Aporte. Mujeres dominicanas atormentadas Leonor Feltz Correspondencia con Pedro Henríquez Ureña (5)

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Salvo error de mi parte, la primera carta de Leonor Feltz (LF) a Pedro Henríquez Ureña (PHU), ahora residente en Nueva York, está fechada en Santo Domingo el 19 de febrero de 1901, en respuesta a la que le envió el joven intelectual en embrión. Ella le dice estar muy complacida con esta correspondencia, pero le advierte:«… aunque yo deje de escribirte alguna vez, tú debes hacerlo siempre, convencido de que me causará un gran placer.» ((Bernardo Vega. Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 2015, p. 63).
El contexto implícito de esta misiva significa que LF y PHU se reunieron antes de que él se marchara a NY y convinieron seguir las relaciones de madre sustituta y mentora intelectual del joven hijo de Salomé Ureña, pero la advertencia tiene que ver, probablemente, con las múltiples ocupaciones de la maestra para enfrentar la sobrevivencia suya, de su hermana Clementina y su madre Margarita y que va, desde la responsabilidad de maestra de escuela, luego directora de la escuela primaria “Padre Billini” y de las compras diarias o interdiarias de frutas para abastecer a los clientes de su ventorrillo, descrito por Eduardo Matos Díaz y R. A. Font Bernard, como se vio en una crónica anterior.
En sus Memorias (p. 38), PHU dice que para 1896 había decidido leer más obras teatrales que verlas en escena en el teatro La Republicana, donde acudía junto a sus hermanos y las hermanas Feltz. Quizá las últimas representaciones que vieron juntos fueron las escenificadas por la Compañía de Variedades de Manolo Lapresa y la de Luisa Martínez Casado, que siempre montaba obras como Mar i cielo Tierra baja, María Rosa y María del Carmen. Es de Mar i cielo que le comenta Leonor en esta primera carta a PHU el montaje de esa obra:«Apenas hai aquí nada nuevo de qué hablarte. Hemos leído poco, i a excepción de Mar i cielo, todo lo demás es conocido o enviado por ti.» (BVega, 64).
Instalado el gobierno de Juan Isidro Jimenes en 1900, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores de aquel gobierno y de paso para Europa a cumplir una misión relacionada con la deuda externa del país, el padre de los Henríquez-Ureña, decidió enviar a Frank y Pedro a Nueva York para que siguieran sus estudios y aprendieran el inglés. Salieron de Santo Domingo el 16 de enero de 1901 y llegaron a la gran urbe el 30 de enero de ese año.
A partir de esta fecha ya el Pedro que conocieron en Santo Domingo todos sus amigos, amigas y familiares no será jamás el mismo. Su formación intelectual y cultural, adquirida a base de inteligencia y trabajo tesonero, dejará atrás a aquellos intelectuales que se quedaron vegetando en la muy noble y muy leal, de apariencia conventual, entregada al desorden, la guerra civil y el chismorreo y que la desoladora carta de LF describe muy bien y, a la vez, nos revela lo limitado de aquel mundillo y sus gustos literarios y culturales provincianos. LF se refiere a las obras montadas por la Compañía de Luisa Martínez Casado, la que PHU dejó atrás para consagrarse más a la lectura literaria que a la producción, hecho que contribuyó decisivamente a formar su “gusto literario”, mientras que el de las Feltz y los miembros del salón Goncourt languidecía.
A este respecto dice LF:«Mar i cielo es la obra que ha puesto en escena la Compañía en ambas temporadas [la ortografía de LF es la de Bello, la que PHU abandonará, según confiesa, en 1903, DC]. No es la tragedia clásica, encerrada en los soberbios moldes de la escuela antigua, pero es un drama trágico de hermosura encantadora. Lo leímos primero en concurso de los de la “selecta reunión” i luego lo vimos en escena.
Es magistral [,] Luisa [Martínez Casado] nos hizo una Blanca sublime [,] González hizo el Said de la tragedia. Su trabajo fue bueno [,] pero él no puede presentarnos el héroe de quimera como nos lo sugirió la lectura, en todas sus fases, las múltiples manifestaciones de un alma grande, noble, ruda, apasionada. González, luce mucho cuando copia un solo aspecto del carácter [,] entonces descuella como en el Pepe Cruz de Galdós. Tuvimos ocasión de ver por segunda vez a María del Carmen, i como siempre me ha acontecido, tuve que reconocer que tenías razón cuando afirmabas que es de lo mejor, en su género. Es tal vez la más perfecta i armoniosa en conjunto por lo sostenido de sus caracteres i por el realismo de sus escenas; aunque sea menos brillante que María Rosa i de menos efecto que Tierra Baja.» (BVega, 64).
Por supuesto, estas obras citadas por LF, así como los autores que leían ella y PHU antes de este marcharse a Nueva York indican que, con excepción de Manuel Díaz Rodríguez, venezolano, autor de buenos cuentos, pero quizá no tan poeta y dramaturgo al nivel de los que PHU comenzará a leer ávidamente en la urbe americana, aquellos autores hispanoamericanos y españoles, que al parecer se tenían como celebridades en aquel sin de siglo XIX, no alcanzaron luego la estatura de los Galdós, D’Annunzio, Shakespeare, Tolstoi e Ibsen, estos últimos devorados por el futuro crítico.
Si PHU afirma que LF es la mujer más culta del Santo Domingo de aquella época, el fragmento donde muestra su garra analítica está mal puntuado, salvo que no sean erratas las faltas de comas donde deben ir y las palabras con acentos mal colocados, quizá también erratas del transcriptor de la carta manuscrita. En cuanto al juicio crítico, es el propio de la estética y los gustos estilísticos de la época, sin ningún efecto sobre la valoración literario de las obras comentadas.
Ese juicio hiperbólico de PHU con respecto a su madre sustituta es una transferencia del amor que le profesó a su madre Salomé y que en joven de diecisiete años es normal que tienda a sobreestimar y sacralizar tal figura maternal, tal como hace la mayoría de los alumnos de una profesora inteligente.
Pero como se revela en los juicios sobre PHU y la solicitud que le extiende, LF es quien admira y respeta la figura filial del futuro crítico: «Estoi haciéndome de algún tiempo para dedicarlo a la lectura, i entonces te hablaré de lo que lea i me guste. Siempre que halles algo notable, mándalo. Además, quiero que siempre me des tu opinión sobre lo que leas ó admires, que para mí tiene gran valor (… tus juicios siempre rectos i acertados sobre cualquiera cuestión i por hábito ya, me complazco en suponer lo que pensarías tú en tal ó cual circunstancia.» (BVega, 64).