Apoyo de padres a discriminación marca vida de niños hasta adultez

18_02_2019 HOY_LUNES_180219_ El País12 B

La discriminación y la humillación no solo están arraigadas o concitan apoyo fuera del hogar. Su práctica en el seno familiar, sobre todo en familias extendidas, marca y frena el desarrollo de los niños y genera traumas que arrastran hasta su vida adulta, más cuando los propios padres aprueban e incluso ejercen esos maltratos.
“Cuando era chiquito cada vez que pasaba en mi bicicleta frente a la casa de una vecina me gritaba negro curtío, sin pai. Mi madre en lugar de defenderme, me dijo -eso te pasa por ir por ahí- Todavía me duele”.
El testimonio de José arroja que justificar burlas, exclusión a los hijos, porque “lo merecen”, por miedo o por no saber enfrentarlo, es una conducta repetida por generaciones, que deja un sentimiento de desamparo, de desprotección.
Ante vejaciones por el color de piel y otros atributos físicos, forma de vestir, tono de voz. ¿Qué puede hacer un padre? La psicóloga Marisol Ivonne Guzmán destaca que lo primero es cuidarse de sus propios prejuicios. Si tiene los mismos de quienes burlan, lejos de ser un apoyo, será fuente de estrés. Debe enseñar a restar importancia al discurso de los burlones.
La herida de la palabra. Aunque era muy inteligente, en la residencia en la que vivía con su madre, abuelos, tíos y primos, a Sisella siempre la vieron como rara, alocada. Le reiteraban que no serviría para nada, lo que la convirtió en una adulta triste, con un pobre concepto de sí contra el que luchó largos años.
Su progenitora, separada del esposo y sin empleo, fue acogida de nuevo en la casa paterna y soportaba en silencio o contribuía inconsciente con los ultrajes disfrazados de corrección. De común, a la pequeña le imputaban faltas en las que no incurría y la madre sin cuestionar la castigaba. Después, esa actitud quisieron extenderla a sus hijos.
Sobre escarmentar sin escuchar, Guzmán alerta que produce una sensación grande de injusticia, y obliga a reprimir emociones.
“Un impacto negativo adicional es el deterioro de la empatía, el niño al no ser escuchado, aprende a dar estas respuestas de menosprecio e indiferencia. Los padres deben promover que admitan la falta, y el tratamiento estar acorde con la acción y la edad”, exhorta.
Los progenitores deben asumir un mayor reto en la crianza, ayudar a sus vástagos a comunicarse con respeto y buen trato, a identificar las conductas sanas y frenar las impulsivas, reconocer los yerros que dañan las relaciones.
Que coja vergüenza. Un método muy recurrido es avergonzar a los hijos en público para que enmienden el error. La terapeuta del Centro Profesional de Psicólogos Unidos les advierte a los que lo hacen que están equivocados, porque solo lleva a trastornos emocionales devastadores para la estima.
Explica que humillar generaría negación de la falta por temor a castigos desmedidos, y esto agrava la situación. “Lo correcto es garantizarle que si afectó a un tercero, podrá compensarlo pero si a esa falla suma la mentira, entonces perderá la confianza de sus seres queridos”.
No es lo único, Guzmán aclara que la humillación rompe las relaciones de afecto y confianza con los hijos, por lo que es preferible un diálogo que les permita expresar sus sentimientos, de tal forma que puedan reconocerlos e integrarlos de modo saludable, lo que evitará que repitan estos patrones y que sean indiferentes u hostiles con los otros en venganza.
La especialista recomienda hacer entender que quien burla lo hace porque ha construido un modelo de relación destructivo, basado sobre los prejuicios o la discriminación.
¿Quién corrige? Guzmán señala un error grueso en las familias extendidas, que los padres no marcan límites sobre quién debe corregir y dejan que sean los demás miembros los que lo hagan y tomen así su papel.