Aporte. CATALINA… LA NOVIA DE NUESTRA HISTORIA

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El irrebatible documento suscrito por Miguel Díaz de Aux, padre, “protocolizado en Sevilla el 2 de julio de 1504”, se transforma en SENTENCIA. Testamentado en favor de su hijo Miguelico, establece que había nacido en 1496; tenía 8 años en 1504. Si calculamos los 9 inevitables meses de embarazo en su proceso de preñez anteriores al nacimiento en 1496, sin contar los 9 del fallecido, las vivencias autenticadas del paradisíaco encuentro, los inevitables procesos de romantización íntima decorada de ajustes culturales, culminados en el convencimiento de conversión cristiana, matrimonio y descendencia, resulta prueba evidente de la ocurrencia física y real de Miguel Díaz en espacio y tiempo, antecediendo aquellos dos años, que explican y justifican la presencia de Bartolomé Colón en 1494 en el Ozama y la fundación histórica de Santo Domingo.
Existe un vacío de información que se evita confesar, para no desnudar el acontecimiento insólito de que Cristóbal Colón cruzara ignorante frente a la ría del Ozama de un Santo Domingo ya fundado y, en su fragmentada emocionalidad, no fuese capaz de percibirlo. Las Casas, al historiar el tema, intenta decorar un escenario artesanal que no respeta lógica… ni historia.
Desde aquel ¡4 de agosto de 1494!, 18 días antes de sus decepcionantes titubeos al costado de Cuba, adivinando apenas el Sur de La Española desde Jamaica, habían sido oficialmente asentados por Bartolomé, sobre la margen oriental del Ozama, en un ¡¡segundo!! viaje, por tierra, 20 arcabuceros españoles, según registra la historia: “para no molestar a la cacica”.
Las Casas se adelanta a la historia, denominando la cacica como “Cathalina”, cuando aún su nombre aborigen,“Ozema”, no había sido convertido en aquella cristiana denominación. En sus manipulaciones, asume rutas desde La Isabela y comunicación con aborígenes en idiomas imposibles:
“Vinieron los indios de por allí en sus canoas y dijeron que habían venido allí de los cristianos de La Isabela…”.
La expresión le traiciona. La misma confirma en alta voz y sin alternativas, la presencia anticipada de Bartolomé Colón, Miguel Díaz y Garay en aquel 1494, y la consecuente Fundación de Santo Domingo. En ese instante de la historia, los únicos “¡cristianos de La Isabela!” que se habían aventurado al Sur, eran precisamente… ¡¡ellos!!:
“Lo que dice de Miguel Díaz, que huyó del Adelantado por cierta travesura y vino a parar aquí a este puerto y provincia, pudo ser, pero nunca tal oí, siendo yo tan propincuo a aquellos tiempos, mas de tener por amiga a la cacica o señora del pueblo que aquí estaba, y rogarle que fuese a llamar a los cristianos para que se pasasen de La Isabela a vivir aquí, es tan verdad, como ser oscuro el sol a medio día. (Hist. de Indias. T.I. p. 428)
El Documento localizado por Fray Vicente Rubio desarma y descalifica estas afirmaciones de Las Casas.
Para la altanera Historia española, Miguelico representa el primer “mestizo”. Para nosotros, Miguelico Díaz de Aux encarna, estentóreamente, el primer dominicano registrado en los anales de la historia del Nuevo Mundo, con nombre y apellidos; hijo de matrimonio entre padre español y Reina aborigen. Nacido y criado correteando las empedradas calles y esquinas de la Conquista. En él se inicia el Hombre-Historia que ha conformado el Ser de esta tierra, confirmando y sembrando raza y pensamientos, singularizando las vísceras del Altar de esta Patria, que hemos sabido forjar con nuestras propias manos.
La injusta difuminación de un protagonismo honroso e insoslayable en Miguel Díaz y la Cacica Ozema, quien convertida al cristianismo adoptara el nombre de Catalina, y su hijo Miguelico, coincide en el despropósito, históricamente inconsecuente, de invalidar de silencios la elocuencia de su singularidad trascendental, su inalcanzable y sobrehumana nobleza edénica. Todo un relampagueante espectáculo en el mismo amanecer de un Mundo irrepetible.
La incorporación a una Cristiana Civilización y cesión de poder a su consorte, fueron los basamentos de una paz eterna y sin quebrantos en el Sur, integrando súbditos e identidad con el ejemplo, estableciendo identidad orgánica y espiritual profunda e impulsando la fortaleza social definitoria para la conjunción académica, dando lugar a la creación de ¡dos universidades!, a menos de 50 años de la Conquista; de ello, las incontables uniones que preocuparan a Ovando a su llegada. En aquellas aulas, comenzaron a crecer… un País… y Nuevo Mundo…¡Catalina… creó el futuro!
Gonzalo Fernández de Oviedo, con dedicación consagrada hasta su muerte, transformando palabras, confidencias y memorias en historia, testificó testimonios, vivencias, sucederes y luchas, entre los muros antológicos de nuestra Fortaleza Ozama. Designado por la Corona para dar cuerpo y vida a las páginas inéditas de la Conquista con acreditada intención académica, rescata con fertilidad histórica toda una concatenación de trascendentales aconteceres, no rubricados aun en aquel momento, donándolos honrosamente a los espacios del futuro. Oviedo consagra y testifica la Fundación Histórica de Santo Domingo, en 4 de agosto de 1494.

Ubicar la “Fundación” medalaganariamente en 1496, motivado en la improvisada presencia de 87 rescatados desde la moribunda Isabela, es rasgo del peor español estilo, que solo pretendiera imponer el nombre de su reina por encima de la Historia, desimportantizando el destinismo atrevido de los Colón. La propia tradición, inexorable en sus juicios fue descategorizando y desvaneciendo aquella triste “Nueva Isabela”.
Aunque no registrados, es natural que ocurriesen preñeces y nacimientos violentados por una conducta, humanamente explicable en aquel español acorralado de turbulencias oceánicas, secuestrado en soledades morbosas enrabiadas al limbo de lo desconocido. Calurosas estridencias solitarias de cualquier luna, sedientos de sexualidades transpirando la desnuda belleza aborigen, explicarían una aceptación de naturalezas y urgencias instintivas, viscerales y humanas, apenas sofocadas en la verga ansiosa del Adán español y los muslos perpetuos de la Eva aborigen, sin rubor de etnias ni primitivismos.
“La vida del mestizo Miguelico Díaz de Aux, nacido y criado en La Española, no discurrió por los caminos de sacerdocio como hubiese querido su padre, sino por los de las armas. Arrimado en su juventud a su primo homónimo – sobrino de su progenitor –, sintiéronse con bríos ambos deudos para enrolarse entre las mesnadas que intervinieron en la conquista de Nueva España y en la reedificación de la ciudad de Méjico. Seguir sus pasos por tierras mejicanas sería tarea larga”. (F. V. Rubio, El Caribe, abril 4, 1992).
No tan larga…Díaz del Castillo, en su “Historia”, perfila el carácter de aquel antológico inconocido…¡Miguelico Díaz de Aux!