar a perdonar equivaldría a encerrarse en una celda de hierro, colocar a la puerta un buen candado y tirar la llave a la calle. Estoy seguro de que conocerás personas que, tras haberse confinado en un calabozo de acero muy bien construido y adornado, han botado el llavín. Con esa actitud quitan brillo a su ser cristiano, se estancan y renuncian a vivir diariamente el pedido del Maestro: perdonar siempre a todos.

Sé, por experiencia personal y de otros, que el perdonar no resulta fácil. Eso supone todo un proceso, una decisión muy firme; y, sobre todo, saber ponerse en manos de quien me dice con su vida y ejemplo que debo perdonar “hasta setenta veces siete”. Si descubres que los abejorros de la tirria y aversión zumban los oídos de tu existencia, te invito a que, juntos, caminemos hacia la madurez, cristiana en el campo espiritual y emotivo.

El saber perdonar nos ofrece un merecido descanso. No seas de los que piensan que al eximir al ofensor, éste sale con la suya. Sólo gana de verdad quien perdona. Si no podemos cambiar el pasado, ¿por qué seguir dependiendo de él, hasta el punto de dañar el presente?. Ejercitarse en perdonar nos favorece a la hora de tomar decisiones en la vida. Quien determina hacer algo con un corazón lleno de rencor y resentimiento, pone en riesgo el plan que Dios tiene para él, y no contribuye al crecimiento de los demás. Entrenarnos en otorgar perdón nos permite querer más a los hijos, a la pareja, a los padres, a los amigos; en otras palabras, renacemos a una vida nueva. Los rencores acumulados afectan la propia existencia, amenazan la salud y limitan el horizonte.

Reitero que hay, básicamente, tres componentes que favorecen la incubación de largos dolores, sufrimientos y resentimientos: tomar la ofensa como algo muy personal, culpar al ofensor por los sentimientos que experimento y crear una historia de rencor.

Posiblemente en otra oportunidad podríamos compartir algunas ideas sobre técnicas que nos pueden ayudar a sentirnos menos molestos y dolidos. Te reto a perdonar par siempre, por el bien de tu salud y la de los demás. Decídete a vivir el perdón. Atrévete a ser adulto cristiano, espiritual y emocionalmente. Recuerda que perdonar no significa olvidar la ofensa. Es hacer una lectura positiva de ella para que no paralice el desarrollo. Al perdonar, tú puedes seguir creciendo. ¡Adelanta!

Atentamente,

P. José Pastor Ramírez

Sacerdote salesiano