ALERTA. ¿Es anticuado escribir “Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte” en pleno siglo XXI?, I

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

Puntualmente a las 6 de una serena tarde de abril de 2006, el poeta León David puso a circular en la Fundación Corripio su libro “Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte”. Tuve el honor hacer la presentación. A partir de hoy, la publicaré, en varias entregas, con su revisión correspondiente. Veamos:

¿POR QUÉ ESCRIBIR SONETOS HOY?

Al entrar a este libro, me siento como aquel rey visitante de “Las Mil Noches y Una Noche” cuando ingresó a la alcoba que el monarca anfitrión le había preparado, con un gran banquete de femeninos manjares. “Sé lo que tengo que hacer, pero no sé por dónde empezar”, fueron sus palabras.
Efectivamente, hay varios puntos de vista desde los que puede verse este magnífico libro de sonetos. Pero por uno he de comenzar, y comenzaré. Será sobre la pertinencia o impertinencia de escribir sonetos en pleno, digital y cibernético siglo XXI.
Después de tantas y tantas centurias de sonetos, ¿seguimos escribiéndolos, o es una antigualla a la que debemos renunciar?
El soneto es el príncipe de la poesía. Breve. Sobrio. Cadencioso. Profundo. Eterno. Y esta última palabra me interesa mucho. Pues no obstante que desde los siglos XVIII y XIX el verso blanco y el libre se popularizaran, y luego desde mediados del XX casi se adueñaran de la poesía, el soneto les ha sobrevivido como el principal baluarte del ritmo, la musicalidad, la síntesis y de la pieza perfecta con que sueña el bardo.
Es muy significativo que el libro ganador del Premio Anual de Poesía en República Dominicana del año 2004, “Días de Carne”, de César Sánchez Beras está compuesto solo de sonetos.
Precisamente a este amigo poeta me parece haberle oído citar al poeta norteamericano Robert Frost, la frase de que escribir un soneto como hacer pasar todo el caudal de un río por un pequeño tubo… -y yo le agrego- sin que el agua pierda la efervescente gracia de su corriente y la emoción visual de su transparencia. He ahí la fuerza de su síntesis, su profundidad rítmica y exacta.
He buscado infructuosamente confirmar esta cita de Frost, y César no recuerda habérmela dicho, por lo que me inclino a pensar (y ojalá que así sea) que es producto de mi imaginación.
Obviamente, es válido y valioso escribir sonetos. Claro, si se tiene, como León David, el talento y laboriosidad que exige ese trabajo de orfebrería y arte, de técnica e inspiración.
Y por si faltan razones, hay dos más. Una: Casi todos grandes poetas en algún momento han incursionado en él, incluidos los de vanguardia, como Baudelaire, Rimbaud, Octavio Paz, César Vallejo. También otras formas del verso rimado que persisten en nuestros días en todas las lenguas. Otra: El mundo moderno ha enriquecido esta forma poética al volver a la poesía al lugar de donde es originaria: a ser cantada .
En los hermosos himnos de las religiones, y en las canciones, los excelentes compositores de nuestro tiempo –Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Juan Luis Guerra, Sting, Aznavour, Manuel Jiménez, Alberto Cortez- han multiplicado la incidencia del verso medido.
Estos cantores, a quienes nadie puede discutirles su condición de poetas, le dan más valor, al conducir la poesía a las reminiscencias de sus orígenes: la rapsodia, el mester de clerecía y el de juglaría. Y no solo cultivan diversas formas de rima en sus melodías, sino que además musicalizan a grandes poetas, como a Machado, Martí, Manrique, Renato Leduc, Miguel Hernández, cuyos versos muestran así la actualidad perenne de toda creación verdadera, que está siempre de moda.
Pero como esto no es un estudio del soneto ni del soneto, la rima o canciones, sino la presentación de un libro, volvamos a León David y su obra.

VIRTUDES FORMALES

La primera virtud formal que tiene es la perfección de su estructura. Noción que nos viene dada por la coherencia y armonía que hace a toda auténtica obra de arte.
Vale la pena observar que la coherencia y armonía es uno de los recursos creadores más alta importancia, puesto que da algo nuevo al mundo, lo enriquece. Debido a que todos sabemos que el universo es mas caos que orden. Pero lo que más le admiramos es su parte ordenada, como contraparte de su zona fugaz, contradictoria, desequilibrada, contingente, irregular, aleatoria. De ahí que cuando armamos algo que luce imperecedero, estable, bien concatenado sin aparentes irregularidades, bien calculado, con absoluta percepción de orden, habremos logrado un auténtico producto de la imaginación humana, debido a que sólo el ser humano en su imaginario ha podido crear algo de factura coherente, armónica y fija, en una especie de corte transversal del fluir en el devenir de la existencia.
Esta es la razón por la que lo eterno, lo perfecto, lo coherente, sean una invención de la fantasía del hombre, arte típico de nuestra especie, valor agregado que le aportamos al cosmos. Y es que casi siempre nos emocionarnos más con un atardecer inventado por Rembrandt que ese real que miramos esta tarde por la ventana, que es pasajero, ya que de repente puede dañarlo una tormenta o nube que se robe el oro del sol y el rojizo del crepúsculo, absorbido por la noche.
La coherencia y armonía en estos textos se expresa en diversas formas. Una de ellas es que ha logrado el poeta mantener en cincuenta ocasiones el exacto verso endecasílabo. Y fue muy acertado León David al escoger esta medida, ya que parece ser la ideal para el oído humano, puesto que una revisión de canciones, romanceros, décimas, muestra que el verso de 11 sílabas –endecasílabo- es el más frecuentado, probablemente por ser, junto al octosílabo, el más agradable al oído humano, o por lo menos al de quienes hablamos la lengua castellana. Precisamente, el maestro Pedro Henríquez Ureña ha escrito un excelente estudio sobre esta forma poética de origen italiano.
Además, el endecasílabo es el ideal para el tratamiento sereno, y por momentos irónico y sin miedo, que el autor da al tema de la muerte. No es tan corto como los metros de arte menor, que diría yo que se prestan más para temas sutiles y románticos. Ni es tan largo como el alejandrino de 14 sílabas y otras medidas extensas, que solo en manos muy maestras -como las de Darío, quien llegó hasta el heptadecasílabo, de 17 notas- pueden no ser sonoramente pesadas y desagradables.
En la próxima entrega, me referiré a otros aspectos de este libro de León David.