Ana María Matute o el rigor del cuento

Ana María Matute o el rigor del cuento

“He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o hacen reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. ¡Pero cuántos hijos van dejando en el camino!”.

La escritora española Ana María Matute,autora de libros como “El verdadero final de la Bella Durmiente” o “Todos mis cuentos”, recuerda que era una niña solitaria y tartamuda que descubrió un mundo distinto a través de los cuentos y las narraciones orales.

Los otros días la recordé cuando escuché unos comentarios radiales acerca de que, para las editoriales el cuento no es negocio. Hablaron muchas cosas desvirtuando, en aras del mercado lo que de esencial tiene el cuento como género literario. Y es que no es posible que por servidumbre al mercado se condene al ostracismo un género donde los mejores dan catedra de cómo escribir bien lo más conciso y breve posible.

Así como en un gran concierto los errores de algunos instrumentos pueden pasar desapercibidos, en la música de cámara pasa lo mismo que con el cuento. No hay margen para el error.

Es como el corte inexacto de un xilógrafo. La madera que se arrancó no puede ser devuelta a la plancha de madera y el violín que no entró a tiempo en el cuarteto de cuerdas desmerece la ejecución total, así como el punto o la coma mal empleada en un cuento o un mal final pone al descubierto los errores del cuento y su ejecutante en este caso el cuentista.

Si Gabriel García Márquez se llevó de los consejos de Juan Bosch acerca de las premisas para escribir un cuento, los más grandes escritores universales se han destacado como cuentistas.

Gorki, Chejov, Balzac, Gogol, Faulkner son maestros de cuento.

Para nuestra época, Borges, Arguedas, Bosch, Onetti, Cortázar.

Entre las mujeres de habla hispana Ana María Matute es de una maestría sin igual. Ella contó sus inicios de triste niña tartamuda y confesó sin dudar un instante que la esencia de una narración es el cuento.

En una entrevista que le hicieron en el año 2001, le dijo a la periodista Rosa Mora: “Si no hubiera podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventar mis propios mundos, me hubiera muerto. Entré en la literatura a través de los cuentos de hadas. Fue mi primer contacto con ella. Yo era una niña muy solitaria, muy introvertida, tartamuda, tenía muchos problemas. Era muy pequeña cuando mi tata me leyó el primer cuento. Fue como si me entrase aire en los pulmones. Me dije que de mayor sería escritora. A los cinco años empecé a escribir mis propios cuentos. No lo sabía entonces, pero lo aprendí pronto: los cuentos de hadas son la expresión del pueblo, de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas”. (…) “Los que más me gustan son los que nacieron de las leyendas populares. Esas leyendas que mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana. En ellas están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano. El hambre que asolaba al campesinado medieval queda plasmada, mejor que cualquier otro testimonio, en cuentos como Pulgarcito o Hansel y Gretel: los padres abandonan a sus hijos en el bosque, para que se los coman los lobos, antes que verlos morir de hambre en sus casas. Como he dicho, con toda la crueldad y el cinismo de la inocencia, que no juzga, sino que se limita a constatar, como el niño que hace referencia a la desnudez del emperador en el cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador: las cosas son así y no de otro modo”.

(…)”Hay cuentos que son oficialmente para niños, pero que no lo son en realidad. O no lo son exclusivamente. Ningún buen libro es sólo para niños. Por ejemplo, Peter Pan. La historia de ese crío extraordinario que se fue de su casa una semana después de nacer, para regresar al país de las hadas donde permanecerá niño para siempre, libre y feliz, me fascina. Es el mito de la infancia, símbolo del sueño más hermoso de libertad, la aventura del viaje al país de nunca jamás, es el cuento eterno. Es uno de esos relatos que lees de niña y lo comprendes de una manera, de otra cuando eres adolescente y de otra muy diferente cuando eres joven, y cuando eres viejo siempre encuentras más cosas. Siempre hay más, como sucede con todos los grandes cuentos. Me impresionan todos los que tienen un trasfondo, como Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Son imprescindibles”.

