Aparentar ser intelectual parece haberse
convertido en un medio de vida

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Estimada Ruth:
Intento poco a poco poner en claro algunas ideas. Tal vez más adelante podría hacer un planteamiento más definitivo. Ahora nos domina lo provisional. Creo que hay que pensar en el orden sociológico y en el político toda esa práctica en la que se inserta la relación de los intelectuales con la política en el Santo Domingo contemporáneo.

En primer lugar, pienso que debemos definir lo que es un intelectual. No creo que sea un intelectual todo aquel que piense algo y emborrone unas cuartillas. Ni siquiera a un poeta o un novelista por el mero hecho de serlo, lo consideraría un intelectual. Creo que debemos alejar el concepto o la noción de su origen: intelecto (intellectus). Mejor llegar al verbo latino intelligere, que quiere decir aprehender, o tomar la realidad y convertirla en una abstracción. Pienso así porque la palabra “realidad” en griego proviene de un verbo que significa “cosas”. De ahí que ese proceso de transformar la percepción que tenemos de las cosas en ideas se haga a través del intelecto. El intelectual es el trabajador del intelecto. Y me gustaría decir que un intelectual es el productor de bienes intelectuales, sean éstos objetivos o subjetivos, artísticos o discursivos, es decir, simbólicos o puramente ideológicos.

En el proceso de formarnos como intelectuales estamos. Cada uno se forma de manera distinta. Existe la formación intelectual; una es académica, la que nos da la universidad, que por su nombre (universitas) nos debe formar en una tradición universal, de ahí su nombre. Otra es la formación autodidacta, es decir, la que se logra en la biblioteca, en contacto con los libros. Pero existe la formación cultural, oral y tradicional. Ésta es determinada por la cultura o las prácticas de los pueblos. Así pienso que será más rica entre más holgada y universal sea la tradición cultural de un país. Así un niño de Santo Domingo tendrá una formación distinta, y en cierto sentido inferior, a un niño alemán. Ambos beben de una tradición cultural distinta. Posiblemente el alemán goce una exposición letrada y científica o filosófica. Creo que podrá leer a Hegel o estará más inclinado a conocer la tradición del pensamiento alemán que el de Santo Domingo el pensamiento dominicano. Existen entonces niveles de instrucción y escalas culturales. Eso naturalmente no quiere decir que uno sea más inteligente que otro, sólo que está en otro espacio y en una tradición distinta.

Ahora regreso al tema. El intelectual es el productor de bienes que tienen como instrumento el intelecto. Es indispensable su formación, cualquiera que sea el origen de ésta. Y su práctica debe tener un cierto rigor, una cierta sistematicidad, una cierta coherencia. Creo que ese debe ser el sine qua non de la persona que busca llamarse intelectual; entre los que debemos distinguir a los que se forman y atisban sus productos y a aquellos que ya los tienen. Veamos: Pedro Henríquez Ureña era un intelectual, un tipo de intelectual muy clásico. En él encontramos: formación cultural dominicana, latinoamericana y universal, formación libresca y producción en los órdenes simbólico y discursivo. Pero eso no bastaría para ser tomado como modelo. Es que su producción ha sido sobresaliente en el gremio de los intelectuales; entonces, podemos decir que sus estudios lingüísticos y culturales son sobresalientes frente a los de los filólogos de su época. Luego está su relación con el Estado y la sociedad, su condición de lo que Unamuno llamaba “opinante”.

El proceso de concienciación ha llevado a los intelectuales, productores culturales y últimamente a los publicistas a tener una relación distinta con lo social y lo político. No es que antes no existiera esta correspondencia. De hecho, todo el proceso de independencia está marcado por esta presencia. Creo que ahora el intelectual es más necesario. Y en el caso de la cultura dominicana actual no creo que lo sea tanto, sino que aparentar ser intelectual parece haberse convertido en un medio de vida. Ese intelectual del que hablamos comúnmente en el país vive liado con un grupo de gente que ni ha creado valores intelectuales y simbólicos perdurables ni se encamina a hacerlo. Están los mansos con los cimarrones. Y con tal de que les caiga una migaja del presupuesto destinado por el Estado para eso que llaman “la cultura”, firman proclamas por cualquier partido político. Y es entonces cuando llegamos a Pérgamo.

