Angela Peña – Sexo y política

Son los dos temas que más apasionan al dominicano. Un artista o un pelotero nativos pueden ganar un Grammy o destacarse en Grandes Ligas, un cura aldeano podría ser propuesto para Sumo Pontífice o un saltapatrás brillar en el libro Guinnes y el criollo se enorgullece y lo celebra pero no lo sazona mucho. La política y el sexo, sin embargo, lo enloquecen.

Los comunicadores, sobre todo los de la televisión, lo saben. Sus mejores programas los producen cuando llevan invitados políticos y no son complacientes en sus preguntas ni muy conformistas con las respuestas. El pueblo delira con los líderes, principalmente si son carismáticos y sus discursos sustanciosos. Aquí hay expositores que han cautivado un público por su dramatismo y capacidad de exposición, aunque inventen situaciones y difamen en alarde de sabelotodo. Hombres, mujeres y hasta niños interrumpen transmisiones para contradecir, corroborar, rechazar, coincidir. Los espacios acaban y ellos se quedan llamando babosos o allantosos a los invitados, cuando no concluyen con un eufórico ¡Qué hombre que sabe y habla bonito! A veces censuran al anfitrión, calificándolo de bruto o de vendido y en ocasiones, demuestran su actualización y conocimientos con un “ya aquí no hay indios”.

Los autores de columnas de opinión reciben el mayor número de comentarios cuando escriben de política, porque el lector quiere participar, aclarar, enmendar, decirles que están en lo correcto. Sin embargo, no perciben iguales reacciones si en su producción se refieren al arte, la religión, la ciencia, la cultura. En días como estos, de campaña electoral, no hay ambiente en el que la política no sea tópico obligado.

Con el sexo ocurre igual. El doctor Ramón Báez Acosta fue pionero en los programas nocturnos sobre sexo a la franca. Era el trasnochador, el toque de queda de la medianoche. Adquirió mayor popularidad como psiquiatra sexólogo que como síndico o fundador del PRD. Porque así como al dominicano le estuvo vedado por 31 años hablar de otra política que no fuera la de alabanzas y adulonerías trujillistas, el sexo era tabú. Él desafió a los “moralistas” y sacó su programa nocturno para ayudar a las parejas y, aunque muchos lo catalogaban de Cosmopolitan de la televisión, ganó fama y conquistó adeptos. Al otro día celebraban en las oficinas y casas de familia sus atrevidos comentarios.

Lorena Bobbit, la que cortó el pene a su marido, el sonado sexo oral de Mónica Lewinsky con el ex presidente Bill Clinton, las hazañas donjuanescas del Muelú, los amoríos y potencialidades viriles de Porfirio Rubirosa, el advenimiento de la Viagra, se han mantenido en el menú de charla de los dominicanos, que han inventado a sus costas infinidad de bromas. Hasta al actual Presidente de la República le han adjudicado ocurrencias sexuales en el largo inventario de humoradas que le atribuyen. Hay una relacionada con un supuesto brote, cuando la yuca es grande.

Ahora sólo se habla del priapismo del desafortunado santiagués y en vez de compadecerlo por las consecuencias negativas que podría tener su inesperada erección, lo molestan, quieren visitarlo como si el hospital fuera un atractivo turístico, como si su miembro erguido, indomable, tieso, constituyera un curioso espectáculo de rigidez y levantamiento en vertical, como si jamás eso hubiera pasado por su vista. Hasta desean tocarlo. Los chistes sobre él abundan, todos reciben en oficinas, casas, negocios, con un relajo sobre el caso y muchos hombres ponen en evidencia su ignorancia confesando que lo envidian.