Años imborrables
Impresionantes relatos sobre la  opresión de  la dictadura trujillista

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Aparte de las impresionantes revelaciones sobre arbitrariedades y crímenes cometidos durante el trujillato, es un valioso instrumento sociológico para conocer la sociedad dominicana durante los 31 años de dictadura, hasta en su aspecto urbanístico.

En “Años imborrables”, Rafael Alburquerque Zayas-Bazán no sólo refleja la tortuosa vida que padeció pos su oposición intransigente al régimen sino la triste suerte de otros dominicanos y de algunos extranjeros, no siempre por ser desafectos. Tal fue el caso del judío de origen alemán Vitali Leví, a quien en 1952 arrojaron en una celda mientras él, “visiblemente excitado”, interrogaba: “¿Por qué estoy aquí? ¿Qué he hecho?”. Días después se enteró: con su negocio de venta de automóviles hacía competencia a “Caribbean Motors Company”, de Paquito Martínez, cuñado del Generalísimo. Le acusaron de residencia ilegal, pese a sus documentos en regla, y lo deportaron, quedando aquí todo su dinero.

Zayas-Bazán escribió sus apuntes veinte años después de ajusticiado Trujillo, pero los mantuvo guardados, redactados como un diario, meticulosamente cronológicos, avalados por cartas, informes, decretos, foros y noticias y acusaciones falsas publicadas en la prensa. Su hijo Rafael, actual vicepresidente de la República, lo sorprendió en el 2002 repasándolos y se los pidió prestados. “Después”, fue su respuesta. El notable jurista falleció en 2004 sin que sus memorias fueran a la imprenta. Los acaba de publicar el Archivo General de la Nación.

Desnuda la actuación de jueces de altos tribunales trujillistas que luego del tiranicidio siguieron viviendo como puros y honorables. Detalla el valioso papel desempeñado por las logias masónicas en protección de muchos de sus miembros perseguidos, entre ellos Enrique Apolinar Henríquez, Gustavo Paradas Sánchez, Rafael Faxas Canto (Pipe), Abelardo Acevedo y el doctor Manuel de Jesús Tejada Florentino cuyas torturas presenció Alburquerque en “La 40” .

En “Años imborrables”, don Chichí relata con autoridad que confiere el hecho vivido, una versión inédita de la conducta del prestigioso médico frente a sus verdugos.

Víctimas y criminales
La obra, escrita con sencillez pero con admirable riqueza verbal que en ocasiones refleja el estado de indignación del autor, mantiene al lector en suspenso pese a la terrible realidad de los relatos. Rafael Alburquerque Zayas-Bazán fue inquilino de todas las cárceles, desde la Torre del Homenaje hasta “La 40” donde fue blanco de inhumanas torturas. Inauguró “La Victoria” de donde fue libertado poco antes del 30 de mayo de 1961 luego de apelar una sentencia a treinta años de trabajos públicos. Su destino estuvo marcado por constantes sorpresas. Casi nunca estuvo junto a los suyos.

Todo este viacrucis comenzó en diciembre de 1930 cuando Rafael Rovira, secretario del Tribunal de Tierras del que Alburquerque era estenógrafo, condicionó esa posición a que expresara su adhesión a Trujillo, a lo que se opuso. De inmediato fue sustituido. Pasó 31 años en zozobra.

Él nombra víctimas, criminales desalmados, funcionarios exageradamente leales al tirano, colaboradores que a pesar de sus elevadas posiciones se conmovieron de los inmolados, como Víctor Garrido hijo, que según narra Alburquerque puso en peligro su alto cargo al protestar frente al abuso de un agente cuando los valerosos reos antitrujillistas eran conducidos al Palacio de Justicia para ser condenados.

Con actuaciones abominables, perversas, o con proceder virtuoso, compasivo, desafiante, ejemplar, figuran nombres como los de Pedro Troncoso Sánchez, Moisés García Mella, Manuel Bergés Chupani, Mario Abreu Penzo, Néstor Contín Aybar, Hernán Cruz Ayala, José Ernesto García Aybar, Gustavo Gómez Ceara, Juan Tomás Mejía Féliz, Rafael Paíno Pichardo, Miguel Ángel Paulino, Rafael D’Acosta Gómez, Anselmo Paulino, Froilán Tavares, Nieves Luisa y Pipí Trujillo, Leoncio Ramos, Rafael Castro Rivera, Gustavo y Juan Tomás Díaz, Johnny Abbes García.

También Francisco A. Vicioso (Panchito), Carlino González Batista, Plácido Acevedo, Gilberto y Antinoe Fiallo Rodríguez, Domingo Ben, el “sargento Borques”, el “teniente García”, Pedro Arias, Arquímedes Guerrero, Josefina Garrido, Leandro Guzmán, María Teresa Mirabal, Julio Escoto Santana, Manolo Tavárez Justo, Ciro Amaury Dargam, Rafael Augusto Sánchez, Luis Henríquez Castillo, Pereyra Goico, José Andrés Aybar Sánchez, Virgilio Martínez Reyna, Desiderio Arias, Jesús Castillo, Oscar Blanco Fombona, Pipí Hernández, entre otros.

Por estas páginas de relatos cargados de terror, caracterizados por cuadros tan conmovedores como el suplicio y la posterior muerte de Abelardo Acevedo, masacrado hasta la agonía tan sólo por su inseparable amistad con Ricardo Roques Martínez, que pudo burlar la persecución y los esbirros trujillistas pensaban que su amigo conocía el paradero, transita un dominicano de admirable valor y mucha suerte, que combatió en la prensa la reelección de Trujillo, se enfrentó a Petán en estrados, desafió la vigilancia policial en el hospital “Padre Billini” para llevar una colecta a un compañero odfelo moribundo.

Este “insurrecto” que fue Alburquerque Zayas-Bazán sobrevivió a la tiranía aunque se negó a exhibir en su sala la obligatoria placa que rezaba: “En esta casa Trujillo es el Jefe”. Cuando se la ofrecieron, en 1955, la rechazó exclamando: “¡En esta casa mando yo!”

En síntesis

Borrón y cuenta nueva
La obra de Alburqueque desnuda la actuación de jueces de altos tribunales trujillistas que después del tiranicidio siguieron viviendo como puros y honorables. Detalla el valioso papel desempeñado por las logias masónicas en protección de sus miembros perseguidos. Relata un largo viacrucis que comenzó junto con la dictadura en  1930.