Al Presidente de Estados Unidos

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Señor Barack Obama:
Soy un ciudadano dominicano que tuvo la oportunidad de escuchar sus recientes discursos en la academia militar de West Point y en Oslo. Bajé de la Internet ambas alocuciones para tratar de entender sus sorprendentes planteamientos. Evidentemente, esos discursos son alas de un mismo pájaro.

El primero preparó a la opinión pública para que el segundo no resultara tan impactante. Ya en la academia militar usted sabía que exaltaría en Oslo las “guerras justas” y así poder justificar su forzada permanencia en Irak, Afganistán, Colombia, Honduras y cualquier otro sitio. Esa “justeza” de las invasiones de Estados Unidos las hemos sufrido los latinoamericanos más de sesenta veces desde que en 1823 su antecesor, James Monroe, implantó la doctrina de “América para los estadounidenses”.

Debía usted saber que República Dominicana fue agredida por tropas de Estados Unidos en tres ocasiones durante el siglo veinte. La primera violación a nuestra soberanía tuvo lugar en 1904 durante la Presidencia de Theodore Roosevelt, ganador del Premio Nobel de la Paz. La segunda incursión de los militares estadounidenses fue en 1916 cuando ocupaba la Casa Blanca el presidente Woodrow Wilson, otro galardonado con el Nobel de la Paz. Lyndon B. Johnson no tuvo la misma suerte con el Parlamento noruego a pesar de que ordenó en 1965 la mayor invasión militar contra nuestro país. ¿Cómo podríamos creer los dominicanos en la justeza de sus guerras de agresión cuando derrocaron nuestros gobiernos democráticos y siempre dejaron como herencia a los peores tiranos y déspotas? ¿Cómo explicar la justeza del asesinato de tantos miles de ciudadanos a manos de sus tropas?

Permítame advertirle señor Presidente, que lo peor que puede ocurrirle a un gobernante es llegar a creerse sus propias mentiras y dar como ciertas sus inventadas coartadas. En nuestro país acostumbramos a decir que para hablar mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado. Usted bien sabe que el conflicto de Irak no está llegando a su fin cuando recién acaban de morir centenares de habitantes de Bagdad en una brutal explosión. En Afganistán tampoco puede hablarse de luz al final del túnel porque la violencia parece empezar de nuevo cada día y la impotencia de las tropas y los mercenarios estadounidenses no puede ser más evidente. La negritud del petróleo y la oscuridad de las ambiciones de las grandes empresas vinculadas al poder político de Estados Unidos han llevado a su país a una trampa laberíntica. Ninguna opción diferente a la retirada total de esos países está a la vista ni se vislumbra alguna otra posibilidad a largo plazo.

En Oslo estuvo de más el decir que usted “se reserva el derecho a actuar unilateralmente, si es necesario, para defender a mi país.” Estados Unidos ha estado tomando medidas unilaterales de agresión desde antes de constituirse en un régimen republicano. Esa poción letal la han probado desde los habitantes originales de sus territorios hasta los mexicanos, caribeños, centroamericanos y, prácticamente, todo el mundo. En ese momento rememoró a su predecesor, pero por lo menos George Bush no se tomaba la molestia de hacerse el manso.

Por otro lado, señor Presidente, decir que la guerra nació junto con el ser humano es, o una muestra de ignorancia supina o una expresión de extrema perversidad.

 Y todos sabemos que usted es un prestigioso abogado que no tiene un pelo de bruto. Sabe bien que la paz entre humanos es previa al surgimiento de cualquier tipo de conflicto.

Los enfrentamientos surgieron cuando se desarrollaron los medios de producción y surgieron ambiciones por los excedentes.

Señor Presidente: usted, su esposa Michel y millones de estadounidenses saben que no se ha ganado el derecho a merecer el Premio Nobel de la Paz. Peor aún, al paso que va negará ese galardón.

Alguien debe decirle que usted está violando la Constitución de Estados Unidos al subordinarse a las decisiones del sector más guerrerista de las fuerzas armadas y del complejo militar industrial.

Debía ser al revés, que el sector militar se subordine al poder civil y así, en vez de hablar de guerras justas, podría usted hablar de paz, la cual siempre es justa.