Algo de todo

Joshua L.  Cowen inventó un artefacto de metal con  una batería que encendiera una bombilla para iluminar flores en maceteros, pero no pudo perfeccionarlo y   lo vendió     a uno de sus allegados, Conrad Hubert, en  1898.  Cowen tomó el principio de la bombilla y la batería que duraba 30 días y creó la linterna.

Hubert  contrató a David Misell, un inventor que había trabajado con lámparas y fabricaron unas linternas tubulares que repartieron a la policía de Nueva York y que tuvieron gran acogida.  En 1906, Hubert se asoció con la compañía que le vendía materiales y formaron “The American Ever Ready Company”, fabricantes de las baterías que  conocemos.

Aunque   Cowen perdió una fortuna por vender su invento, luego inventó un  carrito que corría con baterías y más tarde  el trencito “Lionel” que rápidamente se convirtió en un éxito total de ventas, haciéndolo  millonario.

En 1914,  May Pierstorff, una niña de Grangeville, Idaho, EEUU, fue enviada por sus padres a visitar a su abuela en una ciudad a 120 kilómetros. Al no poder costear el boleto  y no habiendo ninguna regla  sobre el envío de personas por correo,  empaquetaron a la niña y la enviaron. Fue entregada ilesa a su abuela.

 En 1849,  Henry Brown, para escapar de la esclavitud, se envió a sí mismo por correo desde Richmond, Virginia, ayudado por las redes abolicionistas, en una caja que por mala suerte colocaron boca abajo durante parte del trayecto a Filadelfia, en un  total de 26 horas entre carreta, tren y barco.

El caso  más reciente ocurrió en 2003, cuando Charles McKinley se empaquetó en una caja y se envió de  New York a Dallas, Texas.  Ya muy cerca de su destino, el repartidor dio parte a la policía de Dallas porque vio  un par de ojos que miraban y se movían dentro.