A pleno pulmón

Distribución del caos

En muchos lugares del “tercer mundo” millares de personas salen de sus casas todos los días “a ver qué encuentran”.  En primer lugar, desean encontrar comida, después conseguir trabajo;  también creen que podrían “toparse con su destino”: un premio de lotería, una mujer que los ame, la oportunidad de viajar, algún negocio inesperado. Suponen que en la vida “puede ocurrir cualquier cosa”; que nadie sabe lo que “le ha reservado la suerte”.  En realidad, dicen, uno sale a la calle y no puede asegurar que regresará a su cama.  La delincuencia, el terrorismo, la drogadicción, son ingredientes  que “distribuyen el caos”. 

 En los grupos sociales más educados y con mejores ingresos las expectativas son diferentes.  Jóvenes estudiantes se preguntan: ¿Cuál será la actividad central de mi vida? Unos aspiran a ser médicos, otros quieren llegar a ser hombres de negocios, políticos, artistas; unos pocos pretenden ser escritores o poetas.  Quiere decir que piensan que los acontecimientos “no los sobrepujarán”, que sus vidas no estarán determinadas por el azar.  Planean con sus padres el crédito estudiantil, la beca parcial o el post-grado. -¡Dedicaré mi vida a la medicina! Algunos conciben la existencia como una misión.  La investigación científica, lo mismo que las tareas de escritor, pueden tener carácter misional.

 ¿En qué emplearé mi vida?  ¿Tengo derecho a desperdiciar la existencia? ¿Estas preguntas filosóficas, son pertinentes en nuestra época? ¿Puede alguien creer que es capaz de “diseñar” su porvenir?  ¿El bohemio, el alcohólico, el cocainómano, en realidad “desperdician” sus vidas? ¿O es que “las gastan” de manera distinta de los burócratas y los empresarios? La vida transcurre y punto, afirman sentenciosamente algunos alegres bebedores de vino.  La vida, ciertamente, transcurre; pero, en lo que transcurre, “se van realizando cosas”.  Cosas útiles o inútiles, bellas o espantosas, con sentido o sin él.

 La única vida de que disponemos debería emplearse en trabajos que produzcan satisfacciones en torno: a los familiares, a los conciudadanos; y si fuera posible, a otros seres humanos más distantes.  Cada persona está obligada a decidir cómo empleará su vida –esa maravilla fisiológica, química, sentimental-.  La máquina de cinco sentidos es un prodigio gratuito que nos  acompaña   mientras vivimos.  Usarla bien es un asunto  moral.