Antropología urbana

Federico-Henríquez-Gratereaux

La lluvia obligó al hombre primitivo a guarecerse bajo los árboles; el peligro de las fieras lo empujó a esconderse en cuevas naturales; descubrió entonces que dentro de las cuevas podían habitar animales más peligrosos que aquellos de los que huía. También vivió la experiencia de que en el tronco y la copa de los árboles se alojan víboras y toda clase de alimañas. La presión de las circunstancias llevó al hombre a inventar el paraguas, a construir las primeras viviendas, a concebir las armas elementales. Por lo menos, esto es lo que afirman muchos antropólogos guiados por su imaginación y algunos restos del periodo de “piedra pulimentada”.
¿Qué podría hacer el hombre contemporáneo para defenderse y protegerse de las fieras y víboras que le acosan por todas partes? Los asaltantes se disfrazan de limosneros; una señora harapienta con un niño en los brazos puede servir de señuelo para incautos; dos hombres, en el lado opuesto de donde “actúa” la limosnera, se encargan de desvalijar a la víctima piadosa. En Santo Domingo, algunos gestos humanitarios podrían acarrear la pérdida de la billetera o una “herida punzante”, como escriben los redactores de crónicas policiales. Algunos motociclistas son “reptiles mecánicos” que dan dentelladas, arrebatan bolsas y teléfonos celulares. Ciertos depredadores callejeros acuerdan sus fechorías a través de avanzados “blackberrys”.
Los delincuentes urbanos disfrutan de “alta tecnología”; poseen armas no registradas en ningún archivo oficial, tienen teléfonos robados, conexiones con policías; pueden transmitir fotografías de la persona escogida para saqueo o amedrentamiento. La “aristocracia del hampa” conoce todos los trucos legales del código de procedimiento criminal. Según parece, existen “tarifas de soborno judicial”. Los altos niveles de la delincuencia prestan servicios a los forajidos menores: abogados, fianzas, privilegios carcelarios.
Pero lo peor de la jungla de nuestros días no es la impunidad o “las tecnologías” de que gozan los delincuentes. Piense el lector en los controles sociales en poder de traficantes de drogas mexicanos; en el volumen de recursos económicos que manejan las bancas de apuestas dominicanas. Nos cobijamos bajo los árboles, nos refugiamos en el fondo de las cuevas domésticas; pero no hemos inventado armas, ni escudos, ni fortalezas, para defendernos de tantas peligrosas fieras urbanas. (2/9/12)