Aguaceros tienen en vilo moradores de La Barquita

POR GERMAN MARTE
Las lluvias registradas en el país desde hace una semana mantienen en vilo al barrio La Barquita, cuyos residentes afirman que duermen “con un ojo abierto y otro cerrado” por temor a que sus casuchas sean inundadas en cualquier momento.

Desde el fin de semana pasado, quienes viven en este paupérrimo sector  a orillas del río Ozama, en Santo Domingo Este, se mantienen atentos a las señales que les envían las aguas: “si viene con corriente y trae muchas lilas, hay problemas”.

Una señora con cara de preocupación e impotencia afirmó que  ya esas señales han comenzado a aparecer.

“Todo el mundo está a la expectativa, esperando que suba. Aquí dormimos con un ojo abierto y otro cerrado”. Esta expresión de Pedro Juan Benítez refleja el temor de casi todos los residentes en La Barquita, quizás el barrio más vulnerable de todos los que hay en la provincia Santo Domingo.

Los aguaceros son causados por una vaguada en superficie localizada sobre el territorio nacional, según informes de la Oficina Nacional de Meteorología. Como consecuencia de los torrenciales aguaceros, más de mil familias han sido evacuadas en Santiago, Montecristi, Duarte, Salcedo y María Trinidad Sánchez, de acuerdo con el Centro de Operaciones de Emergencias (COE).

En Santo Domingo no se han registrado inundaciones en ninguno de los sectores levantados en las riberas de los ríos Ozama e Isabela.

Sin embargo, no sólo el río es motivo de preocupación para los residentes en La Barquita. Una cañada que desemboca en el río, precisamente en este lugar, es otra amenaza, pues a menudo se desborda e inunda varias casas levantadas prácticamente en su cauce. “Cuando la cañada se bota nos daña todos los trastes”, dice uno de los residentes.

En los más de 20 años que lleva residiendo en el lugar, Belkis Pérez ha tenido que salir corriendo tantas veces con sus cosas al hombro que ya perdió la cuenta. Ella y casi todos los que allí habitan, están atrapados entre el río y la miseria y no ven -por el momento- ninguna escapatoria, “y para dónde voy a ir, si lo de uno es aquí abajo, y no tiene cómo irse a otro sitio”. La señora, cuya casa se inundó durante el fin de semana pasado, aseveró que ya están cansados de pedirle a los gobiernos que los ayuden aunque sea donándoles solares en otro lugar menos peligroso, pero nadie les hace caso.

Cada año, explicó, la historia se repite, entre mayo y noviembre vienen las lluvias, con frecuencia el río o la cañada se desbordan, se mete el agua en las casas, a veces la inundación se produce de repente y no da tiempo a sacar los trastes.

“Cuando el agua baja uno vuelve a la casa, bota lo que se dañó, limpia la casa y vuelve a su sitio”, explica la señora con resignación.

Desde que entra mayo, añadió, “ya nosotros estamos a la expectativa”.

Impotentes ante los fenómenos de la naturaleza y la marginalidad social, Pérez y sus vecinos esperan -casi con impaciencia- el desenlace. Nada pueden hacer ante la lluvia, ante las aguas del río, en caso de que este decida salir de su cauce y penetrar en sus viviendas.

“Ahora hay que esperar a que el río decida, él río es el que decide”, dice Pérez mientras mira con desconfianza hacia el río, cuyas aguas comenzaban a arremolinarse y arrastrar una gran cantidad de lilas, señales inequívocas de que ha llovido río arriba.

Y cuando eso pasa cualquier cosa puede ocurrir en La Barquita como en otros sectores marginados que se han desarrollado en Santo Domingo a orillas de los ríos Ozama e Isabela.

La incertidumbre ha obligado a muchos padres de familias a turnarse para dormir y vigilar lo más posible las aguas y evitar sorpresas nocturnas.

“A veces yo me acuesto más temprano y el marido mío se acuesta más tarde por si hay que salir corriendo”, dijo Norma Féliz, quien pidió a las autoridades que vayan al lugar a socorrer a los que allí residen antes de que el río los ahogue.