AMETs en Jueves de Corpus Christi

Ascendíamos la serenidad dominicana de la avenida Churchill en Corpus Christi. Tal vez porque aprendí a conducir en Texas, mantengo un rígido respeto por las regulaciones del tránsito vehicular. La avenida lucía gratamente libre de conflictos, es decir, de “guaguas voladoras”, choferes de “concho”, grandes camiones irrespetuosos del derecho ajeno, triciclos de vendedores de frutas, todos “padres de familia”, paupérrimas haitianas con un escuálido bebé cargado junto a sus siglos de carencias y de dolor.

No había nada de eso. La avenida estaba limpia.

Pero, de la nada, surgieron dos agentes de AMET. Como en los buenos tiempos de Ham- let Hermann, en aquel disciplinado AMET, dos agentes, tras ordenar que nos detuviésemos, saludaron cortésmente y nos explicaron que nos detenían porque las luces traseras del auto no estaban todas encendidas. Yo, con una estupidez que me asombra a veces, les dí las gracias por su advertencia, asegurándoles que cambiaría las bombillas la mañana siguiente.

Pero “me pusieron las cosas en China”. Primero preguntaron si vivíamos lejos.

Les dije: -No, a unas pocas cuadras, no hay peligro para nadie, casi estamos en casa.

-Ah bueno, entonces pueden llegar caminando. ¿Caminando? –pregunté perplejo.

Me explicaron que tal falta implicaba una multa de mil pesos y la retención inmediata del vehículo en un lugar que llamaron “el canódromo” (no tengo idea de dónde está) y allí, pagada una multa de mil pesos, tras muchas vueltas y propinas, me devolverían mi automóvil.

-Eso es muy molesto –apuntó el otro AMET, también gentil, pero compartiendo un rostro expectante.

Saqué mi billetera y tomé quinientos pesos.

-Así no, señor… hágalo discretamente –dijo el otro- mientras yo doblaba el billete.

Seguimos nuestra ruta, envueltos en una extraña sensación de alivio e indignación. Es que a nuestro lado circulaban tranquilamente motocicletas sin luces, uno que otro vehículo pesado con solo un farol delantero encendido y los corteses agentes…ni caso.

Lo que fastidia e indigna es la forma caprichosa de aplicar las leyes o ignorarlas. Hace pocos años, salía de las oficinas de la Fundación Corripio. A punto de cruzar el portón de hierro y aproximarme a la acera con el cinturón de seguridad en la mano, a punto de ajustarlo, me detuvo un malencarado AMET, exigiéndome todos mis documentos.

-Están bien, pero usted violó la ley y aquí tiene su multa. Tiene cuarenta y ocho horas para pagarla.

-Pero yo tenía el cinturón en la mano…iba a engancharlo…todavía no estoy en la calle, estoy en la acera…

-La ley es la ley –sentenció severamente mientras me daba la espalda.

Cuando fui a pagar la multa, entre un gentío sudoroso que elevaba aún mas el calor tropical, resultó que la multa no aparecía. Finalmente me dijeron que volviese otro día, que no había prisa.

¿Entonces?

Que las autoridades correspondientes lean y atiendan las sugerencias de Inés Aizpún en el Diario Libre del martes 24 del corriente en su trabajo titulado “La multa” (p. 2). Y mil artículos y quejas más.

Las violaciones a las leyes de tránsito (y a otras) son irritantes. Son tantas y tan dañinas, tan conocidas, sufridas y cubiertas de una impunidad desordenada y munificente, que fatigaríamos al lector con un intento de recuento.

Es tiempo de correcciones.

Verdaderas, firmes y perdurables.

Estamos intoxicados de vanas promesas e inamovibles apatías.