Angela Peña – El poder y las secretarias

El oficio de secretaria es delicado y hasta peligroso, aunque esa eficiente servidora sea poco agraciada, pero inteligente. Está prácticamente más tiempo con el jefe que él con su esposa y ella con su pareja. Conoce casi todos sus secretos, debilidades, deficiencias, limitaciones, agudezas, talentos. Tolera su temperamento defectuoso, volátil, caprichoso. Es paciente y siempre tiene a mano la respuesta oportuna. Ubica en un santiamén al más perdido o inlocalizable personaje, aunque viva en la “quimbamba”. Maneja el presupuesto del patrón, le organiza sus cuentas, arregla su escritorio, prepara su agenda, le trata bien a sus clientes e invitados y le dan par de tres sus amoríos extramaritales. Es discreta, leal, trabajadora y se desvanece por mantenerlo satisfecho, complacido, a gusto. Lo descarga de visitas y llamadas indeseables y le tapa disimuladamente sus errores. Así se comportan, desde luego, las secretarias modelo.

El superior crea dependencia de esa especial subalterna y con una joya tan incondicional y grata, a veces escapa a la oficina aunque no tenga trabajo, huyendo de los celos, reclamos, quejas y pleitos de la señora. Comparada con “ese infierno”, la secretaria es poema, refugio, tregua, alivio, aunque el patrón no confiese sus sentimientos. Por eso hay exigentes doñas que se encargan de buscarles las secretarias a sus maridos, cuidándose de que sean casadas, poco atractivas, “pasadas meridiano”. A otras les resulta indiferente si son bellas, pero entablan relaciones de complicidad y afecto, para que la chica no se meta en rojo con su señor.

Entre la “secre” y el amo se desarrolla a veces un sentimiento de mutua admiración y se dan casos en que se casan. Muchos matrimonios se han roto por esa química irresistible, más fuerte que el respeto a los hijos, la sociedad, la institución, la empresa. Sin embargo, la mayoría de las secretarias sabe guardar distancias, ahogar su entusiasmo, esconder su enamoramiento, decir no a los sentidos y renunciar antes que caer en la tentación.

Muchos jefes, empero, se buscan secretarias bellas con el infame propósito de tenerlas cerca, enamorarlas, cautivarlas y tener una relación paralela. Es el caso de algunos funcionarios que desean demostrar de ese modo su poderío. Así evidencian que lo tienen todo, hasta la secretaria, mantenida lujosamente con el sudor del infeliz contribuyente.

Se da en las compañías privadas que, si los dueños no rompen a tiempo estos idilios de cubículo, quiebran, porque los tórtolos pasan más tiempo en caricias y arrumacos que trabajando por el incremento de la producción. En el sector público, no obstante, estos romances se permiten y no sólo constituyen una amenaza de destrucción para hogares sólidos, sino un atraso en la ejecución de programas, las labores diarias, armonía del personal, porque la “secre” manda más que el incumbente. Representan, sobre todo, escape de recursos ya que a éstas “diligentes” muchachas hay que proveerlas de apartamentos, enviarles flores, asignarles choferes, proporcionarles viajes, gastos de representación, dietas…

Algunas comen más que una nigua, dicen, y muchas son tan hábiles que cuando están afincadas en sus objetivos de apropiaciones materiales, dejan enfermos de amor y en la inopia a sus envanecidos ministros y muy vacías las arcas de las secretarías de Estado, direcciones generales y otras dependencias oficiales. Este embrujo está acabando con el presupuesto nacional, arrasando con uniones de años, rompiendo, cuando ellas abren gas, el corazón de muchos funcionarios.