Almejas y algarrobas

Federico  Henríquez Gratereaux

Existe un tipo de maletas cuyo cierre se reputa impermeable. Han sido publicitadas bajo el rótulo de “oystercase”, o lo que es igual, “caja de ostra”. Ahora hay cubiertas herméticas para relojes, instrumentos electrónicos, cacerolas. Todos estos forros de protección contra el agua, el oxígeno, la salinidad, aluden a las valvas de las ostras, que encajan de manera perfecta. En los bares de New Orleans donde sirven ostras, las abren rompiéndoles las bisagras que unen ambas conchas. Abrirlos por los bordes es imposible. Los operarios de estos establecimientos trabajan frente a unas artesas, llenas de hielo, en las que almacenan las ostras. A muchos hay que amputarles alguna falange, pues se hieren con el punzón; el hielo los insensibiliza, dificulta la circulación y facilita la gangrena.

Quiere decir que “bregar con ostras” tiene sus peligros. Pero además, se dice que cuando a la ostra le entra un grano de arena, alrededor de él puede formarse una perla. Los intelectuales dominicanos de esta época son como las ostras; difícilmente abren las valvas para que entre la arenilla fecundante de nuevas ideas. Y los que intentan persuadirles de que escuchen otros pareceres, a menudo resultan lacerados o amputados, como los trabajadores de los restaurantes de las orillas del Mississippi.

En muchos países los grupos intelectuales “comunican” entre sí, aunque sean antagonistas en sus ideas estéticas o políticas. En la República Dominicana de hoy constituyen compartimientos estancos; monadas sin ventanas, diría el filósofo Leibniz. Se miran sin verse, hablan sin oírse; se ignoran mutuamente. No hay el menor asomo de generosidad o curiosidad, que les permitan acercarse a lo que piensa otro intelectual.

En algunos casos extremos esas cerrazones van acompañadas de diversos desprecios explícitos.
En ningún lugar del mundo puede haber un solo poeta, un solo novelista, un solo dramaturgo, un pensador único. Lo que acontece regularmente es que exista “una pléyade”, un grupo de escritores y artistas que las comunidades producen o crean. Por eso se escriben historias de los movimientos artísticos y literarios en este o aquel país.

En dichas actividades no debe haber monopolios, como suele haberlos en el comercio o la industria. No obstante, vivimos rodeados de almejas y algarrobas espirituales, selladas herméticamente.