Amasúa, Amallulla, Amaquella (2): Qué pena, Bolivia

22_11_2019 HOY_VIERNES_221119_ Opinión9 A

No era mi intención escribir una segunda parte de mi artículo sobre Bolivia, pero la evolución de los acontecimientos me hizo reflexionar, particularmente, por lo que significan como experiencia.
Con Evo Morales, Bolivia conoció por primera vez en su historia la real democracia, la estabilidad política, el progreso económico y una mayor justicia social. Durante sus primeros dos períodos, Evo mostró al mundo que se puede ser izquierdista de verdad, al tiempo de aplicar políticas racionales, compatibles con el funcionamiento del mercado, que simultáneamente preserven el interés nacional, el crecimiento y la estabilidad macroeconómica y una mayor equidad social, sin estridencias ni locuras. Nada que ver con Maduro ni con Daniel Ortega.
Pero se pasó de la raya. Con el tiempo, ese Gobierno democrático y popular fue adquiriendo gradualmente matices dictatoriales. Cosas del continuismo. Del afán por mantenerse en el poder. No entender que no hay democracia real sin alternabilidad política. Y sin independencia de los poderes.
Se fue llevando a cabo una sistemática manipulación de las instituciones. Ignoró la voluntad popular cuando se pronunció en un referéndum diciéndole No a una propuesta de reforma constitucional para una nueva reelección. Volvió a retorcer la institucionalidad, cuando logró que, a pesar del No, el Tribunal Electoral le buscara la vuelta para permitírselo.
Y como si esto fuera poco, auspició un fraude en el cómputo para proclamarse ganador sin necesidad de segunda vuelta. Las instituciones no se manipulan sin corrupción; y el continuismo en el poder es inseparable de la corrupción. Tan preparado estaba el fraude, que el Gobierno se mostraba muy tranquilo, proclamando su segura victoria, cuando todas las encuestas le auguraban una derrota.
La ascensión de una mayoría indígena hacía sentirse sojuzgada a la minoría blanca, que por siglos había disfrutado de todos los privilegios. Como una dictadura de la mayoría, y eso tampoco ayuda a la cohesión social. Para esa tradicional minoría de las élites blancas, fue brindarles la oportunidad para vengarse de su atrevimiento, de que un indio pretendiera gobernarles y, de paso, darle poder a la mayoría de pueblos originarios.
Y para estos pueblos, se vio como una tracción a los preceptos morales sobre los cuales se ha construido su larga historia: Amasúa, amallulla, amaquella, es decir, sea honrado, no sea mentiroso, no sea holgazán. Ahora sí es verdad que Bolivia está en el peor de los escenarios. ¿Es que Evo no previó las posibles consecuencias de sus actos? ¿ninguno de sus ministros o funcionarios le advirtió que eso es incorrecto?
Al verse forzado a renunciar, a solicitud de un poder ilegítimo, ocurrió lo más inimaginable: por lealtad o por presión, fueron abandonando sus cargos todos los que le seguían en la línea sucesoral. Al Parlamento le correspondía conocer de las renuncias y, en caso de aceptarlas, designar un nuevo responsable del Ejecutivo, escoger un nuevo Tribunal Electoral y convocar nuevas elecciones en el término de tres meses.
Como en el Parlamento la mayoría corresponde a la izquierda, los tumultos y bloqueos de caminos impidieron a los congresistas trasladarse a sesionar a La Paz, lo que aprovechó para autoproclamarse como presidente a la quinta persona en el orden sucesoral que, paradójicamente, no pertenece al partido de Evo ni tampoco al que fue víctima del fraude, sino a una agrupación de ultraderecha.
La crisis de legitimidad es tan grande que quien se encargó de colocarle la banda presidencial fue el jefe del Ejército, el mismo que, sin autoridad para ello, pidió la renuncia de Morales.
Ahora hay dos Bolivia, con dos banderas. La forma como entró al Palacio y se juramentó el Gabinete de Jeanine Áñez, con la promesa de “devolver a Dios al Palacio” con Biblia y cruz en las manos, anunciando una cacería de rivales, y proclamando como brujería las ancestrales prácticas culturales de la población nativa, no augura nada positivo para ese país, sino la imposición de un fundamentalismo religioso que conduce al atraso y la violencia.
Tampoco augura nada bueno su decreto eximiendo de responsabilidad penal a los militares que maten civiles, lo que en la práctica envía a los militares el peligrosísimo mensaje de que tienen licencia para matar. No bien emitido el decreto, aparecen nueve indios asesinados en Cochabamba.
La incertidumbre se ha agudizado, ya se siente escasez y desabastecimiento de combustibles y alimentos, las opciones de restablecer la institucionalidad democrática no están a la vista, y el mayor riesgo es que Bolivia vuelva a su histórica inestabilidad política y económica y su ancestral pobreza.