Apócrifo de Judas Iscariote

Toda novela es invención. La obra que nos ocupa no es un catecismo  ni es un libro de dogmas que establece “esto fue necesariamente así”. Nos dice: Pudo suceder de este modo… Y nos convence con su viva dinámica. Una novela es una criatura del autor o autora, un universo elaborado con palabras, como bien lo ha explicado Vargas Llosa. Es como si se construyera un edificio, una obra, una escultura, cuya sustancia echa raíces en la memoria, en la colectividad y en la historia, a través del lenguaje. La que comentamos es una novela bien escrita. Ahí reside su poder para desarmar las interpretaciones dogmáticas; que las habrá.

Apócrifo de Judas Iscariote nos habla sobre lo que somos los seres humanos y nuestras elecciones críticas. Gira en torno a verdad vs poder. El gran tema de la humanidad. Tenemos en la historia de Occidente más de 2,000 guerras en dos mil años. Las trifurcas, los crímenes, todo tipo de atrocidades se cometen para acumular poder. Este es uno de los desafortunados distintivos de nuestra historia.

Un elemento interesante de este libro, bastante difícil de lograr, reside en tratar un tema histórico, en un tiempo histórico con una mirada histórica. Ver, por ejemplo, el Primer Testamento, con las coordenadas de nuestra cultura, es un grave error. Admiramos de Jit Manuel su lectura histórica de una época, de una realidad, y dentro de ésta, su vislumbrar, precisamente lo que transciende la historia, la cultura y el tiempo. El contenido del libro es encantador, fluido, nos aproxima a esa realidad, nos interesa e involucra, porque los personajes están bien logrados y la investigación está bien realizada.

Todos los hechos contados en este relato encajan en una lógica despiadada, pautada por una lucha de poder exterior e interior, donde se advierten contradicciones religiosas. Este libro, implica una tremenda investigación. A la que se suma la imaginación y la capacidad creativa del autor.

Israel es un pueblo pequeño, pero lleno de historia. Sometido a impuestos, brutalidades, disturbios aplacados a fuego y sangre. El imperio romano representa un poder avasallante: decide sobre la vida y la muerte, sobre la posesión y desposesión. Tensión que no es ajena a nosotros: ¿Con cuántos horrores convivimos en aparente conformidad? ¿Cuántas cosas no hacemos para congraciarnos con el poderoso, llegando a la anulación propia por una protección o una dádiva?

En este libro también destacan los rasgos poéticos, la reconstrucción del paisaje, las costumbres y ritos, relieves y movimientos de las ciudades. Y en el trasfondo y como tinte, una inmersión en un asunto crucial: ¿Cuáles son los caminos para salir de la esclavitud y los abusos? ¿Qué respuesta damos ante las opresiones que vivimos? ¿Qué sendero propone Jesús en esta encrucijada? ¿Debemos responder a la violencia con violencia?

Jesús es visto en su tiempo, en su realidad política, cultural y religiosa. Es un líder espiritual, con una visión de sí mismo, de la realidad y del camino para llegar a Dios distinta a la prevalente en su pueblo. Enfrenta y pone en entredicho con su práctica el camino de la venganza, la imagen del Dios castigador, caprichoso y despiadado presente en Las Escrituras, y por igual, rechaza el camino de la violencia para enfrentar al imperio. Jesús desconcierta, sume en la perplejidad. Estará loco al enfrentar a las autoridades políticas y a las religiosas. Incluso a sus compatriotas, mercaderes, fariseos. Desilusiona y confunde, también posibilita una mirada y un sentido extraordinario y renovador. El amor es el núcleo. Con el odio no es posible. Su planteamiento de amar hasta a los enemigos es totalmente revolucionario. Con él, enfrenta a los romanos, a la gente de su pueblo y la vieja doctrina del ojo por ojo y diente por diente, con lo que trasciende al tema de la verdad, del amor y la fraternidad como redención.

