Alternativas comerciales

Aunque se duda que el Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica ratifique en su actual legislatura los acuerdos de libre comercio a los que se ha adscrito la República Dominicana, tenemos que prepararnos. Durante más tiempo del deseable hemos vivido regodeándonos en la negligencia, a expensas del azar.

Gracias a ello, podemos recurrir a un mecanismo psicológico de proyección, y acusar a otros por ser causa de nuestros males. Y, por supuesto, las grandes naciones no se salvarán, pues les endilgaremos actos de injusticia en el intercambio comercial.

Esto último es cierto. Pero no encierra toda la verdad. Detrás de muchas de nuestras frustraciones se encuentra la displicente conducta con que enfrentamos la vida. Y lo hacemos, como bien decía José Ramón López hace un siglo, los individuos y la nación. Unos y otros, es decir, cada persona dentro de la población económicamente activa, y el país como un todo, somos propensos a la indolencia. José Ramón advirtió en “La alimentación y las

razas”, que cuando ganamos un pan nos sentamos hasta que vuelva a faltarnos, y nos acose el hambre.

Es la necesidad la que nos acucia e impulsa. Y en este sentido el tratado de libre comercio tiene sus ventajas, dentro de todas las desventajas inmediatas que sobrevendrán. Porque estas últimas caerán sobre nosotros, y, de dudarse, mirémonos en los estados unidos de México. A los mexicanos les frenó su vecino del norte la entrada de una larga lista de artículos que, por el acuerdo, estaban supuestos a importarse libres de aranceles. E impuestos no tuvieron, pero no se libraron de las trabas técnicas, que iban desde impedimentos a la circulación de camiones mexicanos debido a problemas de contaminación hasta acusaciones de producción por subsidios.

Esas trabas han tenido que superarse a fuerza de negociaciones y diplomacia.

Pero también de superación de muchos de los males que constituyeron la excusa para limitar las ventas mexicanas en mercados estadounidenses. Los sistemas de escape de la combustión en vehículos usados por los mexicanos eran una verdad incontrovertible. ¡Todos los pueblos pobres dejamos que los automotores lleguen a tales niveles de deterioro! Lo del uso de gomas desgastadas era verdad, pues también nosotros usamos los neumáticos hasta que lucen como vejigas infladas para un cumpleaños. De igual modo que los mexicanos tendremos nosotros que llevar calidad y limpieza a nuestros procesos de producción.

Existen otros obstáculos técnicos que tendremos que pelearlos por vía de arbitraje, por conducto del cuerpo diplomático y consular. Y hasta recurriendo a la Organización Mundial del Comercio (OMC). ¿Recuerdan cuando a los mexicanos se les impedía vender leche en el suroeste estadounidense, o tomates en el sureste? Era una producción subsidiada según los alegatos, y por tanto, no eran pasibles de los derechos creados por el acuerdo de libre comercio pactado entre ellos y Canadá. Poco a poco, sofocándose y mortificándose, aunque también superando los inconvenientes, los mexicanos han podido vender sin contratiempos.

Los que no dejaron de vender nunca a los mexicanos fueron, por supuesto, los exportadores estadounidenses. Porque ¡ay del empleadito mexicano que se atreva a decir que los productos agrícolas estadounidenses tienen un alto componente de subsidio público! No dura en el cargo ni lo que una cucaracha en un gallinero. Y sin embargo, si invocase esta excusa, tendría la razón.

Porque los estadounidenses lo confiesan, hacen públicas las leyes de subsidio, y discuten contra ello con los europeos.

¿Qué nos espera? En el pueblo hay una expresión muy rica para explicar lo que debemos hacer: ¡sacar de abajo! Y esta oración, en su misma simpleza, entraña todo un abanico de posibilidades y acciones que tenemos que abordar con talento y dedicación. Hemos de abandonar la molicie, esa encantadora disposición para la desidia que nos distingue, desde los tiempos precolombinos y que se reforzó con esa mezcla deliciosa de castellanos guerreros, andaluces cuentistas y elusivos negros africanos.

Con el Presidente Hipólito Mejía hablamos en una ocasión, en tanto aspiraba a la alta posición, sobre la reversión de esta actitud nacional. Le dijimos que con adecuados niveles de ahorro público interno era posible impulsar un tipo de producción primaria destinable a la exportación. Le pusimos el ejemplo de oleaginosas, capaces de limpiar suelos salinos, a partir de las que podrían producirse aceites para venta de exportación. Este mecanismo creaba empleos por colonatos campesinos, vinculaba al sector productivo y creaba alternativas de producción en lugares yermos. Nos mostró entonces una sandía de pulpa amarilla y delicioso sabor, para decirnos que a estos mecanismos se dedicaría, pues él tenía experiencia personal en ello. La sandía la producía en tierras de Montecristi para exportación.

Pero son muchos los campos en los que podemos incursionar con imaginación, apoyo público por vía de financiamiento reembolsable, y en combinación con el empresariado. A ese empresariado, en el área de la farmacopea, hay que estimularlo y apoyarlo económicamente para indagar las posibilidades

medicamentosas de plantas endémicas e introducidas. Pero también son muchas otras las puertas que se abren en la producción de alimentos, frutas y bebidas a partir de éstas, si somos capaces de entender en lo que nos hemos metido al involucrarnos en este acuerdo de libre comercio.