Ahorro para la inversión

PEDRO GIL ITURBIDES
Hace pocos días el empresario José León Asensio pidió que el país dedique mayores recursos a la inversión. Dijo que para crear empleos e impulsar la economía se hace indispensable promover capitales. Y en una alusión a la acción pública, León Asensio resaltó la necesidad de aumentar el gasto social y darle mayor calidad. Su pronunciamiento incluye otros aspectos relacionados con el manejo y la situación de la economía, pero deseamos concentrarnos, para este breve comentario, en esos dos puntos.

Hay dos fuentes para la inversión: la doméstica o privada, y la pública. La primera es la que se efectúa por el ahorro de las personas físicas y jurídicas. La segunda, la que procede del ahorro público, es decir, de aquella parte de los ingresos públicos que no se dedican a los gastos operativos de los gobiernos central y locales. Cuando los gobiernos se mantienen firmes ante la presión populista por desvirtuar el objeto propio del gasto público, ese ahorro es dable, y por consiguiente, la inversión pública es posible.

Los gobiernos invierten de modo directo, en infraestructura social y al impulsar la producción de bienes diversos. También lo hacen de manera indirecta al colocar recursos en los mercados financieros para fomentar determinados tipos de negocios, de producción de bienes y servicios o de comercialización de éstos.

Este último mecanismo fue propio del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica desde poco después de su declaración de independencia. En numerosos documentos de los años de entre 1776 al 1805, se destaca la necesidad de impulsar el crecimiento económico mediante este mecanismo.

La inversión directa en infraestructura social tiene la ventaja de que resuelve problemas comunitarios e individuales, al tiempo que provee empleos temporales y permanentes. Me explico: cuando el gobierno central invierte en la construcción de viviendas, modifica el ornato, ofrece techo a quienes no lo tienen, y crea los empleos que derivan del trabajo de construcción.

Pero la existencia de este hábitat, a su vez, impulsa negocios particulares que suponen puestos permanentes.

Igual ocurre cuando se construyen hospitales, escuelas, presas hidroeléctricas, canales de riego, y otras obras como éstas. De ellas, a su vez, deriva la creación de puestos permanentes, como los que se establecen en los hospitales, las escuelas y otras estructuras de servicio social. Obras como los hospitales o las escuelas tienden a dar sentido y fortaleza a otro capital indispensable, el capital humano. Cuando este recibe el apoyo que la inequidad le niega, se torna un agente de su propia promoción y de la promoción de futuras generaciones.

Cuando hace varios años realizábamos una investigación para el libro “De la frustrante pobreza al bienestar anhelado”, nos sorprendimos al obtener un dato. El gasto administrativo sobre el que se soportaban las inversiones en salud y alimentación para pobres, suponía el 19% del gasto total entre 1951 a 1955.

Hacia 1998, ese soporte administrativo constituía el 82% del gasto total. A ello alude el empresario León Asensio cuando advierte que el gasto social debe entrañar mayor calidad.

Pero es todo el gasto público el que llama a la calidad. Porque mientras el dolo salpique los esmirriados recursos que se destinan a la inversión, muy poco logrará el pueblo de sus gobiernos. Y entonces tendremos que darle la razón a quienes sostienen que los nuestros son gobiernos fallidos.