La novela, nos presenta un Judas que no es el tipo malo. Es de carne y hueso, sensible, capaz de amar. No se despacha como “el que vendió a Jesús”. Es un rebelde, cuyo mérito consiste en preguntar y preguntarse, en buscar incesantemente respuestas. Es un decepcionado, un amargado de raíz, un corazón bravo, ciego y dolorido. Un pecador. Tal vez el más sincero de los discípulos. Antes de conocer a Jesús, era dogmático, profesaba que hay que responder a la violencia con violencia, no veía otra salida, agarrado de dos o tres certezas. Jesús le abre la puerta de su espíritu, de su mente, de su propia complejidad como ser humano. Con la luz llega la incertidumbre. Debe hacerse responsable. Ser un hombre con opciones en un callejón sin salida.

Otro elemento novedoso del relato es que Jesús tenía discípulas. El pueblo de Israel era un pueblo patriarcal en el que las mujeres no contaban. Jesús dice ¡no a esto! Y reivindica a la mujer. La Magdalena es una discípula suya lo mismo que María, su madre.

Retrato de una realidad harto significativa y decisiva que se nos acerca, de modo tan cálidamente trabajado, hasta generar participación, identificación. El autor no hace proselitismo ni nos deja caer su autoridad religiosa, se guía por una sinceridad iluminada que revela seriedad intelectual y, más aún, su profundo y diáfano interés por la historia que narra y sus protagonistas, a quienes se acerca y construye desde su propia humanidad, fe e imaginación. Algunos lo tacharán de irreverente, poco ortodoxo, poco dogmático. El universo creado por Jit Manuel cobra vida en virtud del dinamismo de sus personajes. Consigue convencernos, aproximándonos a la intimidad, la zozobra y complejidades de un pueblo oprimido, la vida cotidiana, las personas…, nos acerca a Jesús, María, los apóstoles, algunos de los cuales han cometido pecados serios. Percibimos sus hálitos, sus contradicciones y su fascinación fervorosa. Los latentes misterios de la vida, que hemos de palpar con algo más que los cinco sentidos.

Apócrifo de Judas Iscariote también es un relato sobre la caída, con toda la insospechada humanidad que comprende. Los sentimientos de abatimiento y extravío, el pecado, la frágil voluntad. La última frase de Judas es muy enigmática. Judas reclama a Jesús: ¿Por qué me has abandonado? “Había tanto amor cuando teníamos esa interacción en la intimidad”. Nos preguntamos: ¿Jesús amó verdaderamente a Judas? ¿Lo amó por ser su discípulo? ¿Por qué había que amar al enemigo? ¿Por qué hizo lo que estaba escrito? No lo sabemos. El libro nos plantea distintas posibilidades.

Este relato trata sobre pruebas y confianzas, donde se rozan la razón y la fe. ¿Qué representa el destino confrontado con la voluntad de Dios? Es común que nos preguntemos: ¿Esto, por qué me pasa a mí? ¿Me lo manda Dios? ¿Judas entregó a Jesús porque era su destino o porque Jesús lo escogió? La novela nos pone a pensar y nos invita a una apertura para vernos retratados: ¿Qué creo y en qué no creo? ¿Cuál es mi fe real y cuáles los dogmas impuestos?

Un libro debe estar bien escrito y ha de tener un contenido que conmueva realmente, de modo que valga la pena el tiempo que le dedicamos. Yo creo que este posee ambas cosas, ligadas a la fe y la resurrección que nos merecemos.

Siempre podemos elegir; pese a las caídas y a los poderes que nos opriman. Podemos elegir, no importa la edad, la apariencia, si soy blanco, negro o pobre, hombre o mujer, gordo, discapacitado, enfermo o inmigrante, si resido en un barrio o carezco de recursos materiales… La elección nos es inherente; con las tensiones, complejidades y goces que comporta. Estamos abocados a elegir. En contextos sutiles y gratos, como en encrucijadas y situaciones límites. En lo superficial y en lo insondable. Es inherente a nosotros elegir con el misterio, con la intuición, con el alma. Siempre podemos elegir vivir con toda la dignidad, con todo el camino por delante, con todo ese poder de resurrección, del que nadie logra despojarnos por completo. La novela de Jit Manuel trata de ello. Nos muestra la inquietud radical y la esperanza irrebatible.