Antonio Sánchez Hernández – Tierra de paso

Curiosamente casi todos los historiadores dominicanos coinciden en la idea de que R.D. fue casi siempre tierra de paso. Y nada más verdadero. Fuimos una isla que de ventana del mundo, Cuna del Descubrimiento, pasa por la desdicha de haber sido descuidada o abandonada de forma continua y rutinaria, por todos los imperios que pasaron por aquí, sin excepciones.

Los que mejores se han comportado son aquellos imperios adonde de manera elegante y juiciosa nos han reconocido capacidad para dialogar, para interactuar, como razón de Estado. Enhorabuena. Curiosamente los dominicanos ausentes ya produjeron un buen presidente. El doctor Leonel Fernández fue presidente de la República, y habrá quien le reclame pronto que no cumplió con su promesa de hacer de este pedazo de tierra capitalina un New York chiquito, a pesar de los elevados y los túneles de la 27 de Febrero, como un petit inicio civilizador. Médicos eminentes, científicos destacados, bodegueros dueños del pequeño comercio de la ciudad de New York, deportistas de primera valía y clase. Los dominicanos están ya regados en tierras muy lejanas. Reburujados con el mundo. Ahí es donde me ocurre la idea de que Trujillo, a pesar del esfuerzo que realizó, la Rectitud, Libertad, Trabajo y Moralidad, perdió la batalla. La tiranía de Trujillo literalmente nos aisló de las corrientes del pensamiento mundial más progresista de esa época. Curiosamente con la gente más culta del país al mando de la cosa pública: la niñez, la adolescencia, la adultez se tornó abuelo y abuela y se formó familia en la dictadura y entonces envejecimos, el pelo ya está blanco en canas. Bastaba con una tiranía que nos aislara del mundo exterior 31 años consecutivos, donde se incluye toda una generación de abuelos, padres e hijos y pasamos al olvido del mundo. Terminamos tan aislados del mundo que en 1961 nadie sabía donde estaba la República Dominicana: solo Trujillo y Rubirosa salvaban. Todos nos confundían con Haití en la Europa culta y civilizada y en EE.UU. Se abre el telón. Los últimos cuarenta años de democracia de palabra, entre la anarquía y el autoritarismo. Aparece la generación actual. Globalizada y De transición hacia una democracia de palabra, la actual, que respeta él derecho del discenso, razón por la cual no entiende de la necesidad de la censura o de la delegación en terceros. No cree ni en dictadores ni en caciques. Utópicamente libre, por delegación propia.

Como colofón de esa presunción, no me quedó más remedio que aceptar que en la vida de cada generación y de cada persona, pública o privada, han existido unos períodos en los cuales se existe realmente y otros en que sólo se es un conglomerado de responsabilidades, de fatigas y de vanidades, de repetirse una y otra vez, con brillantez o con monotonía, hasta que se presenta el ocaso definitivo. Y desde ese mismo momento, El cacique Mayor es sustituido por el cacique menor.

Y terminas siendo un comunicador, un escritor en pleno Trópico, porque no sabes hacer otra cosa más que escribir, y porque además, es la mejor manera, la más elegante de las maneras de envejecer en el Trópico, en esta tierra de paso, con los que te quieren y te protegen, pero sobre todo en medio y víctima de tus propias fábulas. Es preferible un viejo fabuloso que un Anciano cabeza dura. Me lo dijo mi abuelito…