Alquiler de pistolas

Federico  Henríquez Gratereaux

En algunos lugares de la zona de Herrera los policías alquilan sus pistolas de reglamento. Las alquilan a delincuentes que atracan, hieren o matan, a los ciudadanos “comunes y corrientes”. A esos policías no les importa que las balas de sus pistolas puedan ser identificadas, si ocurriera un homicidio y se hicieran investigaciones cuidadosas. Cuentan con la impunidad general, que abarca los tribunales de justicia, las prisiones y la propia organización policial. Alquilar la pistola es, a su juicio, una “infracción menor”. Los delitos que se cometan con esas armas serían delitos cometidos “por otras personas”. Además, los frutos de eventuales atracos tendrían que “ser compartidos”.

Los policías que arriendan sus pistolas son los mismos que vigilan las zonas donde operan los arrendatarios. La llamada “inseguridad ciudadana” es una atmósfera social donde prosperan centenares de negocios de vigilantes privados, alarmas electrónicas, vallas electrificadas; y donde crece la desmoralización colectiva. Los políticos consiguen administrar recursos públicos “a la cañona”; los jueces son capaces de dictar sentencias injustas; los policías pueden “matar a discreción”; en ese ambiente no es posible pedirle a “los menos favorecidos” que actúen correctamente, “con arreglo a la ley y a las buenas costumbres”. Se trata de un complejo problema: social, político, administrativo y, por supuesto, cultural.

El mundo entero -no sólo la República Dominicana- está sacudido por una crisis de las costumbres. Que la policía “ejecute” a un ladrón o mate a una joven indefensa, son actos que causan indignación y horror. Actualmente ha llegado a ser poco menos que “normal” la contratación de sicarios o asesinos por paga. Alquiler de pistolas por parte de policías es una variante de la amplia gama que son “los contratos”.

El hombre de la calle sabe -a ciencia cierta- que no tiene la protección de “las fuerzas del orden público”. Sabe también que ese orden público es radicalmente injusto y que él carece de fuerza para cambiarlo. El dinero sucio, los negocios sucios, son cosas de todos los días. El “lavado” de dinero es, por contraste, una actividad “higiénica”, comparable al alquiler de pistolas policiales. Los narcotraficantes condenados, con pocos esfuerzos, conservan los bienes adquiridos con el tráfico de drogas. Tenemos una situación verdaderamente desalentadora.