Alma libre

JOSÉ R. MARTÍNEZ BURGOS
¡Qué dicha más grande tener el alma libre, libre de odios, orgullo y vanidad y poder decir a nuestro “yo” –sin miedo ni mentiras- lo que pensamos, lo que queremos y todo cuanto ansiamos! ¡Dichoso aquel que en medio del dolor y la tristeza que le rodee tiene el valor para sobreponerse a los embates de la vida! ¡Feliz aquel que, cuando le atormenta un problema de esos que a veces al alma se presentan, puede con serenidad, paciencia y valor enfrentarse a él y meditar, y ver al fin de la jornada resuelto su dilema!

Paciencia o valor, ¿qué es lo más útil? Difícil es dar una respuesta cabal a la pregunta; paciencia, aquí radica las más de las veces el éxito de la empresa que nos hemos propuesto realizar; valor, he aquí lo que nos es necesario, preciso. El valor es imprescindible en cualquier momento; pero, ¿acaso se puede alcanzar lo que nos proponemos si no poseemos la serenidad necesaria, la paciencia para meditar, que ciertos instantes de la vida reclaman, esos precisos momentos de meditación que sin ellos serían inevitables muchas cosas que perjudicarían a la humanidad?, y viceversa, que si no fuera porque el hombre ha podido disfrutar de ellos, las cosas no hubiesen sucedido de tal o cual manera, esto es, siempre se cumple la eterna ley del equilibrio, porque todos nuestros actos son función de perfección, aunque todos no nos lleven a ella, y anhelar la perfección es poseer uno de los más altos ideales, aunque somos del parecer que nadie anhelaría una imperfección; el artista que realiza un cuadro obra en función de belleza; el poeta que traslada de su mente al papel un poema, obra en función también de perfección; todos nuestros actos -como dijimos antes- son en función de perfección, o como dice Ingenieros, son los caminos de la perfección convergentes.

La clave de nuestro buen éxito está en ir subiendo escalón por escalón la escalera de nuestra empresa, porque más que sabido está que aquellos que empiezan las cosas con mucha fogosidad y demasiados bríos fracasan, porque dejan pasar inadvertidas insignificancias que son la causa de su fracaso; les pasa a esos mozos lo que al que empieza a vivir la vida muy aprisa, que ya al final no encuentra felicidad en nada; ahora, no queremos con esto negar el entusiasmo a la juventud, no; juventud es el desbordamiento del entusiasmo, y “sólo hay juventud en los que trabajan con entusiasmo para el porvenir”, sólo hay juventud en los que poseen bríos. Lo que queremos es advertir a los muy fogosos que no hay que precipitarse, no hay que dar saltos de más ni saltos impropios, debemos tomar como ejemplo el niño al nacer hasta completar su evolución y el motor al salir del taller, que nos se le puede imprimir inmediatamente toda su fuerza para que desarrolle toda su potencia o energía. Muchos nos dirán que el mundo es de los más atrevidos, y nosotros decimos: el mundo es de los más audaces, el atrevido fracasa porque no vislumbra más allá de donde sus ojos le permiten ver, el audaz no, éste posee como un sexto sentido que le muestra las cosas más a las claras, y analiza y medita más rápidamente de lo que nos es permitido a la medianía.

No sé, pero me parece que existe en el hombre un segundo yo que muchas veces impone su criterio sobre la fortaleza íntima del ser y hace cambiar -inconscientemente- la dirección que habíamos tomado; precisamente por ésto es desgraciada la humanidad; el hombre ha dado más importancia a la fuerza muscular, a robustecer ésta que a vigorizar el espíritu, a purificarlo; pero ha de llegar el día en que los hombres empecemos a mirar más hacia nuestro interior y al final de cada día que pase haremos un recuento de todo lo bueno y lo malo hecho en el transcurso del día, para en el próximo no volver a cometer los mismos errores.

Cuando el hombre llegue a tener el alma libre, cuando en su corazón no aniden viejos rencores, ni odios, ni anhelos de venganza, cuando no exista el orgullo ni la vanidad, cuando al decir Patria se piense en una sola, cuando la hipocresía quede relegada a la ignorancia, sólo entonces el hombre alcanzará la tranquilidad del espíritu y entonces sí que el mundo podrá verse libre de los horrores de las guerras, porque hay que empezar por hacer libres a los hombres individualmente -libres en el pensamiento y libres en acción-, o mejor dicho darles libertad para de esa manera, cuando vean que no existen las garras del ladrón, cuando vean que no existen hombres que tratan de humillarlos amparados en su posición, imponiéndoles su criterio, cuando se despejen lentamente del universo todas las bajas pasiones y vuelvan a ocupar su lugar la moral y el respeto que nos debemos tener todos los seres que poblamos el orbe, sólo así, cuando el hombre llegue a tener su alma libre, podrán todos los pueblos del universo formar una sola gran nación, sólo así la unión espiritual entre todos los hombres del mundo llegará a ser realidad, y la paz reinará en todo el orbe.