Ambigüedad de un saldo social

Como receptora de remesas que evitan estrago en la balanza de pagos, República Dominicana tiene que sentir agradecimiento para sus diásporas de uno y otro confín, pero se trata de un beneficio colateral que mucho se deriva del insatisfactorio estado social y económico local que empuja gente a huir de su propia tierra. En paralelo, y como efecto contraproducente que preocupa, el país recibe un flujo migratorio exterior que supera al que se va, calculado en tres extranjeros por cada criollo que escapa de esta realidad, incluyendo las estadías transitorias, según estudios.

Demasiado dominicanos carecen de confianza en su país, indicado en cada encuesta de opinión, con el agravante de que gran parte de ellos viaja riesgosamente para caer en asentamientos y ocupaciones marginales y, ahora más que nunca, a sufrir persecuciones disparadas por la xenofobia. El crecimiento en la captura de viajeros indocumentados hacia Estados Unidos por la peligrosa vía marítima (1,531 en un año, 702 más que en el anterior) refleja insatisfacción y desesperanza en una parte importante de la población. El favorable envío al lar nativo de monedas duras desde comunidades de exiliados económicos tiene un precio social alto. La estabilidad cambiaria que preserva esta economía como favorable para negocios de diferentes fines tiene un componente de sudor y lucha en submundos que se cierran cada vez más.

Ferocidades en repetición

La crueldad extrema aparece repetidamente en el registro a nivel nacional de la violencia de saldo mortal contra la mujer. La apariencia estadística de dudosa metodología de que los casos podrían estar disminuyendo carece de importancia. Son hechos impredecibles y los motivos invocados por los matadores son tan sorprendentes como las modalidades de vesania a que apelan, con fuego, balas o cuchillos, matándose a sí mismos o llevándose de encuentro otras vidas de suegras, hermanos y hasta los propios hijos. Un desparpajo machista inficiona a numerosos hombres con la mayoría de los feminicidos caracterizados por la pobreza reinante en los ambientes en que ocurren y por las carencias materiales y de formación escolar y familiar de los protagonistas, violencia que el Estado debería combatir más en sus propias y arraigadas causas sociales.