Anestesia de los sentimientos

FEDERICO HENRIQUEZ GRATEREAUX
henriquezcaolo@hotmail.com
Licenciado Edelmiro Hornero y Bengozo, Calle de la Marisma #23, Sevilla, España. Apreciado Edelmiro: Escribo esta carta faltando a mi promesa de comunicarme contigo lo menos posible; para no perjudicar tus gestiones, ni crear problemas a Lidia y al amigo Azuceno, me había hecho el propósito de no dejar huellas de nuestros contactos.

Pero ahora dos motivos me obligan a usar el correo ordinario. En primer lugar, quiero informarte que he firmado un contrato de trabajo por un año con la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Todos los gastos en que incurras para lograr el traslado de mis amigos los reembolsaré enseguida en moneda norteamericana. No vaciles en pagar pasajes, certificaciones o visados. Estoy preocupado porque no he recibido noticias de La Habana. De nuestro continuo trato en la Unidad de Investigación quedó en claro para mí que eres un hombre responsable y eficiente. Por eso he tenido confianza en ti al echarte encima la carga de esta misión tan delicada. Ya tengo alquilado un pequeño apartamento en Santo Domingo. He contado para ello con la ayuda de un periodista dominicano; el mismo que me dio la pista de la existencia de Marguerite de Bertrand. No te daré su nombre, pues no sé si en la República Dominicana las autoridades abren la correspondencia privada con la misma regularidad que en Cuba.

Además de urgirte a que me escribas sobre los resultados de tus gestiones en La Habana y de recomendarte que no economices gastos, hay otro problema personal del que quiero informarte. Sufrí aquí un desvanecimiento después de haber tomado un poco de alcohol; ya había tenido otro desmayo, en La Habana, mientras estaba bajo la ducha en casa de Lidia; el médico que me atendió fue a verme más tarde al hotel; me preguntó si en alguna ocasión había sufrido desvanecimientos parecidos. Le conté lo ocurrido en el baño de Lidia. Quiso saber si había contraído enfermedades tropicales. Tú lo sabes; padecí la disentería mientras trabajaba en la Unidad. El caso es que ese médico me ordenó hacer varios análisis de laboratorio en relación con las plaquetas de la sangre, el azúcar de la orina. Hoy me siento perfectamente bien. No obstante, el médico dominicano me ha indicado seguir una dieta. Dice que no debo vivir en países calurosos. Pero estoy comprometido a pasar aquí un año entero.

Aparte de tus diligencias en Cuba, y de mis problemas de salud, hay otra cosa que quiero tratar enseguida, a fin de no escribirte muchas veces. Es el asunto de Memorial del Siglo XX. El original debo enviarlo a una editorial de los Estados Unidos. Funcionarios de la Universidad de Santo Domingo se ocuparán de mis documentos de residencia en condición de “profesor extranjero”. Algo parecido a lo de “extranjeros residentes”, como llamaban en la Unidad. Espero conocer pronto las condiciones de esos editores. Para mayor seguridad enviaré a tu dirección una copia fiel del original del libro. Tu bien sabes que mi padre era un español que emigró a Hungría por la Guerra civil; también sabes, pues lo hemos conversado en Cuba, que Hungría se volvió un horrible campo de batalla entre soldados alemanes y rusos durante la Segunda Guerra Mundial; fuimos invadidos por los alemanes en 1944; y por los rusos en 1956. Todo esto fue tan doloroso para mí como lo fue para mis padres. No volveré a Hungría en las presentes circunstancias políticas. Pero quizás pueda ir a España, a algún lugar cerca de la Sierra de Grazalema, la zona de donde procedía mi padre. A veces sueño con ir a las cuevas de Ronda, de las que él me hablaba, siendo niño, antes de ir a la cama.

He perdido la esperanza de que mi trabajo produzca horror e indignación. El periodista dominicano me ha adelantado que es posible que Ascanio Ortiz, el hijo de Marguerite de Bertrand, haya sido lanzado al mar, tras ocho años de secuestro, por los asesinos de la Escuela de Mecánica de la Armada argentina, ESMA. Me explicó que estos militares habían asesinado unas cinco mil personas; Ascanio “fue, simplemente, uno más”, concluyó.

La denuncia no tiene sentido ni objeto si no produce la menor conmoción. La gente es hoy insensible al dolor ajeno. Parece que se ha generalizado una suerte de anestesia sentimental. Da igual que fusilen catorce muchachos por tener las uñas limpias; o que agarroten veinte y siete jóvenes por distribuir un panfleto tonto contra el dictador Trujillo.

Ese periodista, lo mismo que gran número de las personas que he conocido en Cuba y en las calles de Santo Domingo, lo único que desean es sobrevivir. A pesar de que en las Antillas existe una larga tradición de fatalismo e irresponsabilidad, hay también gentes espontáneas que se alegran o entristecen por “pequeñeces”. Así son mis amigos; he llegado a quererlos, precisamente, por esa “simplicidad”. Recibe un abrazo cordial. Ladislao Ubrique, Santo Domingo, R. D., 1993.