Aporte
Domingo Liz: Premio Nacional Fundación Corripio

El extraordinario pintor expresionista norteamericano, Jackson Pollock, encarnado por Ed Harris, en la película que éste dirigiera y protagonizara, en un momento explota y, más o menos, dice: “Ese maldito Picasso lo hizo todo”.

He ahí una íntegra actitud creadora que recoge esa conciencia del creador que, con tiempo, entiende que toda expresión propia se construye partiendo de la tradición para modificarla radicalmente, impulsándolo a una búsqueda de las sustancias inéditas que laten en la realidad y sostiene tanto a la nueva expresión como a las ya asentadas en la historia y en la memoria viva.

Así, la expresión de Pollock (de ninguna manera certera, porque Picasso ni lo hizo todo ni el arte terminó, como lo ejemplifica el mismo Pollock, con él), distante del repudio y de la envidia; más bien cercana al reconocimiento de una genialidad, responde a esa conciencia unitaria, y a la propia: entender el arte como resultado de la modificación del instrumento de expresión. Y cuando dijo eso, vivía en carne muy propia esa agonía: la búsqueda de su arte y, más que nada, la razón de  su existencia. El maldito Picasso lo abordó todo resulta un resoplido de la  conciencia de Pollock, quien buscaba, tenazmente, esa zona inédita aún y al dar con ella, alcanzar la singularidad como, finalmente, aconteció.

¿Cuál es la conexión de esta disquisición con Domingo Liz? Muchas, y todas. La misma actitud en el sostenido fluir temporal y creativo. Veamos: en una ocasión, Domingo Liz me dijo, más o menos, éstas son las palabras: yo era muy  estimado por Jaime Colson, prácticamente su alumno preferido, pero me di cuenta, y muy pronto, que no podía hacer lo que él hacía, tenía que buscar mi propia expresión… He ahí, igualmente, la conciencia del creador. Hacerse de un pulso vital, encontrar el punto en que convergen los latidos del corazón con ese “algo” latiendo, en espera de ser  tocado para hacerse común. Y así, crear el mundo propio, pequeño, molecular tal vez. Y en eso consiste la creación, y en ello queda la vida, en esa búsqueda. Sólo hay un Goya, los otros, al recrearse en su mundo plástico, quedan como indefensas sombras.

Un creador arranca desde la más primigenia manifestación del arte, impresa en la naturaleza y en lo que construye la humanidad, y al ir despojándose va adquiriendo lo que le pertenece, y se vuelve pálpito, y testimonio a la vez. Y ello es lo que acontece con Domingo Liz; un artista resultado de su íntima naturaleza, concretizada  en  espacios, formas y colores, líneas y texturas; volúmenes, figuras y contrafiguras, que le son muy propias a él primero y, luego, se vuelven propiedad de todos. Lejos del mimetizador de formas y estructuras al que el espectador no respeta; y mucho menos el tiempo decidor, al decir de Antonio Machado.

No, hay en él, en su obra, lo que se persigue: la singularidad. Siempre hay algo inédito en ella que espera por el ojo y el pulso que lo haga visible a los otros. Desde luego, ésta no es la única forma de determinar la existencia de una obra; pero sí una bien asentada y ratificada Y, después de todo, la obra misma constituye la mejor prueba.

En su obra  resalta la pervivencia armónica de formas y líneas, de volúmenes y colores, de matices y texturas, de figuras y desfiguras en yuxtapuestas, grafismo que en el espacio funda otra identidad, la de la obra. Estamos, igualmente, ante una conciencia que se asienta en el conocimiento que se tiene de sí mismo y sus posibilidades. Y nos queda, en emociones evocadas, imágenes arrancadas de la epidermis de la sociedad y del tiempo, de la entraña del hombre y del espacio contextualizador.

Así la ironía y el  sarcasmo, la rebeldía y la muesca, el asco humano, lo retorcido el ser, la fábula, los vicios comunes reflejados en rostros, torsos, vientres, senos, extremidades, en los nudos del cuerpo que retienen la historia de personajes metamorfoseados multiplicados.

Sin embargo, algo que se transfiere de la obra al espectador es la sensación de lo creado; del hallazgo, pues ocurre que en su obra, cuya temática visible está poblada de los asuntos sociales del entorno- personajes miserables, animales famélicos y realengos, niños y niñas, el río Ozama y su secuela de desgracias humanas, sexos aberrantes y productor de criaturas sin destinos, juegos de azar, musgocidades, casas desvencijadas donde se apiñan las criaturas que cada vez llenan los suelos y roen el medio ambiente y más- nada de ello en la tela o en el papel asume la composición en su sentido profundo y definitivo, “hay otro asunto” que vibra más allá del conflicto y la denuncia; hay algo más que sacude la conciencia y el alma; hay otra realidad latiendo por encima del motivo: la creación del otro mundo que limita lo inmediato y funda otras entidades. Por ello, frente a cualquiera de sus obras nos demoramos en el hallazgo; no en la anécdota.

Un cuadro: la composición: un conjunto de figuras, a trazos unas configuradas, otras insinuadas, algunas empujadas por hacerse visibles. Cada una asume y refleja una actitud distinta, creando una multiplicidad, en el espacio, de interioridades. Miran y van hacia una misma dirección; excepto una: la figura en cuclillas distante de las otras, entonces el ojo no tiene un solo punto de recorrer, se pasea por la composición entera para luego descansar en esa figura en cuclillas. ¿Qué ha ocurrido en esa composición?: se impone un gesto expresivo por encima de la narrativa social; efecto que arrastra a los significados y a las sugerencias. De modo que no importa la naturaleza y el motivo, se impone el hallazgo, relegando el drama impulsador y funda algo más humano, y más hermoso, la realidad que deseamos.

Domingo Liz nació en 1931. Y en ese tiempo, lo dedicó a trabajar una y otra vez sobre el lienzo, el papel, el hierro, el barro, hacer de con las manos nuevas realidades. Siempre en búsqueda de la expresión, que lo defina y conforme. La Fundación Corripio con este premio reconoce el valor de su vida, que es su obra.