Aparentemente

Aparentemente aquí no hay reglas que se respeten para participar en la vida pública, tras la búsqueda del poder nacional, con el propósito de modificar las condiciones de vida de un pueblo luchador y trabajador, que merece la oportunidad de conducir su destino hacia niveles de civilización de los cuales disfrutan sólo unos pocos ladrones y uno que otro rico tradicional el origen de cuyas fortunas se perdió en tribunales, rencillas, cuchilladas al amparo de la oscuridad y con la complicidad y maridaje de las autoridades de entonces.

Hemos permitido que el ejercicio de la política se inscriba en las artes de birlibirloque al definir esa actividad como “el arte de lo posible”, agregándole, por supuesto, que es el arte donde se emplee todo lo posible.

Se trabajó para que la política se convirtiera en una serie de acciones, a veces inconexas, entre las cuales sobresalen: la zancadilla, la mentira, el irrespeto a los compromisos, el desconocimiento de los derechos de los demás, la petulancia, la sobredimensión de sí, el avasallamiento ya sea mediante el uso de la fuerza o mediante el empleo de la fuerza del dinero.

En cada momento de la historia esas pretensiones han logrado triunfar cuando la sociedad ha usado la política del avestruz, ha enterrado la cabeza en la arena y permitido que el que venga atrás que arree.

Cuando hemos sido permisivos con la autoridad mal ejercida, cuando hemos sido permisivos ante el abuso del derecho de los trabajadores, de los campesinos, de los terratenientes, de los estudiantes, de los profesionales, de los militares, de los policías, cuando nos hemos hecho de la vista gorda, cuando preferimos mirar hacia el lado opuesto mientras la autoridad abusa de su poder, nos hacemos cómplices de lo que ocurre en el país.

De una manera acomodaticia o cobarde no queremos admitir la realidad y nos desentendemos de nuestra obligación de trabajar por un destino mejor para todos.

Cuando una nación calla ante la ilegalidad manifiesta, cuando una sociedad da la espalda al reclamo justo y viril ante el abuso, nos acercamos tanto al abismo que parece como si desconociéramos que de caer por el precipicio la situación será cada día peor y se impone forzar un alto en el camino, si es necesario, para que enderecemos el rumbo de la nación.

Si hacemos un corte para diagnosticar la situación nacional, veremos que todos nos vamos convirtiendo en el ciudadano de a pie, que sólo se nos permite tener fuerza para cargar con los deberes sin que nos respeten los derechos, que el empobrecimiento nos iguala en desesperanza, entonces es el momento de decir en voz alta, para que se nos escuche y se nos respete: ¡Basta ya!