Ahí viene el lobo … y parece cierto

La mera “democracia”, que permite a los pueblos cambiar de gobiernos (que en el fondo parecen lo mismo) sin modificar las estructuras que dan permanencia a la desigualdad está siendo enfrentada con estallidos callejeros que, en el caso de Chile, llevan a pensar que allí el bienestar y la estabilidad eran de apariencia. Que el desarrollo dejaba fuera a una masa silente hasta ahora. Más de un 40% de las familias han continuado sin recibir salarios que cubran necesidades elementales aunque se trata de un país visto como de buena marcha y admirable crecimiento de la economía. He ahí un espejo para mirarse desde cualquier latitud en la que estén pendientes las transformaciones para una distribución equitativa de las riquezas.

En República Dominicana no debería dormirse tranquilo ante índices de alegada reducción de la pobreza y la pobreza extrema si solo se acierta, al precio de un alarmante endeudamiento y déficits presupuestales incurables, a que las clases sociales intermedias cobren tamaño sin salir por ello de agudas precariedades en sus desenvolvimientos, víctimas también de la falta de equidad en las relaciones de producción con estancamiento del ingreso y la presión de nuevas necesidades. Se llega al clímax de las crisis de la democracia formal cuando a los disturbios se suman en legiones jóvenes de clase media y estudiantes caídos en frustración. ¿Qué tan cerca se está de que así ocurra localmente?

Perdiéndoles el viejo cariño

Si deplorables han sido las relaciones entre los liderazgos políticos -muy dados a incumplir promesas al electorado- y el ciudadano de a pie, peores pueden ser las consecuencias de la pérdida de confianza en esos instrumentos sociales como reflejan estudios que ven a los dominicanos alejándose de los partidos. El peor saldo sería para la democracia como sistema de libertades.

Las huidas de multitudes hacia los extremos se palpa en muchos sitios del mundo porque los regímenes paridos por partidos tradicionales dominados por minorías y entregados a efectismos populistas, rupturas éticas e irrespeto a los patrimonios de Estado llevan equivocadamente a confiar en los remedios de caballo. A querer sustituir el todo por algo peor que conduzca a la pérdida de derechos y al auge de la demagogia, saltando de la sartén al fuego.