Ancas de rana, un manjar pero… no sabe a pollo

Es normal prepararla a la inglesa

En algunos países se le llama “El Guasón”; pero su nombre universal es el de “Joker”, el archienemigo de Batman. En cualquier caso y más allá de ser la carta comodín de la baraja inglesa, es un término que se usa para cuando no sabemos definir exactamente una cosa. Por ejemplo: en gastronomía.
Aquí este papel lo desempeña el pollo, el vulgar pollo de granja de nuestros días, alimento conocido en todo el planeta y, por lo tanto, una referencia: cuando decimos que algo sabe a pollo, todos nos entendemos.
Tanto, que adjudicamos su sabor a todo aquello que sabe a algo que no somos capaces de describir o identificar. Seguro que todos ustedes conocen a alguien que un día les ha dicho que ha comido cocodrilo, o serpiente pitón. Ustedes, si no lo han probado, querrán saber a qué sabe eso. Estoy seguro de que, en un altísimo porcentaje, su amigo les dirá que “a pollo”.
No es cierto; pero es fácil. Cuando yo era pequeño, había una cosa a la que la gente adjudicaba infaliblemente el sabor del pollo: las ancas de rana, manjar cuya ingesta horroriza a muchas personas, que no comprenden cómo alguien puede comerse las patas traseras del conocido batracio.
Para mí, un manjar. Pero no saben a pollo. Las ancas de rana saben a lo que se les ponga.
En Castilla se suelen preparar con una salsita picante buenísima. Pero lo normal es prepararlas “a la inglesa”, sencillamente rebozadas y pasadas por pan ralladas y fritas. Así son más anodinas. Pero compararlas con el pollo… Entre otras cosas, muy grandes tendrían que ser las ranas, tal vez unas ranas goliath. Y aún así.
Eso sí, la carne de las ancas de rana, como la de pechuga de pollo, es blanca. Y de ahí viene la similitud. En cuanto a llamarlas “a la inglesa”, fue la venganza del gran cocinero francés Auguste Escoffier, que ejerció en Londres, ante el rechazo de los ingleses a las ancas de rana.