Afluyen a cementerios en el Día de las Madres

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POR MARIEN A. CAPITAN
Domingo tras domingo los hermanos Elier Urbáez López,   Daniel y Angel Luis Adames López acuden al Cementerio Cristo Redentor para visitar la tumba de su madre, Alba Ineria López, quien murió en marzo del año pasado. Ayer, sin embargo, la visita fue más triste que de costumbre: este es el segundo día de las Madres que no están junto a ella.

“Todos los domingos sacamos un tiempo para ver a nuestra madre, ya que ella nos dio todo lo que nos podía dar y se nos fue cuando nosotros podíamos darle a ella. El mes de mayo es muy duro porque uno siempre ve los anuncios de televisión y se acuerda de que antes de entrar mayo, en abril y marzo, ella nos decía lo que quería que le regalaran”, dijo Daniel Adames.

Lo más duro, agrega Adames, es que lo último que les pidió no pudieron dárselo: llevarla al campo, en Barahona, donde su familia. “Por culpa del trabajo, porque trabajábamos en diferentes empresas, se nos hizo difícil ir toda la familia”.

Para Luz María Rojas, aunque esté enterrada, ayer era un día ideal para ir a hablar con su mamá Clara Senele Pérez, quien falleció hace doce años. “Yo vengo siempre a conversar con mi vieja. Cuando vengo le hago el recuento de todo lo que me ha pasado desde la última vez que vine. También le digo lo que le ha pasado a mis hermanos, a todos. Hoy tengo bastante qué contarle”.

A pesar de la nostalgia y la congoja, sin embargo, durante el día de ayer tampoco faltaron las anécdotas graciosas. Por ejemplo, hubo un señor que salió gritando que un muerto lo había tocado mientras limpiaba un mausoleo. ¿La verdad? No era más que un pequeño sapo que, después de asustarle, siguió su camino.

Cerca de esta escena, y muerta de la risa, Orea Guzmán Solís depositaba flores en las tumbas de sus padres, Antonia Solís de Guzmán y Pedro Guzmán. “Yo viene a darle un poco de condiciones a esto porque el cementerio siempre está feo”, apuntó.

Quejándose de que el Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN) no limpia nada, Mery de Jesús se afanaba en cortar la maleza y recoger la basura que rodea el mausoleo en el que descansan su madre y su abuela, Elvira Jansen de Jesús y Elisa Romero viuda Jansen, respectivamente. También a su hijo Pedro Antonio de Jesús.

Este mausoleo, aunque sucio, resultaba un primor en comparación con muchos otros que lucen más descuidados y abandonados, que se dejan cubrir por la maleza, las hierbas o los árboles silvestres y que, como si nadie se acordara de quienes descansan allí, parecen sacados de una mala película de terror.

Lo más paradójico es que, mientras cualquiera se paseaba por los rincones del cementerio y descubría la basura y el olvido que moran en los rincones, una tímida brigada del ADN trabajaba en la calle principal. ¿Qué hacían? Limpiar y desyerbar sólo el paseo y las tumbas que están muy pero muy cerca. Lo demás, incluso lo que se ve desde la calle, queda a merced del tiempo y los familiares.

Ni siquiera ayer, el día de las Madres, el espacio estaba medianamente limpio. Los esfuerzos hechos por quienes fueron a limpiar el sábado no fueron suficientes para un espacio que es demasiado grande y está en muy mal estado.

EN EL DE LA MÁXIMO GOMEZ

Con caminar quedo, tambaleándose y  llevando un ramo de margaritas en las manos, Juan Obispo Valdés caminó durante quince minutos hasta llegar a la tumba de su madre, Juana Guance, que murió en el año 1995.

Estos quince minutos, que para cualquiera pudieran saber a nada, son mucho para un hombre de 74 años que se sentía mal esta mañana: el calor, agobiante, lo tenía mareado. Pese a ello, asegura, no podía faltar a la cita.

“Yo vengo todos los años. También vengo a ver a mi papá (Juan Valdés Martínez, que falleció en el 1972). Por eso vengo los días de las madres, de los padres y los días en que cumplen años. Para mí es duro pero hay que sacrificarse. Yo vivo en Cancino I y esta mañana cuando estaba en la iglesia hasta se me bajó la azúcar pero yo tenía que venir: las madres son las madres”.

Dejando de lado al señor Valdés, que afirma que sólo falta al cementerio si está muy enfermo, toca hablar de la falta de seguridad que existe en este cementerio. Así lo señalan los deudos, quienes apuntan que no se puede tener nada en los mausoleos: hasta las ventanas se las llevan.

“Estos ladrones no se aguantan. Hasta la ventana se llevaron. Los candados siempre se los llevan. Una vez puse un florero para mi madre y se lo llevaron, después lo pegué con cemento blanco y lo rompieron: ahora puse las flores en un pote. Las pongo para que mi mamá se sienta pero yo sé que se las van a llevar. Me voy a llevar hasta su retrato no vaya a ser que me lo boten”, sostuvo Rafael Benjamín Nivar, quien visitaba su madre, Margarita Amparo Soto Nivar.

Por el mismo tenor, se quejó Angel Arias quien ha optado por amarrar la verja del mausoleo en el que descansan sus familiares. “Esto está muy sucio, como siempre. Deberían limpiar un poco más. Lo peor es lo de los delincuentes, que se meten aquí. Yo he optado por amarrar la puerta con alambres porque cuando le pongo candado me lo rompen. Los alambres, como no andan con alicate, no lo pueden soltar”.

Para otros, como Gladys García, de 69 años, no sólo las madres tienen importancia: visitar a las suegras también es un motivo para ir al cementerio. “Yo vengo por ella y por todos. Yo vengo siempre. Lo único que me molesta es que esto está muy abandonado. Ellos antes limpiaban pero ya no. Por eso vine ayer a limpiar; hoy vine de visita porque es el día de las madres”.

Es tan poco lo que se limpia aquí que, en medio de los arbustos y la basura, se encuentra un ataúd vacío y oxidado que fue abandonado en un rincón. Por otros lugares aparecen botellas vacías y montones de basura que nadie se digna a recoger.

Este abandono, latente por doquier, hace más sobrecogedor el espacio. La pena, por aquí, se multiplica: pena por los que se han ido, pena por los que han sido olvidados, pena por los que ya no tienen ni lápida y pena, mucha pena, por los que deben lidiar con lo lamentable de este lugar.