Antonio Prieto, un bolerista tanguero

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POR MANUEL EDUARDO SOTO
A los cronistas de espectáculos no nos dedican discos todos los días. Puede que un artista nos escriba alguna dedicatoria de su puño y letra sobre la carátula y punto. Pero mi amigo Antonio Prieto –quien se hizo famoso mundialmente con su interpretación de “La novia”, escrita por su desaparecido hermano Joaquín– fue más allá. En una visita que hizo en 1999 a Miami, donde yo vivía antes de mudarme con camas y petacas a Santo Domingo, fue hasta un estudio de grabación y me hizo una copia de un disco en el que interpretaba famosos tangos.

Allí, con letras doradas, decía que el CD estaba dedicado a mí. Como si eso no bastara, se dio tiempo para escribir a mano “Espero que este disco te traiga recuerdos”.

Antonio vivió largo tiempo en Buenos Aires, la cuna del tango, y en conversaciones que habíamos tenido a través de los años sabía de mi afición por esa música urbana, por lo que encontró acertado regalarme una copia de sus modernas versiones de tangos como “Uno”, “Adiós, Pampa mía”, “Cristal”, “Sus ojos se cerraron” y “El día que me quieras”, estos últimos de Carlos Gardel, a quien admiramos los dos por igual.

Pero la fama de que goza Antonio no se basa en el tango, sino en el bolero, género en el cual se destacó junto a su compatriota Lucho Gatica a principios de la década del 50.

Su vasto repertorio incluye decenas de temas que triunfaron en toda América y España, incluso “Vanidad” y “Sabrás que te quiero”, todos ellos con su estilo de suspiros entrecortados que años más tarde adoptarían Julio y Enrique Iglesias en sus respectivas interpretaciones.

Siempre con un chiste nuevo a flor de labios, Prieto parece un niño, a pesar de sus más de 75 años de edad, por su aparente ingenuidad y entusiasmo. Sin embargo, el año pasado sufrió un duro golpe con la muerte de su esposa –Teresa– la que lo acompañó la mayor parte de su vida y lo guió y aconsejó sabiamente en su carrera.

Los dominicanos tuvieron la ocasión de disfrutar de sus canciones a fines de la década del 80, cuando formó parte del superelenco que vino al Teatro Nacional a celebrar los 100 años del bolero. Vino junto con Gatica, Olga Guillot y Roberto Ledesma, entre otros.

Aunque ya no tenía la misma voz que lo encumbró a las alturas en los años 50, sí conservaba ese aspecto de galán que le permitió también incursionar en el cine de México y Argentina.

Actualmente vive cuasi retirado en el balneario costero chileno de Viña del Mar, donde es propietario de una famosa y fina heladería que ofrece exóticos sabores a turistas y residentes locales.

En un encuentro que tuvimos en Chile a mediados de la década de 1980 –cuando cantó a sala llena en el club nocturno del hotel Sheraton– le pregunté que qué artista le había influido mayormente en su decisión de seguir la carrera como cantante.

Sin vacilar, me respondió: “Carlitos Gardel”, contando en seguida que cuando se enteró de la muerte del llamado “Zorzal criollo”, en junio de 1935, se fue a la playa de su ciudad natal –Antofagasta– y “lloré como un niño”.

Desde entonces, se dedicó a cultivar un cariño inmenso por el cantante que grabó el primer tango cantado en 1917, lo que nos acercó y nos ayudó a cultivar una gran amistad, la que a pesar de que no nos vemos con frecuencia, está latente aquí en Santo Domingo y allá en Viña del Mar.

Yo me hice devoto admirador de Gardel en 1974, cuando era corresponsal de la agencia de noticias UPI en Río de Janeiro. Como no tenía mucha oportunidad de practicar el español, fui un día al cine a ver dos películas de Gardel: “Cuesta abajo” y “Arrabal amargo”. Como los diálogos contenían muchos términos del lunfardo –el argot usado en los bajos fondos de Buenos Aires– los subtítulos en portugués me ayudaron a comprender la trama y de ahí en adelante me hice fanático del rey del tango.

Desde entonces me dediqué a investigar la vida novelesca de este mítico personaje, llegando a ser un experto en la materia y un coleccionista incurable, habiendo acumulado más de 500 de sus tangos en la discoteca que tengo en casa y que llevo conmigo adonde quiera que me mude, aparte de varios libros sobre él, entre ellos “Primer Diccionario Gardeliano”, donde se puede encontrar la explicación de todos los aspectos de su vida y sus canciones.

*El autor es periodista chileno, de larga trayectoria internacional, desde hace poco residente en el país.