Alternativas a la huelga

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PEDRO GIL ITURBIDES
La huelga llama a un alboroto. Soy partidario de un proceso menos bullicioso, pero no por ello menos eficaz. En buena medida, aspectos del mecanismo de mi gusto vienen blandiéndose desde que comenzó la batalla contra los nuevos impuestos. Las numerosas declaraciones hechas por asociaciones de sectores productivos, de entidades populares, de la Iglesia, son parte de esta manifestación del sentir popular. El paro de actividades productivas, en cambio, es un peligro en potencia.

Si el propósito es montar en noviembre un abril de 1983, la huelga puede ser el recurso más adecuado. Pero si lo que nos guía es la inconformidad ante los nuevos tributos, son las expresiones razonadas las que deben conducir nuestro mensaje. Son muchas las maneras civilizadas en que podemos expresarle al administrador fiscal que lo del crecimiento es una quimera. El hecho de que prácticamente todo el empresariado nacional declare su oposición a la reforma es muy positivo para el pueblo.

¿Cómo, pues, expresar ese descontento, de manera que el Presidente de la República conozca, sin ningún género de dudas, la posición de una amplia mayoría de la opinión pública?

Los medios de comunicación social ofrecen la pauta. La publicación de opiniones como ésta, multiplicadas por cartas de lectores, es un paso apropiado. Expresar el punto de vista de los sindicalistas respecto de las repercusiones económicas de los gravámenes, es otro paso adecuado. En vez de promover el paro, deben acudir a los medios de comunicación social a exponer el llanto colectivo por el hambre que acosa a las mayorías.

Aconsejables son las visitas a los miembros del Congreso Nacional. Ningún impuesto puede ser establecido por decreto del Poder Ejecutivo, conforme la previsión constitucional. Visitas programadas y no programadas a los legisladores para exponer los puntos de vista de quienes somos contrarios a las nuevas cargas, son importantísimas. Allí se pueden contemplar las caras de nuestros representantes y recordarles que habitualmente los contemplamos los días de los comicios.

Este, por cierto, es mecanismo utilizado en democracias que tienen mayor madurez que la nuestra. Y funciona. Pero aquí mismo, aunque poco practicado, ha tenido efectos favorables a quienes reclaman. Creo haberles contado de la ocasión en que las parcelas de Constanza fueron amenazadas de una subdivisión insensata e increíble. Varios campesinos potencialmente perjudicados, llegaron al Senado de la República y pidieron una entrevista con miembros de la Comisión Permanente de Agricultura.

El presidente de ésta, en aquella oportunidad, lo era un agricultor de toda la vida, el senador por la provincia de Samaná, agrónomo Manuel de Jesús Gómez Alfonso. Los escuchó atentamente. Y comprendió sus cuitas. Y del dicho al hecho. Organizó unas vistas públicas, a la cual asistieron cultivadores de hortalizas, que eran los amenazados con ser despojados. No pocos senadores lucieron escondidas lágrimas, escuchando a los varios campesinos que hablaron.

Al final, el plenario votó una resolución por la cual se instaba a descontinuar el proyecto. El Instituto Agrario Dominicano pudo ignorar la resolución, pues no lo obligaba. Pero aquella presentación fue tan conmovedora, que ignorar la dichosa resolución podía tener serias repercusiones políticas. Además, el Presidente de la República de esa época, también era agricultor y comprendió mejor que nadie el grito de esos labriegos. De manera que don Antonio Guzmán, que era el mandatario, frenó la descabellada medida.

No menos vigor puede imprimir a la causa anti-impuestos, el paseo de dos o tres sindicalistas por las veredas externas de parques de Santo Domingo como el Independencia y el Colón. Unos cartelones colocados en el pecho y las espaldas de los caminantes, pueden convertirse, eventualmente, en más disuasivos que una huelga. Porque pueden lograr amplia difusión por todo el país. Y la repetición de esta forma de protesta en otros parques de ciudades de la República no es algo que pueda ni deba ignorarse.

Recurso no menos eficaz puede constituirla una velada de gente muy empobrecida ante el Palacio Nacional. Debidamente instruidos para que no provoquen situaciones equívocas mientras exhiben costillas de enjutas anatomías, esta velada resulta en dramático llamado a la Nación. Si al contemplarlos callados, implorantes, el Presidente Leonel Fernández no derrama una lagrimita, entonces nada puede salvarnos del paquetazo.

Pero confío en estos recursos. Son más llamativos que una huelga, y pienso que actividades como éstas harán que se disponga un reordenamiento del gasto público. Y se reducirán, y hasta se eliminarán, gastos superfluos e inexplicables para una administración que dice carecer de fondos para impulsar el progreso.