Alemán, a las puertas del futuro

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Referí en un escrito anterior a propósito de la labor académica de José Luis Alemán que, sin una escuela de pensamiento y de discípulos que continuaran la obra de ese hombre para todos los tiempos, su ingente esfuerzo por concebir una moral no teológica capaz de superar la ausencia de cohesión social que analizó y denunció en el país ha quedado por ahora infecunda.
Tal pareciera que en la práctica su destino tuviera que ser el de todos aquellos pensadores dominicanos que aparentemente sucumben ante el supuesto hechizo de la `escobita nueva´. Dizque ésta barre bien, incapaz de comprender que en verdad las civilizaciones como las generaciones humanas se construyen cada una sobre los hombros y no sobre los escombros de las anteriores.
No obstante esa cuestionada paternidad, el propósito de dar continuidad a la obra intelectual del Padre Alemán gana en valor, tanto más, cuantas veces nos adentremos en el inaudito mundo del presente.
Todo sigue igual, aunque peor
En la patria que en 2016 se descubre como presente nuestro y futuro al que no tuvo acceso el Padre Alemán (1928-2007), todo sigue igual, aunque peor y más viejo por el sistema de inconsecuencia que corroe el tradicional régimen institucional dominicano.
El borrón es continuo y las cuentas nuevas mal llevadas.
Ni los hechos ni los datos importan. Ya no se valora la fingida retórica de solidaridad, ni se estima ni aprecia la solidaridad humana y menos la compasión. En resumen, tal parece que se quiere ignorar que el pensamiento objetivo es el único capaz de evitar que valores e instituciones se diluyan bajo el consuetudinario escepticismo del dominicano y el nominalismo publicitario y cultural con que se inocula a la ciudadanía.
¿Por qué tal ruptura y diferenciación con el pasado?
Nueva cultura
La respuesta radica en el insospechado sistema cultural que añora con romper las amarras de la civilización judeo-cristiana. Ese sistema abjura de la creencia teleológica. La historia y la vida humana aparecen en lo sucesivo como desprovistas de finalidad y de sentido. Hablamos de libertad, pero la blandimos cuando hemos perdido el sentido de nuestras vidas. Abandonamos un todo ideal por la nada real, y seguimos caminando incapaces de lograr o al menos aspirar a pequeños logros.
Desaparecen por primera vez –al menos en el mundo occidental desde tiempos de Aristóteles, hace ya 26 siglos– la causalidad y la finalidad como fuente de explicación y de sentido de cada deseo, de toda acción humana y de la misma historia.
La dominicana como sociedad feudal
Nuestro lar particular no escapa de esa realidad. La sociedad dominicana, de raigambre ¨feudal¨ por sus ataduras familiares y vínculos primarios, está asediada por el galopante proceso de globalización de la cultura post, sea ésta la de la civilización del “espectáculo”[1] o de la “fluidez”[2].
Escondida y resguardada detrás de las murallas del polígono central capitaleño, y de las de alguna que otra población en el interior del país, pero flanqueadas todas ellas por hacinados y marginados siervos de la gleba empobrecidos a su servicio, la sociedad dominicana puede comenzar a percibir cómo se derrumban sus muros, tal y como sucediera antaño en Jericó.
Pero esta vez no por el sonido de disparos liberadores que hicieron las veces de trompetas en la Autopista 30 de Mayo, sino por el paso avasallador de la total irrelevancia de organizaciones, instituciones y valores permanentes que, como acontece en sociedades ejemplares de allende, se cierne a lo largo y ancho de lo que resta de la consuetudinaria institucionalidad y del cuestionado sistema axiológico familiar e institucional de la República Dominicana.
En el reino de este mundo cada quien hace las veces de señor o de señora feudal. Y así, de manera aislada e individual, mientras en la práctica carece de sentido ulterior de las cosas y se aferra a su incierta cuota de poder, esos señores tienen cada día algo que disfrutar en lo que acaban de desplomarse las murallas temporales detrás de las cuales presumen existir.
Hombre para todos los tiempos…
Ese fenómeno radicalmente trastornador del sin sentido ni pertenencia ni permanencia y menos aún finalidad última e importancia objetiva de las cosas y del ser humano permaneció oculto al análisis avizor del P. Alemán.
No obstante, a mi entender, en cualquier escenario que se quiera, él está llamado a ser y tiene méritos sobrados para convertirse, al menos entre nosotros, en referente obligado de toda una nueva generación intelectual en medio de aquel mundo en fuga. Y debe serlo pues, el desafío permanece intacto: bautizar una nueva época de nuestra sociedad isleña y redimensionar el ritmo de su civilización hedonista y de su desacreditada y por ende fluida organización institucional al compás de lo mejor de la civilización contemporánea y de una nueva comprensión ética de sí misma.
Algunos aún lo harán en aras del bien común de ese género que todavía se autocalifica de humano, aunque a las puertas ya de la IV Revolución Industrial; mientras que los más agraciados también podrán hacerlo por igual y en todos los tiempos, como en los suyos lo supo hacer José Luis Alemán junto a otros de sus compañeros, “ad maiorem Dei gloriam” (“a la mayor gloria de Dios”).
[1] Vargas Llosa, Mario: La Civilización del Espectáculo, Madrid, Ediciones Santillana, 2012: 90pp.
[2] Bauman, Zygmunt: Liquid Modernity, Maryland, USA, Polity Press, 200:228pp.