APORTE
Terremotos en la poesía

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Haití ha sido sacudido por un nefasto terremoto. Esta clase de sucesos, aparte la fatídica danza de la tierra, las edificaciones y los seres humanos, remueve los más profundos cimientos de los sentidos y del pensamiento. Expresiones a menudo tan humanas como la poesía no son ajenas a las calamidades producidas por los terremotos.

Se han escrito millones de versos sobre acontecimientos sísmicos, que reflejan el efecto de la catástrofe en la sensibilidad de los poetas.

Echaremos un vistazo a cuatro episodios que han sido registrados en importantes poemas. Esos horribles momentos del mundo se guardan en la memoria de las ciudades y en la historia de la poesía.

El terremoto de Lisboa

La mañana del 1 de noviembre de 1755, un terremoto estremeció a Lisboa. Hubo entre 60,000 y 100,000 muertos. El sismo, probablemente de 9º en lo que luego sería la escala de Richter, fue seguido de un maremoto y de un incendio, que destruyeron la ciudad casi por completo.

Ese terremoto marcó el nacimiento de la sismología moderna. Pensadores, científicos y escritores discutieron largamente sobre esta catástrofe.

El filósofo francés Voltaire escribió un poema sobrecogedor relativo a esta tragedia, titulado “Poema sobre el desastre de Lisboa ó Examen de este axioma: Todo está bien”. Veamos un fragmento, traducido por Andrés Maylis:

«¡Oh infelices mortales ! ¡Oh tierra deplorable!

¡Oh espantoso conjunto de todos los mortales!,

¡De inútiles dolores la eterna conversación!

Filósofos engañados que gritan: “Todo está bien”,

¡Vengan y contemplen estas ruinas espantosas!

Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas,

Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados,

Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados;

Cien mil desventurados que la tierra traga

Ensangrentados, desgarrados, y todavía palpitantes,

Enterrados bajo sus techos, sin ayuda, terminan

En el horror de los tormentos sus lamentosos días.»

El terremoto de Charleston.  En 1886, la ciudad de Charleston, en Carolina del Sur, fue destruida por un terremoto de 7,3º en la escala de Richter.  El gran poeta José Martí escribió una crónica detallada de la catástrofe, y luego el poema “Cruje la tierra, rueda hecha pedazos”.

Leamos un fragmento:

¿Quién es, quién es?

¿quién puede en un minuto

Revolcar en su polvo a las ciudades,

Trocar al hombre en espantoso bruto,

Echar la tierra sobre el mar enjuto,

Aventar como arena las edades?

 Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila

El suelo como un mar, se encrespa, ruge.

Hincha el lomo, entreabre la pupila,

Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:

Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.

 

«La ciudad, como un árbol, se deshoja,

Cortados a cercén vuelan los techos,

Se abre la tierra blanda en cuenca roja

Y a las madres, del mundo en la congoja

Se les seca la leche de los pechos!

Salta una novia de la alcoba nueva

Donde el naranjo fresco florecía:

Muerta a su espalda el novio se la lleva:

Párase, ve el horror, en negra cueva

Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.»

Un terremoto en Chile.  La tarde del 22 de mayo de 1960, un terremoto de 8,9º en la escala de Richter, azotó el sur de Chile. El gran poeta Pablo Neruda, conmovido por la tragedia, escribió el poema “Terremoto en Chile, La Barcarola”, del que citamos un fragmento:

«Por los muros caídos,

el llanto en el triste hospital,

por las calles cubiertas

de escombros y miedo,

por el ave que vuela sin árbol

y el perro que aúlla sin ojos,

patria de agua y de vino,

hija y madre de mi alma,

déjame confundirme

contigo en el viento y el llanto

y que el mismo iracundo

destino aniquile mi cuerpo

y mi tierra.»

El terremoto de México de 1985.  Ciudad de México fue abatida por un terremoto de 8,1º en la escala de Richter, el 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 a.m., con una potencia equivalente a 1,114 bombas atómicas.

Dejó entre 35,000 y 40,000 muertos. (Días después, 30 de septiembre, fallecería el sismólogo estadounidense Charles Richter, quien junto al alemán Beno Gutenberg estableció en 1935 la famosa escala para medir los terremotos).

Esta tragedia mexicana fue la materia prima de una pieza poética de José Emilio Pacheco, titulada “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”.

Orando por los muertos del terremoto de Haití y albergando esperanzas para los sobrevivientes, nos despedimos con un fragmento de ese notable poeta mexicano:

«Avanzo, doy un paso más,

miro de cerca el infierno.

Muere el día de septiembre

entre la asfixia y los gritos.

Arañamos las piedras y brota sangre.

Todo el peso del mundo se ha vuelto escombro.

La palabra desastre se ha hecho tangible.

Se hundió la casa de papel,

el cuarto de juegos

de un niño inexplicable que al despertar

aplastó los cubitos de hojalata.

Pero no hay juego.

Sólo personas que se mueren,

gente que ha muerto,

seres humanos,

que si salieran vivos

del tormento entre escombros

habrían dejado entre el montón

de ruinas

brazos y piernas.

Nadie está a salvo.»