Ahora se trata de Dios

Ahora le tocó a Dios el #Metoo (mitú). Ni ángeles ni serafines se salvaron de la mano liviana, del deseo desmedido, ni de la caricia indelicada.
Se suma un caso más al movimiento que se ha mantenido por casi tres años, atemorizando incluso al más caballeroso de los hombres. Ahora le ha tocado al famoso tenor Placido Domingo.
El movimiento Mitú tiene de particular que hace más énfasis en el sentimiento de las personas afectadas, mayormente mujeres (aunque no exclusivamente) que al daño físico que una agresión física o una violación pudieran causar.
El movimiento Mitú busca acabar el acoso y la agresión sexuales, y aún sigue generando polémica y enfoques encontrados, especialmente porque el movimiento sigue siendo muy poco tolerante ante la posibilidad de establecer jerarquías o grados ante las circunstancias en la que ocurrieron muchos de los hechos denunciados, algunos tan ridículamente antiguos como ambiguos en la denuncia.
El movimiento ha movido el foco de la intención del posible agresor hacia el sentimiento de la víctima. La incomodidad de la mano en la cintura, el beso demasiado prolongado en la mejilla, o muy cerca de la fisura del labio, la invitación inadecuada, el juego incomodo de dobles sentidos, o la aproximación más violenta que galante, todas esas circunstancias pasan por tamiz de la persona denunciante.
Es probablemente cierto que la intención del “seductor” no es tan relevante y que las formas permitidas de micro acoso no resisten siempre un argumento como excusa válida, aunque igualmente cierto es que “Hay muchos tipos de denuncias, hay denuncias más serias, hay denuncias anónimas…y hay denuncias que son hasta una frivolidad” (Feminista mexicana: Marta Lamas).
Es precisamente a la falta jerarquía o de tacto con que un movimiento más espontáneo que dirigido se ha manejado es que ha surgido un contra movimiento mundial con la misma fuerza con que las feministas gritaban “estamos hartas” que se les está respondiendo igualmente en tono e insolencia desde círculos conservadores o incluso religiosos.
Plácido Domingo está cosechando un poco de ambas versiones del fenómeno. Ha sido aclamado sin ruidos en el festival en Salzburgo, y mantiene invitaciones en Hungría, Nueva York, Suiza y Moscú, aunque en San Francisco y Filadelfia han retirado, debido a las denuncias, sus invitaciones. 9 denuncias han surgido hasta el momento contra el cantante. Una mujer, entonces de 28 años, dice a sus ahora 49 que debió resistir a acostarse con el cantante porque según ella “¿Cómo le dices que no a Dios?” Lo leo, lo escribo…y sigo sin creerlo. Ella se no se negó porque era Dios…pero lo denuncia ahora porque ¿…? El punto más delicado en algunas otras es el haber señalado que sus carreras fueron afectadas negativamente en la Ópera de Los Ángeles donde el cantante tenía suficiente influencia.
Quizá, antes que avance el hartazgo que ya va generando las denuncias, valdría la pena que más personas preparadas y formadas en promover la igualdad retomen la casi extinta tradición del debate abierto y sincero; porque en este diálogo de sordos no todo está sirviendo como algunas piensan para avanzar. Vamos, que vale tratar de hacer que la sociedad abrace las emociones como parte de la razón sin que las causas y las contra causas se vuelvan una guerra de los sexos cada vez más cerca de ser física y callejera… literalmente.