(…)“Entre los cuentos de todos los tiempos, para adultos, mis preferidos son los de Chéjov. Fue un gran escritor, un gran autor de teatro, pero lo que más me gusta de su obra son sus cuentos. Fue un cuentista extraordinario, de una precisión impresionante. Creo que me gustan tanto los cuentos porque son en prosa lo que más se parece a la poesía. El cuento es en prosa el equivalente de la poesía, es decir, lo máximo a través de lo mínimo, que no falte una coma, pero que no sobre un punto. No tiene que chirriar ni una palabra, no puede haber el mínimo relleno, eso en una novela se acepta, pero en un cuento no. Chéjov es el gran maestro. Tiene dos que para mí son inolvidables: Vañka es un relato conmovedor. Es la historia de un niño huérfano de ocho o nueve años, que vive con su abuelo. Éste no quiere que el niño se quede en la aldea, desea para él un futuro mejor. Pasa un buhonero y le pide que se lo lleve a Moscú y que le busque trabajo. Antes de partir, el abuelo le dice que no quiere que sufra, que si lo pasa mal que le escriba. ‘Yo iré enseguida a por ti’, le dice. Se van. El buhonero, que es un fresco, lo mete en la zapatería de un amigo suyo, mala gente. El niño sufre horrores, le pegan, no le dan de comer, no le dejan salir, lo tratan fatal, y el niño trabajando día y noche, sin apenas tiempo para dormir. Llega la Navidad y el niño ya no puede más y, por fin, escribe una cartita al abuelo. ‘Por favor, abuelo, sácame de aquí, ya no puedo más, me voy a morir, vela por mí, me voy a morir’. Coge la carta y la echa al buzón. En el sobre ha escrito: ‘A la aldea. Para el abuelo’. Emocionante, ¿verdad?”.

(…) “Y hablando de genios, ¿cómo voy a olvidar a Borges y a Cortázar?, sobre todo a Cortázar. Impactó mi sensibilidad con relatos como Circe, que me impresionó tremendamente, sobre Delia, una inquietante chica que mata a los hombres. También La autopista del sur, en el que habla de un alucinante atasco, o la pesadilla que describe en La noche boca arriba. No hay duda, Cortázar también es un genio”.

(…)“María Jesús Castilla, mi profesora preferida, me descubrió la literatura para adultos. Ella me hizo leer en voz alta por primera vez, en la clase, un cuento que jamás podré olvidar, ¡Adiós, cordera! Yo era tartamuda, pobrecita de mí, y además me puse a llorar, porque era una historia muy triste. Leía y lloraba al mismo tiempo y todas las niñas de la clase se burlaron de mí, porque era tartamuda y porque lloraba. Ella salió a defenderme como una leona. Nunca la olvidaré. Le debo mucho”.

“En ¡Adiós, cordera!, Leopoldo Alas, Clarín, cuenta la dramática experiencia de dos hermanos, Rosa y Pinín, y de su vieja vaca, la cordera, que el padre se ve obligado a vender y que los niños intuyen que la van a llevar al matadero, luego es el hermano el que se tiene que ir… Es una historia terrible, dolorosa. En el cuento de Clarín había literatura, había drama, había lágrimas. Dicen que los niños no sufren, pero no es cierto, sufren. No es que sólo me gusten los cuentos sin final feliz, es que la gran literatura suele ser bastante dramática. Busca, hurga en el lado oscuro de la vida. Los que se ponen a escribir felicidad parecen las chicas de la Sección Femenina de la Falange contando las alegrías de vivir. No me sirve”.

“La verdad es que la lista de los cuentistas que me han alegrado la vida podría ser muy larga y estoy segura de que me dejo muchos en el tintero, pero hay algunos que son imprescindibles, como William Faulkner, Ernest Hemingway, Oscar Wilde o los fantásticos cuentos de Truman Capote sobre el Misisipí, o Guy de Maupassant. Maupassant retrata la mentalidad de una época que me escalofría y me atrae al mismo tiempo. Es un mundo que se acabó completamente, una Europa que ya no existe”.

(…) “Soy una lectora compulsiva y creo que me gusta más leer que escribir. Puedo decir incluso que en mis primeros años tuve una vida de papel. Si de algo estoy convencida es de que la lectura es lo que más me gusta, lo que más me apasiona, lo que me hace más feliz. Puedo asegurar que leer es recrear tu propio mundo, te lo enriquece. Vale la pena”.

Descubrí a Ana María Matute por los libros que me prestó Manuel Rueda, era la trilogía compuesta por las novelas “Los soldados lloran de noche”, “Primera memoria” y “La Trampa”, de eso hace ahora muchos años.

Sumado a su maestría como novelista sus cuentos son una suma de todo eso que relata con gracia y acierto en estos trozos de una entrevista larga y minuciosa que le hicieron precisamente para que contara de dónde y cómo había pergeñado esos dramas humanos que aparecen en “El tiempo”.

Un volumen de trece relatos donde se entrelazan los dramas de familias humildes, niños y adolescentes que viven en un mundo de adultos, ambientes sombríos de muchachos rodeados de austeridad, tristeza y muerte, adultos que no comprenden el mundo de los niños. Pero donde sobre todo derrocha desprecio por los dictados del mercado, que es ajeno a la buena literatura y sobre todo al prejuicio que condena al cuento al papel de la cenicienta de las letras.

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