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Montes Arache y  hombres ranas: una sola sombra

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En el complicado rompecabezas de la Revolución Constitucionalista de Abril de 1965, que fue una realidad fragmentada diversamente, el vicealmirante Manuel Ramón Montes Arache, comandante de los Hombres Ranas, de temperamento serenamente enérgico, dueño de una confianza sosegada, cultor meticuloso de su espíritu despojado del deseo de gloria, era un comandante que se colocaba a la cabeza de sus tropas y que, in situ, provocaba fuertes reacciones admirativas.

Manuel Ramón Montes Arache y sus hombres ranas gozaron de una buena fama, de una opinión generalizada, valga decir, de una reputación de buenos guerreros, de comprobada valentía, de audacia y eficacia en los combates, atemorizantes para sus enemigos. En fin, ganaron su reputación a través de la acción porque es que, como dijera Baltasar Gracián “La verdad generalmente se ve, raramente se escucha”.

Y ese poder persuasivo de la verdad combativa los transformó en símbolo, en algo que se explica solo, sin necesidad de detallarlo.

El comandante Manuel Ramón Montes Arache y sus Hombres Ranas fueron los dueños de su propia imagen todopoderosa porque a la vez que atrajeron la atención por su vestimenta negra, simbólica y distintiva, su destreza al combatir y sus dotes de supermanes, según la imaginería popular de entonces, habían desarrollado un sentido de grupo y, más allá de éste, de equipo, una afinidad colectiva, cuyos integrantes giraban alrededor del eje central, su comandante Manuel Ramón Montes Arache, no infestados por el gusanillo del individualismo divisor.

Al retrotraer los detalles de aquellos días procelosos de la conspiración, nos encontramos con su reacción tardía a favor del retorno a la constitucionalidad en razón de que estaba circunscrito a lo puramente castrense, alejado de la política, pero que una vez eslabonado por el recio coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó a la conspiración redentora, no vaciló en el momento crucial, el 25 de abril, en una reunión de urgencia del Estado Mayor en la Jefatura de la Marina de Guerra. Su superior, el Comodoro Francisco Rivera Caminero, abrió la reunión pronunciándose a favor de una Junta Militar Provisional y luego solicitó la opinión de los presentes. Después que el doctor Porfirio Torres Tejeda, dentista de Rivera Caminero, fuera obligado a salir de la reunión porque opinó contra la integración de una Junta Militar Provisional, le tocó el turno a Manuel Ramón Montes Arache, quien dijo, con la absoluta seguridad de quien se sabe en lo correcto:

-Creo que los militares debemos de mantenernos en nuestros puestos y dejarle el gobierno a los polìticos.

Disuelta la reunión conversó francamente con su superior. Al reiterarle su posición y levantarse para irse, aquel casi le gritó:

-Tù eres un hombre viejo, tù sabes lo que haces, allá tú.

Pero cuando sus ex alumnos hombres ranas, algunos de los cuales constituían la seguridad del recinto, le dijeron que estaban con él, Manuel Ramón Montes Arache les dijo que se iba solo. Oigan eso, irse e irse solo, quien, por lo demás era en esos momentos cruciales Jefe de Artillería y Defensa de Costa. Su conducta torpemente fiel encajaba en la filosofía varonil de los tiempos caballerescos que le había inculcado su papá, el español Eugenio Montes Martínez, ex marinero militar, quien, al enterarse de que su hijo había escogido la carrera militar, le dijo con aire sentencioso de papá consejero:

-Nunca te olvides que a más rango, más responsabilidad con tus hombres y como militar sólo serás un sirviente de tu patria.

Manuel Ramón Montes Arache asumió, más que una responsabilidad, cierto grado de identificación y compenetración con sus subalternos evitando así lo que para esos años era común: que altos oficiales transgredieran lo aceptable y se comportaran más que acremente ante cualquier falta de sus subalternos, como si sus rangos superiores les otorgaran el derecho a la humillación constante.

