Alimentos: funcionales o enriquecidos

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Aunque el término “alimento funcional” parezca propio del nuevo milenio, muchos de nosotros hemos probado ya, quizá sin saberlo, alimentos funcionales: leches enriquecidas, probióticos, sustancias antioxidantes…

El concepto clásico de “nutrición adecuada” que aporta los nutrientes suficientes (hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas y minerales) para satisfacer las necesidades orgánicas tiende a ser sustituido por el de “nutrición óptima”, que incluye, además, la potencialidad de los alimentos para promocionar la salud, mejorar el bienestar y reducir el riesgo de desarrollar enfermedades. Y es precisamente en este ámbito donde aparecen los alimentos funcionales. El papel benefactor para la salud que puede desempeñar el consumo de estos alimentos se basa en estudios científicos que, a lo largo del siglo XX, han confirmado la relación directa existente entre los alimentos que se consumen y el estado sanitario de la población, la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades.

[b]Efectos positivos[/b]

Los efectos de los alimentos funcionales provienen de su contribución al buen estado de salud y de su capacidad de reducir el riesgo de padecer enfermedades. Los investigadores han identificado y determinado los beneficios de estos componentes funcionales de los alimentos. Algunos efectos demostrados son:

disminución del riesgo de enfermedades cardiovasculares gracias a los ácidos grasos omega 3 (pescados azules) y antioxidantes naturales -carotenoides, vitamina C y E, zinc, selenio… (en verduras, hortalizas y frutas);

disminución del riesgo de ciertos tumores gracias a sustancias antioxidantes (en vegetales); regulación de funciones intestinales, del nivel de glucosa y colesterol en sangre mediante la fibra soluble; mejora del equilibrio de la flora intestinal y del estado inmunológico por las bacterias lácticas (probióticos).

[b]Repercusiones sanitarias[/b]

Existe la creencia de que los alimentos funcionales “curan” enfermedades. Sin embargo, la propiedad funcional está relacionada con el papel metabólico estructural o fisiológico sobre el crecimiento, desarrollo, mantenimiento y otras funciones normales del organismo, y no con la capacidad de tratar una patología. Los alimentos funcionales pueden prevenir, pero no curan.

Leches enriquecidas. La última generación la constituyen las leches enriquecidas en calcio, vitaminas, ácidos grasos omega-3, etc., que representan el 5% del consumo total, un volumen pequeño, pero nada despreciable si valoramos la corta edad del producto

Leche enriquecida en calcio y/o vitaminas A y D: El lanzamiento de estos productos en la gama desnatada y semidesnatada se ha impulsado por una normativa comunitaria que recomienda restituir las vitaminas liposolubles (A y D) que la leche pierde al eliminar la grasa. Además, su precio de venta, entre un 20 y un 25% por encima de las variedades clásicas las hace interesantes para los productores. El objetivo de estos productos es ayudar a la formación y el mantenimiento de una masa ósea fuerte y sana.

La leche, junto con los derivados lácteos tiene su principal valor nutricional en su alto contenido en calcio. Su consumo es tan imprescindible que su exclusión o bajo consumo impediría un aporte dietético de calcio adecuado. No obstante, respetando la cantidad diaria recomendada de lácteos tradicionales se pueden cubrir satisfactoriamente los requerimientos de este mineral, sin necesidad de recurrir al consumo de este tipo de productos.

Leche desnatada con fibra soluble: El aporte neto de fibra no es significativo, pero cabe destacar que el sabor de esta leche es mejor con respecto a otras leches desnatadas, lo que puede facilitar el consumo de este tipo de leche a quienes precisan tomarlas por necesidades especiales (problemas cardiovasculares, obesidad…).

Leche desnatada enriquecida con omega-3: Su consumo habitual contribuye al aporte de ácidos grasos omega-3 al organismo, por lo que puede ser una fuente dietética interesante de estos nutrientes para quienes padecen alergia al pescado, alimento cuya grasa es rica en estos ácidos grasos, y también en dietas de prevención cardiovascular. Los científicos comenzaron a investigar las propiedades de los ácidos grasos omega-3 a raíz de descubrir que los esquimales de Groenlandia poseían una tasa de mortalidad muy baja por enfermedades cardiovasculares. Se detectó en la sangre de estos esquimales altos niveles de ácidos grasos omega-3 y se observó que tomaban mucho pescado. Posteriormente la comunidad científica avaló con numerosos trabajos de investigación la veracidad de estos hallazgos. Cabe decir que los ácidos grasos omega-3 no sólo se encuentran en el pescado azul, sino que podemos obtenerlos de los aceites de semillas (girasol, maíz, soja…) y de los frutos secos.

[b]¿Qué son los alimentos funcionales?[/b]

Son alimentos a los que se ha añadido (o de los que se han eliminado) uno o varios ingredientes; o de alimentos cuya estructura química o biodisponibilidad de nutrientes se ha modificado; o de una combinación de estos dos factores. Es decir, son alimentos modificados, con la particularidad de que alguno de sus componentes (sea o no nutriente) afecte a funciones vitales del organismo de manera específica y positiva. Pero los componentes de los alimentos enriquecidos se hallan también en los convencionales, por lo que una persona que sigue una dieta equilibrada y mantiene hábitos de vida saludables no necesita consumir alimentos funcionales, ya que ingiere todos los nutrientes que su organismo necesita.