Muchos de los que se dicen intelectuales no realizan con cierta sistematicidad un esfuerzo intelectual o no están en proceso de crear obras simbólicas que los puedan distinguir de su colectivo. Entonces aparecen las imposturas. ¿Acaso no lo hace evidente el interés denodado en aparecer como escritores que tienen muchos dominicanos? ¿No se echa de ver esto en políticos que emergen como “novelistas”, cuando todo el mundo sabe que el fárrago que publicaron no lo iniciaron ni lo terminaron ellos? ¿Es que para ser político dominicano hay que ser un Juan Bosch o un Joaquín Balaguer? La Feria del Libro muestra cada año cómo esas figuras letradas se convierten en figuras paradigmáticas. Los intelectuales enganchados son tantos que opacan a los que verdaderamente lo son. De ahí el irrespeto que se hace a figuras como Marcio Veloz Maggiolo, Andrés L. Mateo, Manuel Matos Moquete y tantos otros que aparecen al lado de sujetos que ni siquiera están comenzando el camino que ellos tienen ya trillado. El problema es que muchos ni siquiera saben cuál es ese camino.

Los supuestos intelectuales que aparecen cada cuatro años con sus firmas en manifiestos a favor del candidato que parece arribar a la meta del triunfo electoral, en su mayoría, no tienen una producción digna ni están en el camino de hacerla. Unos porque les falta la formación universitaria y cultural; otros porque no tienen biblioteca (como el atleta que no tiene cancha), es decir, no tienen la práctica detenida del ejercicio intelectual. Ahora bien, como no tenemos una crítica que decante y que eleve al plano de la distinción las verdaderas obras del intelecto, cualquier cosa puede pasar por buena y válida. Sobre todo cuando la publicidad llena el espacio y la propaganda sustituye al criterio.

Muchos de esos supuestos intelectuales no existirían si ellos mismos o el Estado no publicara sus libros. Tampoco tendrían visibilidad social si no tuvieran un enllave en un periódico o en una revista, si no contaran con un amigo en el gobierno. Esa es la verdadera mascarada. Lamentablemente hoy día la universidad pública ni da prestigio intelectual ni da trabajo que permita que los que están dedicados a la producción inteligente lo hagan dignamente. Si no hay una base material no puede haber en nuestro país una opinión divergente y crítica. Y los políticos y los empresarios periodísticos lo saben. Por eso el que trabaja en el gobierno o en un periódico le debe fidelidad a una razón empresarial o política. De ahí la dificultad para los que se piensan independientes, cosa que es hoy por hoy no solamente difícil, sino que muchos ni siquiera se lo plantean.

En fin, dedicarse a una formación intelectual, producir una obra simbólica o intelectual, ganarse la vida con dignidad y establecer una relación entre saber, vida, práctica intelectual y relación ética con el Estado, todo eso es distinto a pelearse por un puesto público, o servir de corifeo al animador de turno: al burócrata de la cultura. Y en este punto estamos.

Quisiera terminar con el ejemplo de García Godoy. Su epistolario muestra la actividad intelectual en la que estaba inmerso. Su continua búsqueda del saber. Tanto discutía sobre filosofía con José Enrique Rodó como ordenaba un libro a París a través de Pedro Henríquez Ureña; discutía los asuntos dominicanos con PHU mientras escribía una trilogía de novelas para resaltar lo dominicano. Ensayaba en una modesta escuela de La Vega, y diligenciaba publicar un libro en Francia. García Godoy entendía que su participación en la política debía ser cultural y cívica porque, como Américo Lugo, planteaba que los partidos políticos dominicanos eran personalistas. Lejos estamos de esos intelectuales, sobre todo en lo último. Hoy pocos discuten el personalismo y el agotamiento de los partidos políticos; más bien, les interesa participar de la política porque ella les dará un puesto en el gobierno. Podemos dar gracias a que un grupo minoritario no anda en esas lides. Y por eso estamos discutiendo tú y yo, cara amiga, este tema tan nuevo como viejo, tan de ayer como actual.

Te admira,