He aquí que al día siguiente de su partida sus hombres ranas, luego de eludir una orden de confinamiento en alta mar, y en medio del fragor inicial de la revolución, se presentaron ante su antiguo comandante en la esquina de la Independencia con Pina. El sargento Pedro Germán Ureña Ovalle dio dos pasos adelante, se cuadró militarmente y dijo:

Señor, la Escuela de Comando de Hombres Ranas ¡Presente!

Este hombre, de ojillos escrutadores, no había actuado hasta ese momento como una personalidad dominante ante sus hombres, sino con prudencia y observación aguda que,  junto a su decisión personal, se congregaron en una habilidad provechosa. Instintivamente, en vez de coger el camino de la pugnacidad frente a su superior, dejó abierta la retirada como si leyera en el destino inmediato el desenlace.

Había en él, y en todos sus hombres, y en la generalidad de los iniciadores y continuadores de aquella gesta, un guerrero dormido. Desde el 29 de Noviembre de 1926, cuando viene al mundo en San Pedro de Macorís, hasta 1945, cuando a sus 19 años ingresa a la Marina de Guerra, sabía de la guerra y del guerrear por los juegos de niños y mozalbetes y por lo que decían las noticias sobre el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Y a partir de aquí hasta que estalla la revolución había jugado a la guerra con cañones, fusiles, morteros, aviones, barcos; torpedos, balas y dinamita, una de cuyas cargas explotó en su mano derecha, un 15 de mayo de 1961, siendo trasladado a España para su curación, regresando al país empujado por el halo del destino, en julio de 1963.

Fue la Batalla del Puente Duarte la primera gran prueba para él y sus hombres en una guerra de `a verdad` junto a quienes habían hecho muchas veces la guerra de a verdad en Abisinia, en Argelia y otros lugares, el italiano Illio Capozzi y el francés Jean Pierre André de la Riviere, ambos muertos en combate posteriormente.

Manuel Ramón Montes Arache y sus ranas, enfundados con la noche, con sus pantalones y camisas negros ceñidos a sus cuerpos, desde esa vez derivaron en la simbología del combate, con una fama en despliegue, ganada a través de la acción, que se acrecentó durante los ataques despiadados de los invasores los días 15 y 16 de junio y con gran impulso después de estas refriegas patrióticas. Como algo mágico les surgió un aura de misterio poderoso, alimentado por rumores y decires sobre sus hazañas. Y sabemos que en las contiendas bélicas este tipo de misterio poderoso engrandece a los ya elegidos como los preferidos.

En una conjugación preceptiva maestra el pueblo, y su avanzada en combate, y los propios invasores, se unieron para colocarlos en el punto más alto sobre el escenario de la revolución; y para que se comprenda este concepto baste recordarles a los presentes que vivieron los días finales del conflicto que al levantarse el cerco y luego de penetrar a nuestra zona las tropas invasoras, sus oficiales, sargentos y demás les solicitaban autógrafos al comandante Montes Arache y a sus hombres ranas. Y por todo lo dicho y más, nos resulta difícil personalizar al comandante al margen de sus hombres y a estos separados, al margen suyo, porque en la personalización está la desmembración. Ellos, todos, eran uno: su comandante y ellos, y el uno conjugado, su comandante, se revertía en todos. Y aún lo son.

Su irradiación nos permeó a todos durante aquellos días difíciles. Surgió una “ranamanía” que se esparció entre los combatientes. En la Avanzada A de San Carlos, donde me tocó combatir, en el comando Armando Aybar, de la Escuela Brasil, y en otros más, algunos combatientes vestían de negro y a uno que otro le llamaban o Montes Arache o rana o ranita. Querían disparar como ellos; subir a las azoteas en escaleras humanas, como ellos; ranear velozmente, como ellos; clavar cuchillos a distancia, como ellos; correr en zigzag, como ellos; usar Richer negros, como ellos; y comportarse como protectores de la gente en las postas de su zona, como ellos.